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La nieve que cae en el desierto - Capítulo 46

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  4. Capítulo 46 - 46 Capítulo 45 Concubina Freya
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46: Capítulo 45: Concubina Freya 46: Capítulo 45: Concubina Freya El aroma dulce del té todavía parecía flotar en su memoria.

Freya recordaba con claridad cada detalle de aquella tarde en el jardín: las bandejas repletas de bocadillos, las risas suaves de las otras concubinas, y sobre todo, la voz de Hakeem anunciando la noticia que la había dejado sin aliento.

—He tomado una decisión.

Freya irá como embajadora de Ak’tenas para la ceremonia de coronación en Dorean.

Incluso ahora, recostada en su diván, podía sentir el mismo vértigo que la invadió en ese instante.

Había sido elegida.

Ella, entre todas las demas.

Un honor que pocas veces era concedido a una concubina.

Y sin embargo, ese orgullo venía acompañado de una presión que no la dejaba respirar.

Dorean…

Un lugar del que apenas conocía a través de rumores, y que ahora se convertiría en su destino.

Pero fue otro recuerdo el que se coló en su mente, borrando por completo la emoción.

La imagen clara de cómo, poco después del anuncio, la atmósfera cambió en el instante en que Hakeem levantó la vista, quedando en completo silencio.

Su mirada había ido directa hacia una figura que cruzaba uno de los senderos.

Phineas.

El sultán había abandonado la mesa sin decir nada más, dejando atrás a todas las concubinas.

Freya observó cómo su expresión cambiaba, de serenidad a felicidad.

Y esa felicidad, esa fascinación inmediata…

no era algo que hubiese presenciado antes.

El sabor amargo de la envidia se instaló en su boca.

—¿Cómo alguien que acaba de llegar puede despertar esa expresión en él?

—se preguntó en voz baja, casi con despecho.

Durante días, alimentó la idea de confrontar a Phineas.

De exigirle una respuesta que, sabía, no obtendría.

Pero finalmente había reprimido aquel impulso, porque en el fondo comprendía algo que su orgullo no quería admitir: necesitaría a Phineas.

Después de todo, ¿quién mejor que la princesa exiliada de Dorean para enseñarle sobre el protocolo, las costumbres y los rostros de aquel imperio?

Quería destacar, estar a la altura de la misión que Hakeem le había confiado, y para eso, necesitaría toda la información posible.

Incluso si eso implicaba tener que acercarse a la persona que le robaba la atención que ella tanto anhelaba.

Un leve golpeteo en la puerta interrumpió sus pensamientos.

La voz suave de su doncella personal se escuchó desde el otro lado.

—Señorita Freya, disculpe la intromisión.

—Adelante —ordenó, sin moverse de su lugar.

La joven ingresó con pasos seguros, llevando consigo una bandeja donde reposaban delicadas peinetas y pañuelos de seda.

Alzó la mirada con una expresión cálida y anunció: —La señorita Phineas ha aceptado su invitación.

Compartirá con usted el té en el jardín fuera del harén esta tarde.

La noticia la tomó sin sorpresa.

En el fondo, ya lo esperaba.

Phineas era una extranjera en aquel palacio, sin raíces y sin aliados.

La curiosidad y la cortesía harían el resto.

—Bien —murmuró, mientras se levantaba del divan —.

En ese caso, quiero que prepares mi vestido favorito.

La doncella la observó con atención.

—¿A cuál se refiere, señorita?

—El que me obsequió el sultán —aclaró Freya, dejando que una leve sonrisa asomara en sus labios—.

El de seda, con volantes y las piedras bordadas.

Quiero usarlo para esta ocasión.

Mientras la doncella acomodaba las prendas sobre la cama, Freya la observó de reojo.

—¿Ese estilo es común en Dorean?

—preguntó con aparente indiferencia, aunque en su voz se colaba un deje de malicia.

La joven asintió.

—Probablemente sí, señorita.

Ese vestido fue traído de occidente, y según tengo entendido, Dorean se encuentra en esa región.

Freya sonrió con satisfacción, complacida con la respuesta.

Luego se giró hacia su joyero, abriéndolo con delicadeza.

—También quiero usar mis joyas más lujosas hoy.

Y sobre todo el collar de zafiros.

La doncella levantó el collar con reverencia.

Aquel colgante era algo más que una simple joya: era un símbolo.

Un recordatorio de su posición como concubina del sultán.

Con dedicación, su doncella la ayudó a vestirse, asegurándose de que cada pliegue de tela cayera perfectamente y que cada piedra brillara como la luz.

Cuando por fin se observó en el espejo, no pudo evitar sentir orgullo al ver su reflejo.

Su porte era elegante, su cabello perfectamente arreglado, sus joyas resaltaban cada ángulo de su rostro.

—Perfecta —susurró para sí misma.

Mientras acomodaba con suavidad uno de sus pendientes, su mente recordó la imagen de Phineas aquella tarde en el jardín.

Delgada, pálida, con ese cabello corto y descuidado que no lograba ocultar la fragilidad de alguien que parecía haber pasado demasiado tiempo en una cama.

Sus ropas tampoco ayudaban.

Ni joyas, ni telas finas, ni ese brillo natural que acostumbraba distinguir a las mujeres de la realeza.

Solo una figura desprovista de todo título y gloria.

Una sonrisa se formó en sus labios.

«Ella no es competencia para mí », pensó convencida.

Y con ese pensamiento, se levantó del tocador, lista para encarar la tarde con la seguridad de quien sabe que, al menos por ahora, lleva la ventaja.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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