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La nieve que cae en el desierto - Capítulo 47

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47: Capítulo 46: Competitividad 47: Capítulo 46: Competitividad El jardín del harén estaba especialmente cuidado aquella tarde.

Las flores, aún bajo el sol cálido de Ak’tenas, se mecían en una brisa suave, mientras las cortinas de seda colgaban de los pabellones, dibujando sombras danzantes sobre las mesas decoradas con porcelana fina.

Freya ya había llegado, instalada con elegancia en una de las sillas dispuestas bajo el toldo.

Sus manos, enguantadas de encaje, sostenían una taza de porcelana, donde el té reflejaba destellos ámbar.

El vestido, con sus piedras bordadas, capturaba la luz y resaltaba cada movimiento con sutileza.

Sabía que aquella imagen era la que debía proyectar: la de una mujer segura, digna representante del sultán.

El sonido de pasos delicados sobre la grava le anunció que su invitada estaba cerca.

Phineas hizo su aparición escoltada por sus doncellas.

Llevaba puesto un Kanjeevaram, un sari de seda finamente bordado con hilos de oro.

Sus ropas y el esmero en su cabello dejaban en claro que sus doncellas habían puesto todo su esfuerzo en prepararla.

Sin embargo, a ojos de Freya, seguía viéndose débil, y eso la llenaba de confianza.

La observó de reojo mientras se ponía de pie, dejando la taza sobre el plato.

—Señorita Phineas —saludó Freya con cortesía, dibujando una sonrisa refinada—.

Qué placer tenerla aquí.

Phineas respondió con un gesto de cabeza, devolviendo la cortesía.

—Gracias por invitarme, concubina Freya —respondió, tomando asiento frente a ella con la misma cortesía.

—Me alegra que aceptara.

La verdad es que deseaba tener esta charla con usted antes de mi viaje.

Como sabrá, partiré hacia Dorean en representación de Ak’tenas.

Phineas asintió, manteniendo la compostura, aunque su cara se tensó con aquella mención.

—El sultán ha depositado una gran responsabilidad en usted —comentó, buscando mantener la neutralidad en su voz.

Freya sonrió levemente, apoyando la taza en el platito con un gesto pausado.

—Así es.

Después de todo, no todos los días una es elegida para representar al sultán en una corte extranjera…

y menos aún cuando esa corte se prepara para la coronación de su hermano, el príncipe Caesar Enoch Valentine.

La taza que sostenía Phineas tembló ligeramente entre sus dedos.

—Sí…

—dijo, tras tragar saliva con discreción—.

Supongo que no podía ser otro quien ocupara el trono.

Freya no se perdió aquel leve titubeo en su voz ni el sutil gesto de sus manos.

Por dentro, se sintió satisfecha.

Había logrado exactamente la reacción que esperaba.

—En realidad —prosiguió, suavizando su expresión—, la invité hoy porque pensé que podría ayudarme.

Sería invaluable contar con sus consejos sobre las costumbres de Dorean antes de partir.

Phineas bajó la mirada por un instante, respirando hondo para estabilizar sus emociones.

Sus dedos recorrieron distraídamente el borde de la taza de porcelana, buscando en el gesto una pequeña distracción.

—Claro…

si puedo ser de ayuda, lo haré —respondió, con voz baja.

Freya esbozó una sonrisa satisfecha y, con elegancia, alzó su taza.

La acercó a sus labios, dando un pequeño sorbo.

—Imagino que no debe ser fácil para usted —comentó con una amabilidad tan impecable que casi parecía sincera—.

Después de todo, volver a oír sobre Dorean…

y de su familia.

Phineas alzó la mirada, sus iris púrpura brillaban bajo la luz suave que atravesaba los biombos del jardín.

Apretó levemente las manos sobre su regazo, sintiendo una presión en el pecho que se esforzó en disimular.

—Es natural que no sea sencillo —respondió con tono educado, aunque distante—.

Pero es algo a lo que debo acostumbrarme.

Freya dejó escapar una ligera risa, tan sutil que parecía más un suspiro.

—Debe de ser muy fuerte para sobrellevar todo esto con tanta entereza.

No cualquiera podría hacerlo…

después de todo lo que se dice de usted.

El comentario flotó en el aire como una espina invisible, tan elegante como afilada.

Phineas, sin perder del todo la calma, tomó de nuevo su taza, y aunque sus dedos seguían algo tensos, mantuvo el gesto sereno.

—Los rumores rara vez se alinean con la verdad —dijo simplemente—.

Pero eso es algo que cada quien descubre a su debido tiempo.

La concubina dejó la taza sobre el platito de porcelana con un suave tintinear, luego cruzó las piernas con elegancia, apoyando las manos sobre sus rodillas.

—Tiene razón —aceptó—.

Al final, siempre es mejor conocer a las personas de cerca antes de juzgarlas…

por eso me alegra que hayamos podido compartir este té.

Espero que podamos seguir conversando antes de mi partida.

Estoy segura de que sus consejos me serán de gran ayuda.

—Por supuesto.

Puede contar conmigo —dijo, forzando una sonrisa.

Freya se recostó levemente en su asiento, observándola en silencio, convencida de haber ganado la primera partida.

Tomó la última gota de su té con delicadeza.

Sus labios se curvaron en una sonrisa tranquila, casi satisfecha, y dejó la taza suavemente sobre el plato.

—Ha sido una tarde encantadora —comentó con esa cortesía que tanto dominaba—.

Le agradezco que haya venido hoy aquí.

—El agradecimiento es mío, concubina Freya.

Con aquella última frase, pronunciada con la dulzura justa y una pizca de intención, Freya se giró con elegancia y abandonó el jardín, escoltada por su doncella personal.

A cada paso que daba, su mente repasaba la conversación, saboreando el sutil control que había mantenido sobre cada palabra y cada gesto.

Aquel encuentro no sólo había servido para medir a su “rival”…

sino para recordarse a sí misma que, tarde o temprano, en Ak’tenas, sería reconocida por algo más que su lugar en el harén.

Ella sería la sultana

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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