La nieve que cae en el desierto - Capítulo 38
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- Capítulo 38 - 38 Capítulo 37 Vestigios de una noche dura
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38: Capítulo 37: Vestigios de una noche dura 38: Capítulo 37: Vestigios de una noche dura La habitación olía a vino, mientras la penumbra lo cubría todo: los muebles desordenados, las ropas arrojadas sin cuidado, y las botellas vacías que yacían por todo el suelo como recordatorio de una noche pesada.
Caesar dormía boca arriba sobre la cama deshecha, con el torso apenas cubierto por las sábanas y el cabello enmarañado pegado a la frente.
El crujido leve de una puerta abriéndose quebró la quietud, seguido del chirrido suave de las cortinas al correrse.
La luz del sol irrumpió en la habitación como una bofetada.
Caesar gruñó, entrecerrando los ojos y llevándose un brazo al rostro para protegerse.
—Es hora de despertar, su majestad —dijo Hui Wei, con voz suave.
La figura del consejero cruzó la habitación con pasos silenciosos, esquivando el desorden que lo rodeaba.
Al llegar junto a la cama, se inclinó levemente para ayudar a Caesar a incorporarse, pero antes de que pudiera tocarlo, una mano firme le atrapó la muñeca.
En un solo movimiento, Caesar tiró de él, haciendo que perdiera el equilibrio.
Cayó sobre la cama y Caesar, arrastrado por el impulso, terminó encima de él.
Por un segundo, sus rostros quedaron muy cerca.
El cuerpo de Caesar se apoyaba parcialmente sobre el de Hui Wei, y sus manos aún le apretaban las muñecas.
Hui Wei, sin alterar el ritmo de su respiración ni perder la compostura, lo miró desde abajo con ojos tranquilos.
—¿Qué le sucede?
—preguntó, atrapado entre los brazos del príncipe, ahora futuro emperador.
Caesar lo miró fijo, con sus ojos cansados por la falta de sueño y el alcohol.
—¿Dónde están…?
—susurró, con la voz rasposa.
Su aliento olía a uvas fermentadas—.
¿Dónde están mis hermanos?
Por un instante, Hui Wei lo estudió en silencio.
Luego respondió con tranquilidad.
—Están vivos.
Recientemente confirmé que la princesa Phineas se encuentra en el Reino de Ak’Tenas.
Y el príncipe Lars… aún se esconde en algún rincón de Dorean.
Caesar lo observó un momento más, como si tratara de verificar la veracidad en sus palabras a través de sus ojos.
Luego soltó un suspiro tembloroso y se dejó caer hacia un lado de la cama.
Se cubrió el rostro con el brazo, dejando la otra mano apoyada sobre el colchón, todavía cerca de Hui Wei.
—Gracias a los dioses… —murmuró, aliviado.
El consejero desvió la mirada hacia el techo, sus ojos quedaron inmóviles, como si le hablara a una presencia invisible.
—Ya es demasiado tarde para dar marcha atrás, su majestad —dijo en voz baja, sin juicio, solo certeza.
Caesar retiró lentamente el brazo de su rostro y giró la cabeza hacia él.
La luz que entraba por la ventana le dibujaba una línea tenue sobre su cara pálida y refinada.
Por un instante tuvo el impulso de querer acariciarle el rostro, pero se contuvo.
—¿Estás seguro de que no hay otra forma?
—preguntó y aunque su tono era sereno, se percibía en él un clamor desesperado.
Después de todo, en el fondo, él no quería hacerle daño a sus hermanos—.
Debe de haber otra manera… Hui Wei volvió la cabeza hacia él.
Sus ojos oscuros, rasgados y de expresión apática, se encontraron con los de Caesar.
Un silencio suspendido se instaló entre ambos.
El príncipe intentó buscar algo más allá en aquella mirada.
Una grieta, una señal de humanidad que lo invitara a aferrarse a la posibilidad de redención.
Pero no encontró nada.
Los ojos de Hui Wei no eran una puerta, sino un muro.
Liso.
Duro e impenetrable.
—No —dijo finalmente el consejero—.
Se hará como se acordó.
El silencio se hizo más denso, más íntimo.
Sin añadir más palabras, Hui Wei levantó una mano y la posó con delicadeza sobre la frente de Caesar.
Sus dedos eran fríos al principio, pero una calidez invisible se fue extendiendo por su piel.
El príncipe sintió un cosquilleo suave recorrer su sien, luego su nuca, y por último se deslizó por su pecho hasta que sintió la mente despejarse.
Cerró los ojos.
La resaca, el malestar, la pesadez…
todo se disipó.
—Ya levántese, su majestad —le ordeno, retirando la mano.
Caesar abrió los ojos con lentitud.
Respiró hondo, una vez más, pero esta vez su expresión era distinta.
Más clara.
Más consciente del rol que debía jugar, aunque en el fondo una parte de él deseara rebelarse contra eso.
Aun así, se incorporó.
Porque no había marcha atrás.
—Bien… dime qué sigue.
Hui Wei se acomodó las arrugas de su changshan.
Dio un paso hacia el centro de la habitación, observando mejor todo el desorden sin pronunciar juicio alguno.
—En una hora tendrá una reunión con los embajadores de los reinos que responden a Dorean —dijo con calma—.
Será una reunión breve, pero difícil.
Es importante que proyecte seguridad.
Luego lo miró de reojo.
—He preparado su baño.
Le sugiero que vaya a refrescarse.
Caesar asintió, sin resistencia.
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