La nieve que cae en el desierto - Capítulo 40
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- Capítulo 40 - 40 Capítulo 39 El precio de la corona
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40: Capítulo 39: El precio de la corona 40: Capítulo 39: El precio de la corona El camino hasta la sala de reuniones se le hizo más corto de lo esperado.
Cuando Caesar se detuvo frente a la puerta doble, notó cómo los nervios le presionaban la boca del estómago.
Su mano se apoyó en el picaporte, pero no lo giró de inmediato.
Sabía perfectamente de qué se hablaría dentro: Phineas y la sentencia.
Nadie, fuera de Hui Wei, Lars y algunos caballeros de la corte, sabía que la princesa había escapado.
Para los embajadores reunidos, Phineas Enoch Valentine seguía prisionera en algún ala del palacio.
Contuvo el aliento.
No hay marcha atrás, se dijo, y finalmente abrió la puerta.
La sala de reuniones era amplia, flanqueada por ventanales altos que dejaban entrar la luz matinal.
En el centro, una mesa rectangular de madera oscura dominaba el espacio.
Ocho personas lo esperaban, cuatro a cada lado, todas con rostros severos y miradas cargadas de expectativa.
Apenas lo vieron, todos se levantaron al unísono.
—Saludos al futuro emperador —entonaron.
Caesar alzó la mano.
—Gracias por su presencia.
Pueden tomar asiento.
Mientras los demás se acomodaban, su mirada se dirigió directamente hacia Hui Wei, que se encontraba de pie junto a la cabecera de la mesa, en el lugar que le correspondía a él.
El consejero le sostuvo la mirada y asintió brevemente, con esa expresión que jamás revelaba nada.
Caesar tomó asiento en la cabecera, con la espalda recta y las manos cruzadas sobre la mesa.
Sus ojos recorrieron los rostros presentes.
La función acababa de comenzar.
—Comencemos —dijo Caesar con firmeza.
Un murmullo de asentimiento recorrió la mesa.
Fue el duque Renald Vandrell, viejo consejero de su padre, quien alzó la voz primero.
—Mi señor… se aproxima la fecha que usted mismo estableció para su coronación.
Pero aún no ha pronunciado una declaración formal.
El pueblo y los aliados esperan una señal clara de liderazgo.
—La habrá —respondió Caesar con tono medido—.
La ceremonia se realizará dentro de dos meses, como estaba previsto.
El anuncio saldrá mañana en todos los periódicos.
Una de las embajadoras, Lady Miriam Kaelis, entrelazó los dedos con elegancia, pero no pudo ocultar el leve ceño fruncido.
—¿Y en cuanto a la princesa Phineas?
—preguntó—.
La noticia de su implicación en los últimos eventos aún no se ha divulgado oficialmente.
Muchos aún la consideran una figura ejemplar.
El silencio está alimentando rumores.
—¿Rumores?
—intervino el general Arnold Lewis—.
¡El pueblo la venera!
¡La princesa solía recorrer los distritos rurales durante las sequías, organizó brigadas médicas en las zonas fronterizas!
No es una figura cualquiera.
Su repentina ausencia ha generado malestar.
Caesar bajó la mirada por un momento.
El nombre de Phineas retumbaba con más fuerza que cualquiera de los títulos que se le pudieran dar a él.
—Lo sé —respondió, alzando nuevamente la voz—.
Nadie ignora el aprecio que el pueblo le tiene a mi hermana.
Por eso decidimos mantenerla en aislamiento preventivo dentro del palacio.
La situación es delicada, y queremos evitar agitaciones innecesarias.
El juicio será interno.
Hizo una pausa.
Todos los ojos estaban puestos en él.
—Lars, en cambio, sigue prófugo.
Quien lo encuentre, lo entregará con vida.
Los murmullos crecieron.
Algunos se miraban entre sí con recelo, otros con confusión.
—¿Con vida?
—repitió un embajador—.
¿No sería más práctico emitir una orden de ejecución inmediata?
—No —interrumpió Hui Wei, por primera vez—.
Las órdenes vienen directamente del regente.
Lars Enoch Valentine debe ser capturado con vida.
Es una cuestión… familiar.
Caesar no dijo nada.
Sabía que Hui Wei lo había hecho sonar como una decisión fría y estratégica, y lo agradeció.
Nadie debía saber que su juicio estaba teñido de amor fraternal.
—¿Y cómo piensa manejar el creciente descontento del pueblo, su majestad?
—preguntó Lady Miriam—.
No bastará con el silencio.
Tarde o temprano, exigirán verla.
Caesar entrecerró los ojos.
—Lo sé.
Por eso he invitado a representantes de varios reinos a mi coronación.
Necesitamos que vean un gobierno firme, estable… decidido.
Y si el pueblo quiere ver a su princesa, quizás sea hora de preparar un acto público.
Uno simbólico.
—¿Una aparición controlada?
—sugirió Hui Wei.
Caesar asintió, despacio.
—Exacto.
Algo que calme las aguas… El silencio volvió a asentarse sobre la mesa.
Uno a uno, los presentes comenzaron a asentir.
La estrategia estaba trazada.
Por fuera, Caesar parecía firme, incluso calculador.
Pero por dentro, una parte de él —esa que aún no se había apagado del todo— quería creer que sus hermanos estarían a salvo.
Era un deseo inconsciente, casi infantil, que apenas se permitía reconocer.
Porque en el fondo sabía que no podía protegerlos a ambos… y mucho menos a Phineas.
Ella tenía que morir.
No por venganza, ni por justicia.
Sino por algo mayor.
Y aunque su mente ya lo aceptaba, su corazón aún no había encontrado la forma de hacerlo.
Y así, la reunión se extendió un tiempo más, hasta que el murmullo de la sala se apagó cuando Caesar alzó una mano, pidiendo silencio.
Todos los presentes volvieron a mirarlo con atención.
—Eso será todo por ahora —dijo con voz firme.
Uno a uno, se pusieron de pie, ofrecieron una última reverencia y abandonaron la habitación.
Solo Hui Wei se mantuvo en su sitio, de pie junto a la mesa, con las manos cruzadas detrás de la espalda y la expresión tan imperturbable como siempre.
Caesar se dejó caer lentamente en su silla, dejando escapar un suspiro largo.
Se llevó una mano al rostro y la dejó allí por unos segundos, aquella reunión lo había agobiado.
—No sé cuánto tiempo más podré sostener esto…
Hui Wei inclinó apenas la cabeza.
—Usted nació preparado para gobernar.
Una risa amarga escapó de los labios de Caesar, cargada de cansancio.
—¿Nací para gobernar… o para obedecerte?
Hui Wei no respondió de inmediato.
Se limitó a mirar al príncipe con la misma calma con la que uno contempla una llama, esperando a que se consuma.
—No hay diferencia —replicó, al fin.
Caesar apretó los dientes y apartó la mirada, dirigiéndola hacia el ventanal, donde la luz del atardecer comenzaba a teñir el cielo de tonos rojizos.
La voz que brotó de su garganta fue baja, casi un susurro.
—A veces… desearía no haberte conocido.
El comentario cayó como una piedra en el silencio.
Pero Hui Wei ni se inmutó.
Solo dio un paso más cerca y respondió, con una sonrisa casi imperceptible: —Y sin embargo, aquí estoy.
A tu lado.
Porque tú me necesitas.
Caesar cerró los ojos con fuerza, como si sus propias emociones le pesaran.
Permaneció en silencio un instante más, hasta que murmuró, con una sinceridad que le dolía admitir: —Cuando Phineas huyó… sentí alivio.
Porque si no estaba aquí… —continuó Caesar, con voz más baja— entonces no tenía que matarla.
La confesión quedó suspendida entre ambos como una sentencia.
Hui Wei no lo consoló.
No lo contradijo.
Solo apoyó una mano en el respaldo de su silla y lo observó con detenimiento.
—No olvides el peso de tu corona, su majestad —dijo al fin—.
El reino necesita un emperador.
No un hermano arrepentido.
Caesar se contuvo.
Su rostro endurecido ocultaba las grietas.
Las que lo hacían humano.
Las que aún no había decidido si dejar quebrar… o sellar para siempre.
Cuando Hui Wei abandonó la sala, Caesar se quedó solo, rodeado de mapas, papeles oficiales y documentos.
El crepúsculo proyectaba sombras alargadas sobre la mesa, y la luz anaranjada del sol se desvanecía lentamente a través de los vitrales.
El príncipe —no, el futuro emperador— apoyó los codos en la mesa y hundió el rostro entre las manos.
El silencio se volvió espeso, como si el aire mismo se negara a moverse.
“Phineas…” Su nombre le golpeó el pecho como un eco lejano.
Ella seguía viva.
En Ak’tenas.
Una parte de él lo sabía desde un primer momento —más allá de los informes, más allá de las sospechas—, lo sabía porque su instinto de hermano nunca se había apagado del todo.
Pero ahora, con los ojos del mundo posados sobre él, ya no había lugar para dudas, ni espacio para la compasión.
«Cuando huyó, sentí alivio…» Y ahora, solo quedaba miedo.
Miedo a tener que verla de nuevo.
Miedo a no poder hacer lo que se supone que debía hacer.
Se levantó, caminó hacia el ventanal y apoyó la frente contra el vidrio.
Desde allí podía ver parte del palacio, y más allá, la ciudad que pronto le pertenecería por completo.
¿Qué tipo de emperador sería, si su corona exigía la sangre de su propia hermana?
Una ráfaga de viento hizo crujir la madera de la ventana, y en ese instante, algo en su interior se quebró.
O tal vez se endureció aún más.
—Todo tiene un precio —susurró.
Sus ojos se clavaron en la silueta que se reflejaba en el vidrio.
La de un joven que ya no era del todo él.
Giró sobre sus talones, cruzó la sala y se detuvo frente al enorme espejo ovalado que adornaba una de las paredes.
Su reflejo lo observó en silencio.
Lento y con deliberación, alzó la corona dorada que reposaba sobre un cojín de terciopelo morado.
La sostuvo frente a sí.
—Si ese es el precio… entonces que así sea.
Y mientras el último rayo de sol se extinguía sobre Dorean, Caesar Enoch Valentine dio un paso más hacia el trono.
Y uno menos hacia sí mismo.
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