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La nieve que cae en el desierto - Capítulo 44

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  4. Capítulo 44 - 44 Capítulo 43 No éstas sola
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44: Capítulo 43: No éstas sola 44: Capítulo 43: No éstas sola La luz que se filtraba por las amplias ventanas iluminaba el interior, mientras el aroma a incienso llenaba el ambiente.

Los estantes repletos de libros y mapas le daban al lugar una atmósfera reconfortante.

Hakeem cerró la puerta tras ellos y, con pasos seguros, rodeó el escritorio hasta tomar asiento en su silla.

—Toma asiento, Phineas —indicó, señalando la silla frente a él.

Ella obedeció, y con cuidado se sentó.

Por unos segundos, él simplemente la observó, su ojo oscuro parecía analizar cada gesto, cada matiz de su expresión.

En su mirada no había frialdad, solo una calidez que la reconfortaba.

—Me alegra que hayas despertado —dijo finalmente, con honestidad—.

Pero ahora que estás bien, hay algo de lo que debemos hablar.

Phineas alzó apenas la mirada, expectante.

—Cuando perdiste el conocimiento en el jardín, Alem vino a verme.

Me dijo que había hablado contigo.

Ella bajó la vista, sus dedos se crisparon ligeramente sobre su falda.

No por la incomodidad de estar allí, sino porque, en el fondo, ni siquiera ella terminaba de entender aquella conversación.

—Sí…

es verdad —admitió en voz baja—.

Aunque, para ser honesta, aún intento comprender de qué se trató todo.

Me mostró un lugar —comenzó, intentando que las palabras fluyeran con claridad—.

Había una torre, jardines flotantes… todo parecía demasiado perfecto, casi irreal.

Y me dijo que ese lugar era Ak’tenas, antes de que se convirtiera en un desierto.

Hakeem la interrumpió.

—Conozco ese lugar —dijo con calma—.

A mí también me lo mostró, hace tiempo.

Phineas parpadeó, sorprendida por la coincidencia.

—Ya veo… —¿Y hubo algo más?

—preguntó Hakeem, inclinándose levemente hacia ella.

Phineas guardó silencio por un instante, dudando en cómo abordar lo siguiente.

—¿Usted sabe algo sobre la casa imperial de Dorean?

—preguntó al fin, levantando la mirada.

Él negó con suavidad.

—No mucho.

Pero…

conozco a alguien que podría saber mucho más sobre eso.

¿Por qué lo preguntas?

—Alem me mencionó un nombre.

Camelia Enoch.

No sé por qué, pero siento que me lo dijo por una razón.

Que es importante, de alguna forma.

—Entiendo… —Hay algo más —admitió, su voz algo temblorosa.

Bajó la mirada de nuevo.

Sus manos temblaron ligeramente, y soltó una risa nerviosa que apenas logró ocultar la incomodidad que sentía—.

Me confesó que…

aquella noche en el desierto, yo morí.

El silencio se instaló de golpe en la habitación.

—Me revivió —agregó, intentando que sonara menos impactante de lo que realmente era—.

Lo dijo con tal naturalidad que apenas logré asimilarlo.

No sé qué pensar de todo esto.

Hakeem no respondió de inmediato.

Su mirada permaneció fija en Phineas, leyendo en su expresión cada rastro de confusión, de incertidumbre y, sobre todo, de ese intento torpe de sonreír para no derrumbarse.

Cuando finalmente habló, su voz sonó serena, pero llena de empatía.

—Puedo entender lo que sientes —dijo con honestidad—.

Tal vez no sea exactamente lo mismo…

pero también estuve cerca de la muerte, una vez.

Y fue Alem quien me salvó.

Desde aquel día supe que mi vida ya no me pertenecía por completo.

No es algo fácil de aceptar…

saber que un dios intervino sobre ti, sobre tu destino.

Saber que estuviste en manos de algo tan ajeno a lo humano.

Esa sensación…

no desaparece.

Hizo una breve pausa, permitiendo que sus palabras tomaran peso.

—Han pasado siete años desde la primera vez que lo conocí —agregó—.

Y, aún hoy, hay mañanas en las que me despierto convencido de que todo fue solo un sueño.

Phineas sintió un nudo apretarse en su pecho.

No era consuelo, pero de alguna forma, saber que Hakeem había experimentado algo similar hacía que su propia angustia no se sintiera tan solitaria.

—Así que, si ahora todo te parece irreal —prosiguió él, con una media sonrisa melancólica—, créeme, no eres la única.

La habitación se quedó en silencio por unos instantes.

Un silencio que no era incómodo, sino más bien necesario.

Ambos sabían que nada de lo que se habían contado era sencillo de asimilar.

Pero, en medio de toda esa incertidumbre, Phineas se sintió, por primera vez en días, un poco menos perdida.

Hakeem enderezó la espalda y soltó un leve suspiro.

—Pero, sigas o no creyéndolo…

estás aquí.

Sigues viva.

Y eso es lo que importa.

Phineas mantuvo la mirada fija en él por un instante.

Aquellas palabras habían logrado calmar, aunque fuera un poco, el peso que le oprimía el pecho desde que despertó.

Ahora no se sentía sola en esa experiencia.

—Gracias —murmuró, con sinceridad—.

No imaginé que alguien pudiera entender lo que siento… Me alegra saber que no soy la única que pasó por algo así.

Sus labios dibujaron una sonrisa tenue, honesta, carente de la rigidez educada que solía usar en la corte.

Esa simple expresión bastó para provocar una punzada inesperada en el pecho de Hakeem, una que lo tomó por sorpresa y que no supo cómo manejar.

Por reflejo, se aclaró la garganta, desviando la mirada hacia la ventana para recomponerse antes de retomar la conversación.

—En cualquier caso, pediré a un conocido que se ponga en contacto contigo —dijo, volviendo a su tono más formal—.

Es un historiador, especializado en dinastías imperiales.

Puede que tenga información sobre…

Camelia Enoch y la casa de Dorean.

Ella lo observó, aún con la calidez de aquella sonrisa en su rostro.

—Te agradezco mucho —respondió, bajando ligeramente la cabeza en señal de gratitud—.

Eso me ayudaría.

Hubo un leve silencio hasta que, armándose de valor, levantó de nuevo la mirada y preguntó con delicadeza: —¿Es todo?

¿O hay algo más de lo que quieras hablar conmigo?

—Sí…

hay algo más —admitió con tono firme—.

Quiero que sepas que ya estoy al tanto de lo que sucedió en Dorean.

Phineas sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Su garganta se cerró y sus manos, que hasta hacía un instante reposaban sobre su regazo, comenzaron a temblar.

—Sé sobre el asesinato del emperador Argos…

sobre la acusación que pesa sobre ti.

Y también sobre Lars y Caesar.

Conozco toda la situación.

El mundo pareció volverse difuso en ese instante.

Su mente entró en pánico, y su cuerpo respondió antes de que pudiera pensar.

Rápidamente se levantó de su asiento, casi tropezando, y se arrodilló frente a él.

Sus manos temblorosas se apoyaron sobre el suelo pulido, la cabeza gacha y la voz quebrada.

—¡Por favor, créame!

—suplicó, con desesperación—.

Yo no maté a mi padre.

Lo juro, no fui yo…

nunca sería capaz de hacerle algo así.

Sus palabras salieron atropelladas, cargadas de angustia.

Las lágrimas se acumularon en sus ojos sin que pudiera detenerlas.

Hakeem, sorprendido por aquella reacción tan repentina, no tardó en levantarse de su asiento y acercarse.

Se arrodilló a su lado, buscando su mirada, pero ella mantenía el rostro inclinado, presa del miedo.

—Phineas…

—susurró, con una voz más suave, intentando calmarla—.

Te creo.

Ella levantó la cabeza.

Lágrimas se deslizaban por sus mejillas mientras lo observaba, confundida y vulnerable.

—No te mencioné esto para reprocharte nada —continuó, extendiendo una mano hacia su rostro, limpiando con delicadeza el rastro húmedo bajo uno de sus ojos—.

Solo quería que supieras que lo sé…

porque quiero ayudarte.

No pienso juzgarte.

Sus palabras se asentaron sobre ella como un manto cálido.

La tensión que había contenido hasta ese momento se deshizo en un suspiro tembloroso.

Sus hombros cayeron y su respiración poco a poco volvió a calmarse, aunque su corazón seguía latiendo con fuerza en su pecho.

Hakeem sostuvo su rostro con ambas manos, asegurándose de que no bajara la mirada otra vez.

—No estás sola en esto.

—dijo, con total sinceridad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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