La nieve que cae en el desierto - Capítulo 41
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41: Capítulo 40: Avergonzada 41: Capítulo 40: Avergonzada Lo primero que percibió fue el murmullo suave de una fuente de agua lejana, acompañada del canto ocasional de las aves.
Phineas abrió los ojos.
La luz que filtraban las cortinas danzaba en finas líneas sobre el techo de su habitación.
Su cuerpo se sentía pesado, como si hubiese dormido durante mucho tiempo.
Al intentar moverse, un cosquilleo recorrió sus extremidades, un recordatorio de que aún seguía débil.
Lentamente se incorporó, apoyando una mano en el colchón.
—¿Dónde…?
—murmuró, su voz estaba ronca por la falta de hidratación.
Un segundo después, la puerta se abrió con rapidez.
Priya y Prima irrumpieron en la habitación.
Al verla sentada, sus ojos se agrandaron levemente y se apresuraron en ir a su lado.
—Señorita Phineas… —dijo Prima con un alivio que no pudo disimular—.
Menos mal que ya despertó.
Ella la miró, confundida.
—¿Cuánto tiempo…?
—Dos días enteros —respondió Priya, mientras le ofrecía un vaso con agua—.
No despertaba, ni respondía.
El sultán estuvo aquí varias veces muy preocupado por usted.
Phineas apretó los dedos alrededor del vaso, bajando la mirada.«Otra vez le estoy causando molestias…» pensó, sintiendo una punzada de culpa.
Bebió con lentitud, dejando que el agua aliviara la sequedad de su garganta, aunque no logró borrar esa sensación persistente de ser una carga.
Últimamente, todo en su vida parecía reducirse a lo mismo: permanecer postrada en esa cama, débil, dependiente de alguien más.
Cuando terminó de beber, se recostó suavemente contra los almohadones, cerrando los ojos por un instante, intentando ordenar sus pensamientos.
De pronto algunas imágenes regresaron de golpe.
El jardín.
Su desmayo.
Aksha.
Sus palabras.
“Este lugar fue Ankarà… antes de ser castigado.” “Camelia Enoch…” Phineas se llevó una mano a la frente.
No sabía si lo que había vivido había sido un sueño, una visión o algo más.
Pero lo sentía grabado en su memoria con una fuerza que no podía ignorar.
Recordaba su conversación con Aksha como si realmente hubiera estado allí.
Y más allá del desconcierto, un pensamiento le rondaba la mente como una sombra persistente: ¿Quién era realmente Camelia Enoch… y por qué sentía que ese nombre era muy importante?
—Le avisaré al sultán que ya despertó —anunció Prima, sacándola de sus pensamientos.
Phineas levantó la mano rápidamente.
—¡No le avises!
—gritó—.
Antes me gustaría darme un baño… —murmuró, arrugando la nariz con cierto fastidio—.
Siento que mi cuerpo… huele terrible.
Prima se mostró preocupada, observándola de pies a cabeza.
—¿Puede levantarse?
Phineas asintió.
Con cuidado deslizó las piernas fuera de la cama y, aunque su cuerpo aún se sentía pesado y lento, logró mantenerse de pie.
Dio un par de pasos en dirección al baño contiguo, pero antes de que pudiera avanzar demasiado, la mano firme de Prima la detuvo.
—No, señorita —negó suavemente—.
Iremos a la piscina del sultán.
Su cuerpo aún necesita del poder curativo de aquellas aguas.
Antes de salir, las doncellas la ayudaron a alistarse, colocando ropa ligera y peinando su ondulado cabello con delicadeza.
Una vez lista, la escoltaron por los amplios pasillos de arcos de piedra.
El calor suave de la tarde llenaba los corredores, y la brisa traía consigo el aroma de las flores del jardín.
Al cruzar uno de los patios internos, su mirada se desvió sin querer hacia la terraza, donde el sol bañaba con calidez una mesa larga decorada con jarras de té y pequeños bocadillos.
Allí, bajo la sombra de un toldo de seda, Hakeem compartía una animada conversación con varias mujeres.
Risas sutiles flotaban en el aire, llenando aquel rincón del palacio con un ambiente liviano y despreocupado.
Fue entonces cuando reconoció un rostro entre las mujeres.
Freya, la mujer que había conocido en el harén, destacaba entre las demás con su largo cabello rubio cayendo en delicadas ondas, su postura elegante y sus labios carmín.
«Deben ser las concubinas…» dedujo en silencio, sintiendo cómo una molestia crecía en su pecho.
Hakeem parecía relajado, disfrutando el momento.
Pero en cuanto levantó la vista, su expresión cambió.
Su ojo visible se abrió con evidente sorpresa al encontrarla allí, caminando, despierta, tras dos días de ausencia.
—¡Phineas!
—la llamó, alzando la voz casi sin querer.
El repentino llamado rompió la conversación y todas las miradas en la mesa se giraron hacia ella.
Por un segundo, Phineas sintió cómo sus piernas se detenían, heladas, en mitad del paso.
Notó las miradas curiosas de las mujeres posarse en su figura, analizándola en su totalidad.
La vergüenza la asaltó.
Su rostro se tiñó de rojo.
No sólo por su aspecto desaliñado tras días de inconsciencia, sino también por el vago olor que sabía que su cuerpo desprendía.
No soportaba la idea de que, entre todas esas personas, Hakeem pudiera acercarse y descubrir aquel rastro que para ella era imposible ignorar.
«Por favor, no te acerques…» rogó en silencio, y sin atreverse a girarse, aceleró el paso.
Sus doncellas, atrapadas en su repentina prisa, intentaron alcanzarla.
—¡Señorita!
—la llamaron Prima y Priya al unísono, tropezando levemente al intentar seguirle el ritmo.
—¿Qué le sucede?
—preguntó Prima, al ver su inusual apuro.
—¿Por qué va tan deprisa?
—agregó Priya, algo agitada.
Pero Phineas no respondió.
Mantenía la cabeza baja, apretando las manos contra sus ropas, deseando que la distancia entre ella y aquel patio fuese cada vez más amplia.
Y, por detrás, la voz de Hakeem volvió a escucharse.
Esta vez, más baja: —Phineas…
Aun así, no se detuvo.
Solo aceleró más su marcha, deseando que la vergüenza también quedara atrás.
En su mente no se dejaba de repetir aquella imagen: Hakeem mirándola, la sorpresa dibujada en su rostro cuando la llamó por su nombre, y el repentino silencio que siguió cuando todas las miradas —las de sus concubinas, las de los sirvientes, las de él— se clavaron en su dirección.
Quería desaparecer.
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