La nieve que cae en el desierto - Capítulo 4
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- Capítulo 4 - 4 Capítulo 3 Primer baile
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4: Capítulo 3: Primer baile 4: Capítulo 3: Primer baile Las voces y el tintineo de copas llenaban el salón mientras el banquete comenzaba.
Los sirvientes se deslizaban entre las mesas con bandejas repletas de manjares, y la música suave de cuerdas envolvía el ambiente con un aire refinado.
Phineas, sin embargo, se había apartado del bullicio.
Apoyada contra una de las imponentes columnas de mármol, giraba entre sus dedos una copa de champán, observando las burbujas ascender.
Su mirada recorría el salón sin verdadero interés, consciente de las miradas que recaían sobre ella.
Los solteros presentes, vestidos con sus mejores prendas, la observaban con evidente admiración y deseo.
Pero ninguno se atrevía a acercarse.
No solo era la princesa; era la hija más querida del emperador, un símbolo intocable para muchos…
e inalcanzable para todos.
De pronto, su atención se desvió.
A través de la entrada principal, distinguió una figura conocida: Nora, ataviado con su uniforme de gala, cruzaba el umbral con su andar elegante.
Phineas frunció ligeramente el ceño y, con una determinación repentina, dejó la copa en una bandeja que pasaba.
Se abrió paso entre los invitados hasta interceptarlo.
—¡Nora!
—lo llamó, su tono cargado de reproche que apenas podía contener.
Al llegar frente a él, no perdió tiempo—.
¿Cómo pudiste contarle a Lars lo del callejón?
Nora, imperturbable, mantuvo la calma e hizo caso omiso a su reclamo, inclinando apenas la cabeza en señal de respeto.
—Alteza, es un placer verla de nuevo.
—Su tono era formal, casi provocador.
Luego, con una sonrisa traviesa, tomó la mano de Phineas.
Con un poco de exageración, se inclinó y depositó un beso suave en su palma.
El calor de su contacto la tomó desprevenida, y antes de que pudiera protestar, él alzó la mirada, atrapando sus ojos con los suyos.
—¿Me concedería la princesa el honor del primer baile?
—Su voz fue sólida, y en ella se escondía un desafío.
Un murmullo recorrió el salón al presenciar la escena, y numerosas miradas se volvieron hacia ellos.
Phineas sintió el calor subirle al rostro; la vergüenza era innegable.
Conocía demasiado bien su carácter como para no captar su intención: la estaba avergonzando a propósito, pagándole con su propia moneda por el reclamo.
Sin embargo, en lugar de apartarse, ella entrecerró los ojos con una sonrisa astuta.
—Espero que me disculpes de antemano, Nora.
Mis habilidades de baile no son muy buenas y puede que termine pisándote.
—Temerle a un simple pisotón es no conocerme, Alteza —replicó él, extendiendo su mano.
Y así, ante la expectante mirada de toda la nobleza, Phineas aceptó el desafío.
El murmullo del salón se desvaneció cuando Phineas y Nora se deslizaron por la pista de baile, guiados por la melodía de la orquesta.
Sus movimientos eran naturales, como si hubieran ensayado esa danza toda una vida.
Phineas flotaba, su vestido ondeando con cada giro, mientras Nora, firme y seguro, la guiaba con una maestría que atraía las miradas fascinadas de los asistentes.
La princesa, a pesar de su nerviosismo inicial, se dejó llevar, olvidando por un instante la formalidad del evento.
Pero entonces, Nora rompió el silencio entre ellos: —Princesa.
—Su voz fue suave pero firme, justo cuando la hizo girar y luego la atrajo de nuevo, su mano posándose con seguridad en su cintura.
Sus rostros quedaron a escasos centímetros, y en sus ojos azules ella encontró algo más profundo que la simple amistad: preocupación genuina.
—La próxima vez que decida escaparse, pídame que la acompañe.
—Su tono no era una orden, sino más bien una súplica—.
Me odiaría el resto de mi vida si algo le pasara.
Phineas sintió que la respiración se le cortaba.
El repentino acercamiento, el calor de su mano, la intensidad en su mirada…
Todo la desarmó.
Su corazón se aceleró, y por primera vez en mucho tiempo, no supo qué responder.
—¿Me entendió?
—insistió Nora, sin apartar sus ojos de los suyos.
—Sí…
—murmuró ella, nerviosa, sintiendo el calor en sus mejillas.
El último acorde de la música selló su danza, y ambos se separaron, realizando una reverencia mutua.
Un instante quedó suspendido entre ellos, acompañado por miradas de cariño.
Pero antes de que el silencio pudiera alargarse, un repique de trompetas irrumpió en el salón, devolviendo la atención de todos a la entrada principal.
—¡Con ustedes, su alteza, el príncipe Caesar Enoch Valentine!
—anunció el maestro de ceremonias.
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