La nieve que cae en el desierto - Capítulo 42
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- Capítulo 42 - 42 Capítulo 41 Flotando en el agua
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42: Capítulo 41: Flotando en el agua 42: Capítulo 41: Flotando en el agua Phineas no recordaba cuándo había sentido tanta vergüenza.
Sabía que estaba desaliñada, que su cuerpo seguramente seguía oliendo a encierro y sudor después de dos días postrada en la cama, y la sola idea de que él la hubiera visto así le causaba malestar.
—Señorita, por favor, despacio —suplicó Prima, tratando de alcanzarla.
Pero Phineas no se detuvo.
No hasta que cruzó el último corredor, quedando frente a la gran puerta dorada que ya había cruzado una vez, custodiada por los mismos guardias que mantenían sus posturas firmes.
Volvió a contemplar el tallado de la puerta que mostraba a una mujer alada, solemne, con una enorme torre elevándose detrás de ella.
Sus ojos se fijaron con más atención en la torre.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
No era una torre cualquiera…
su forma, su estructura, incluso los detalles, eran exactamente iguales a la que había visto en su sueño, cuando habló con Aksha.
«No puede ser coincidencia.», pensó De pronto las puertas se abrieron ante su presencia, trayéndola de vuelta al presente.
El interior la recibió envuelto en una calidez familiar.
El techo adornado con sus frescos, las paredes cubiertas de escenas que contaban historias.
Todo parecía igual, pero sus sentidos estaban demasiado alterados para apreciarlo como la primera vez.
Sin mucho más, las doncellas la guiaron hasta las escaleras subterráneas que descendían en espiral.
La piedra fría bajo sus pies y el ambiente húmedo que crecía con cada paso anunciaban la cercanía del lugar.
La piscina del sultán.
Al llegar al final de la escalera, el vapor denso la envolvió de inmediato, acariciando su piel y despejando levemente sus pensamientos.
Allí, la sala parecía suspendida en otra realidad.
El agua de la piscina se extendía como un espejo perfecto, con sus bordes rebalsando en silencio y desvaneciéndose en el vacío, como si no hubiese un final.
Desde el techo, un hilo de agua descendía en una delicada cascada, llenando la piscina sin prisa, manteniéndola siempre al borde.
La tenue luz de las lámparas se reflejaba en las suaves ondulaciones de la superficie, haciendo que las paredes se vieran como un mar de destellos que bailaban con cada movimiento.
Phineas se quedó un instante en la entrada, contemplando el lugar, dejando que la humedad acariciara su rostro y la ayudara a calmar las emociones que la habían arrastrado hasta allí.
El murmullo del agua era relajante, y por un momento, sus pensamientos parecieron más llevaderos.
—Vamos, señorita —murmuró Prima, con una sonrisa comprensiva—.
Aquí podrá descansar y recuperar fuerzas.
Phineas asintió en silencio, avanzando unos pasos más hasta quedar frente al agua.
Se sentía débil, sí, pero de algún modo la calidez de aquel lugar parecía envolverla con la misma delicadeza que una caricia.
Sin pensarlo demasiado, se dejó llevar por la tranquilidad que ofrecía la piscina.
Quizás, por fin, podría ordenar sus ideas.
El agua cálida atrapó su cuerpo en cuanto se sumergió, proporcionando una sensación de alivio inmediato.
Sus músculos, entumecidos tras días de inmovilidad, comenzaron a relajarse, y poco a poco, su respiración recuperó un ritmo tranquilo y constante.
Se dejó flotar, cerrando los ojos, y el murmullo del agua reemplazó el ruido de sus pensamientos…
al menos por unos segundos.
Porque aquella calma no era suficiente para apartar de su mente todo lo que había vivido antes de desmayarse.
La conversación con Aksha volvía a repetirse una y otra vez en su cabeza.
El nombre de Camelia Enoch resonaba con fuerza, cargado de un significado que aún desconocía.
¿Era posible que todo lo que había creído sobre su linaje…
fuera solo una parte de la verdad?
Abrió los ojos lentamente, observando el techo abovedado cubierto por la neblina tenue que emanaba del agua.
Los destellos se reflejaban en la superficie líquida, fragmentando la luz y dibujando en las paredes de piedra.
Llevó una mano a su pecho, justo sobre el lugar donde días atrás sintió un vacío imposible de explicar.
El recuerdo de Aksha diciéndole que había muerto en el desierto aún la perseguía, y no importaba cuánto intentara racionalizarlo…
una parte de ella sabía que era verdad.
Su cuerpo respiraba, su corazón latía, y sin embargo, algo había cambiado.
—Siento que ya no soy la misma…
—susurró en voz baja, como si el agua pudiera escucharla.
El eco suave de su voz se perdió entre las paredes del lugar, y por un instante, pensó en Lars.
En Nora.
En Marla.
En todos los que había dejado atrás.
Sus nombres se entrelazaron con las suaves ondas del agua, y comprendió que ese momento de paz solo era una tregua.
Aferrarse a esa calma no traería las respuestas que buscaba.
Suspiró, permitiéndose esos últimos instantes de quietud antes de volver a enfrentar la realidad.
El tiempo pareció diluirse en aquella atmósfera cálida, hasta que escuchó los pasos suaves de sus doncellas acercarse al borde de la piscina.
—Señorita, ya es hora de salir —dijo Prima con delicadeza.
Phineas asintió y, con algo de ayuda, se incorporó.
La humedad tibia que antes le parecía reconfortante ahora se deslizaba por su piel en forma de gotas frías.
Sus pensamientos aún eran un laberinto, pero su cuerpo comenzaba a sentirse algo más fuerte.
Las doncellas la envolvieron en una toalla y la guiaron hacia una de las habitaciones privadas dentro del área de la piscina.
Un espacio amplio, decorado con cortinas de seda que colgaban desde el techo abovedado y jarrones de barro esmaltado que desprendían un tenue aroma a menta y flores secas.
Sobre una estructura baja de madera, cuidadosamente extendido, descansaba un sari de tela suave y delicada, cuyos colores parecían resaltar aún más la palidez de su piel.
Prima tomó la tela con manos expertas y comenzó a vestirla, mientras Priya arreglaba su cabello aún húmedo, cepillándolo hacia atrás.
El calor, el perfume de las hierbas, la suavidad de la tela sobre su piel…
todo eso fue relajando sus músculos, uno a uno, hasta que su mente finalmente dejó de insistir, y simplemente se permitió no pensar.
Un respiro silencioso en medio de todo.
Una vez vestida, Prima ajustó el último pliegue del sari con esmero mientras Priya colocaba unos pendientes simples pero elegantes en sus orejas.
—Está lista, señorita —anunció Prima, dando un pequeño paso atrás para apreciar su trabajo.
Phineas asintió con suavidad y, guiada por sus doncellas, salió de la habitación.
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