La nieve que cae en el desierto - Capítulo 39
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- Capítulo 39 - 39 Capítulo 38 Vapor y roces
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39: Capítulo 38: Vapor y roces 39: Capítulo 38: Vapor y roces Caesar Caminó hacia la habitación contigua, abriendo la puerta que conducía al baño privado.
Una oleada de vapor lo envolvió de inmediato, cargada de diversos aromas.
Las esencias flotaban en el aire: hierba de limón, madera de sándalo y flores de lavanda.
El mármol claro del suelo brillaba bajo la luz suave de las lámparas, y la gran bañera humeante lo esperaba en el centro de la estancia.
Sin apuro, se quitó la ropa y se sumergió.
El calor lo abrazó al instante, aliviando la tensión de sus músculos y limpiando el rastro agrio del vino aún presente en su cuerpo.
Cerró los ojos bajo la superficie.
Cuando emergió, el cabello mojado le caía sobre el rostro.
Lo peinó hacia atrás con ambas manos y se recostó contra el borde de la bañera, disfrutando del silencio.
Pero entonces, el eco suave de unos pasos interrumpió su calma.
Abrió los ojos justo cuando la figura de Hui Wei ingresaba al baño.
Su atuendo había cambiado: vestía una bata de lino que le caía hasta los tobillos, cerrada con un lazo en la cintura.
Su cabello liso estaba recogido en una cola baja, más ordenado de lo habitual.
Parecía no afectarle el vapor que envolvía la sala.
—Vengo a ayudarlo con el baño —anunció.
Sin esperar respuesta, tomó una esponja aromática de un cuenco cercano y se arrodilló junto al borde de la bañera.
Con movimientos lentos, comenzó a enjabonarle la espalda a Caesar.
El príncipe no dijo nada.
Sentía la textura suave de la esponja y el roce deliberadamente medido de los dedos de Hui Wei sobre su piel.
Y aunque estaba acostumbrado a ese tipo de atención por parte de la servidumbre, con él era distinto.
No era un sirviente.
No era un ayudante más.
Era su consejero, su sombra, su constante… y su mayor enigma.
Cada movimiento era preciso, natural, como si no fuera capaz de expresar nada que delatara su pensamiento.
Caesar apretó ligeramente los labios, manteniéndose inmóvil.
Pero en su interior, una pregunta lo carcomía: ¿Qué expresión tenía Hui Wei ahora?
Una parte de él deseaba volverse, mirarlo directamente, saber si había algo detrás de esa máscara impenetrable.
Pero no lo hizo.
Porque incluso el más leve cambio en esa serenidad perfecta podía significar una nueva sensación para él.
Y Caesar no estaba preparado para enfrentarlo.
No de momento.
—¿Cómo van los preparativos de la coronación?
—murmuró, sin girarse.
La mano de Hui Wei se detuvo apenas un segundo… Luego continuó con el mismo ritmo.
—Todo marcha según lo previsto —respondió —.
Las invitaciones fueron enviadas.
Incluyendo una para el reino de Ak’Tenas.
—¿Crees que asistirán?
—Es una oferta difícil de rechazar —respondió Hui Wei, mientras comenzaba a enjabonarle el cabello con movimientos suaves—.
Después de todo, la princesa Phineas está allí.
Dudo que se queden al margen.
El nombre de su hermana fue como una punzada en el pecho.
Caesar apretó los puños bajo el agua.
—No te olvides de nuestro trato —le recordó—.
Ella tiene que volver a Dorean con vida.
El movimiento de Hui Wei se ralentizó.
Por un instante, pareció pensarlo.
Luego, sin previo aviso, jaló con suavidad la cabeza de Caesar hacia atrás, obligándolo a mirarlo directamente.
Sus rostros quedaron a escasos centímetros.
—Volverá con vida —aseguró, con un tono tan gélido como el hielo—.
Pero no debes olvidar que, tarde o temprano… deberá morir.
Los ojos de Hui Wei eran como pozos sin fondo, sin emoción.
No brillaban con furia ni con desprecio, solo con una oscuridad absoluta.
Caesar sintió que el aire se volvía más denso a su alrededor.
El agua ahora no lo envolvía con calor, sino con opresión.
Quería protestar… pero algo en Hui Wei —su voz, su mirada, su cercanía— lo desarmaba.
No era miedo.
No del todo.
Era esa inexplicable atracción.
La misma que lleva a un rey a rodearse de serpientes… y luego desear que lo muerdan.
—Lo sé, no te preocupes —dijo finalmente Caesar, con resignación—.
Me aseguraré de que todo se cumpla tal y como tú deseas… Este cerró los ojos unos segundos, sintiendo cómo el agua se deslizaba por sus cabellos.
Su respiración se hizo más lenta.
—Y eso es lo que más me asusta —murmuró para sí mismo.
Salió de la bañera lentamente.
El agua aún se deslizaba por su espalda cuando Hui Wei se acercó.
Sin decir palabra, le extendió una bata limpia.
Él la aceptó en silencio.
—Vístase, su majestad — le ordenó con voz baja, mientras le acomodaba la prenda sobre los hombros—.
Lo estaré esperando en la sala de reuniones.
Luego se giró y abandonó el baño, dejando tras de sí un rastro leve de su aroma, el cual para Caesar era una mezcla entre madera ahumada y jazmín.
El aún príncipe se quedó allí, un instante más, observando el vapor disiparse.
El calor del baño aún le entumecía el cuerpo, pero no así el alma.
Ya no había resaca ni pretextos.
Se vistió con lentitud, como quien se coloca una armadura, sabiendo que no iba a la guerra, pero que sería juzgado de todas formas.
Llevaba ahora la chaqueta negra de los regentes, con bordes dorados y el sello de la casa Enoch Valentine bordado sobre el pecho.
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