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La nieve que cae en el desierto - Capítulo 43

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  4. Capítulo 43 - 43 Capítulo 42 Di mi nombre
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43: Capítulo 42: Di mi nombre 43: Capítulo 42: Di mi nombre Phineas junto a sus doncellas, subieron lentamente por los escalones que conducían de vuelta al interior del palacio principal.

Sus pasos resonaban con suavidad en las paredes, y cada metro que avanzaban, la luz natural del exterior se hacía más fuerte, filtrándose en haces tenues desde las ventanas arqueadas.Al alcanzar el último escalón, Phineas alzó la vista.

Allí, esperándola en silencio, se encontraba Hakeem.

De pie, recostado apenas contra una de las columnas de mármol, con los brazos cruzados y la mirada fija en ella.

Al verla aparecer, su expresión cambió.

Una sonrisa leve, cálida y sincera se dibujó en sus labios, suavizando al instante la tensión que parecía haberse apoderado del lugar.

—Veo que al fin despertaste —dijo aliviado.

Phineas sintió un leve temblor en sus dedos, apretando la tela de su sari.

La forma en que la miraba, solo hizo que su corazón se acelerara un poco más.

Por unos segundos, solo se quedaron así, en silencio, observándose.

Hasta que Phineas, con cierta timidez, dio un paso hacia él.

Sentía su pecho oprimido, como si algo le recordara constantemente que no tenía derecho a tratarlo de manera cercana, no después de todo lo que había causado; había sido una carga desde que llegó a Ak’tenas, y aunque Hakeem no se lo había recriminado, su orgullo no le permitía olvidar esa deuda.

Juntando las manos con delicadeza sobre su regazo, se inclinó con formalidad.

—Saludos al sultán —murmuró con suavidad, acompañada por sus doncellas, que también inclinaron la cabeza en señal de respeto.

Hakeem, que la había estado observando con alivio por verla nuevamente en pie, alzó una ceja con cierta incredulidad.

Dio un par de pasos, acortando la distancia entre ambos.

Cuando quedó frente a ella, inclinó un poco el cuerpo hasta quedar cerca de su oído: —¿Acaso te olvidaste de nuestro acuerdo?

—susurró con tono bajo, lo bastante cerca como para que su voz, profunda, le provocara un escalofrío.

Phineas se quedó helada por un instante.

Su reflejo fue llevar una mano a la oreja, intentando acallar la sensación que sus palabras habían dejado en su piel.

Sus mejillas se tornaron de un rojo intenso.

—Lo…

lo siento —murmuró con torpeza, la vergüenza tensó su voz.

Hakeem no se apartó.

Ladeó apenas la cabeza, observando su reacción con diversión, y agregó: —Vamos…

di mi nombre.

—Hakeem…

—susurró finalmente, casi en un hilo de voz.

La sonrisa del sultán se amplió con satisfacción.

Sus gestos no ocultaban el agrado que sentía al verla tan vulnerable, como si disfrutara cada segundo de la vergüenza que se dibujaba en el rostro de ella.

Detrás de Phineas, Prima y Priya permanecían inmóviles.

Sus ojos, grandes y bien abiertos, se alternaban entre su señor y la joven, incapaces de ocultar la sorpresa.

Jamás, en todo el tiempo que llevaban sirviendo en el palacio, habían presenciado al sultán comportarse de aquella manera: tan cercano, tan…

humano.

Hakeem, por su parte, se enderezó con calma, dejando que el silencio hablara por sí solo antes de soltar con ligereza: —Así está mejor.

Él giró apenas sobre sus talones y, sin perder la sonrisa relajada, le ofreció el brazo.

—¿Te sientes con fuerzas para caminar un poco?

—preguntó, con voz suave, casi como si temiera apresurarla.

Phineas vaciló por un instante, aún con la mano apoyada en su oreja, intentando calmar el leve sonrojo que persistía en su rostro.

Sentía que su cuerpo apenas comenzaba a responderle de nuevo, pero no quería mostrarse débil.

Así que asintió.

—Sí… creo que sí.

Con paciencia, Hakeem extendió su brazo hacia ella, dándole espacio para decidir.

Phineas, después de dudar apenas un segundo, apoyó sus dedos con suavidad sobre su antebrazo, aceptando aquel gesto que él le ofrecía sin dudar.

Al contacto sintió seguridad, pero también nerviosismo; aún le costaba acostumbrarse a esa cercanía tan natural con él.

El suave roce de su palma contra la tela del ropaje de Hakeem la mantenía anclada al presente, mientras su mente divagaba entre la curiosidad y un extraño calor que aún no lograba identificar.

A sus espaldas, Prima y Priya observaban la escena en silencio, aún sorprendidas por la naturalidad con la que el sultán la trataba.

—Ven —dijo entonces Hakeem, comenzando a caminar lentamente junto a ella por el pasillo —.

Quiero que me acompañes a mi despacho.

Hay un asunto que necesito discutir contigo.

Phineas alzó la mirada, algo desconcertada por la seriedad en su tono.

—Claro —respondió sin pensarlo demasiado.

El sultán no dijo nada más, simplemente comenzó a caminar a paso lento, guiándola a través del largo pasillo.

Sus pisadas resonaban con suavidad en el palacio, mientras la brisa que se colaba por los ventanales los acariciaba con gentileza.

A cada paso, Phineas sentía cómo su cuerpo parecía recuperar fuerzas, como si el mero hecho de caminar a su lado disipara la debilidad que aún arrastraba.

Cuando llegaron a la bifurcación que conducía al ala privada del palacio, Hakeem se detuvo un instante y giró ligeramente el rostro hacia las doncellas.

—Pueden retirarse —ordenó con amabilidad, aunque su tono era firme.

Priya y Prima intercambiaron una breve mirada, luego hicieron una reverencia y se alejaron en silencio, dejándolos solos.

Phineas bajó la vista, notando cómo su mano aún seguía sobre el brazo de Hakeem.

Con algo de timidez, se dispuso a soltarlo, pero él no mostró prisa en alejarse.

Retomaron el paso juntos hasta llegar frente a las grandes puertas de su despacho.

El sultán abrió una de ellas, cediéndole el paso.

—Adelante —dijo, observándola con suavidad.

Phineas se adentró al despacho.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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