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La nieve que cae en el desierto - Capítulo 48

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  4. Capítulo 48 - 48 Capítulo 47 Inseguridades
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48: Capítulo 47: Inseguridades 48: Capítulo 47: Inseguridades Apenas Freya cruzó el umbral del jardín y se alejó lo suficiente del alcance de oídos ajenos, su doncella personal, que caminaba siempre a un paso por detrás de, se acercó discretamente.

—Señorita —susurró con voz baja—.

Me indicaron que esta noche compartirá la cena…

y los aposentos del sultán.

Ha sido una petición suya.

Freya, que en ese momento ajustaba con delicadeza uno de los broches de su vestido, se detuvo en seco.

Por fuera, su rostro mantuvo la misma serenidad y elegancia con la que siempre se presentaba.

Ni un músculo traicionó la emoción que en su interior estallaba.

Sin embargo, por dentro, la alegría le recorrió todo el cuerpo.

El sultán rara vez solicitaba pasar una noche con ella.

De todas las mujeres de su harén, su presencia a solas era más bien esporádica.

Y sin embargo, esa noche sería diferente.

Esa noche tendría su atención, su cercanía…

y tal vez, si jugaba bien sus cartas, algo más.

—Muy bien —respondió, retomando el paso hacia sus aposentos—.

Dile a las otras doncellas que preparen un baño.

Quiero que coloquen pétalos de rosa y esencia de lavanda.

Y escoge con cuidado mi ropa para la cena.

La doncella asintió sin cuestionar, acostumbrada ya a los caprichos de su señora.

Antes de que se alejara, Freya giró levemente el rostro.

—Y no olvides la ropa interior —añadió con una sonrisa calculada—.

Algo sutil, pero lo bastante atrevido.

La doncella se inclinó ligeramente y salió a toda prisa para cumplir con las órdenes.

Ya por la tarde, el vapor perfumado llenaba la habitación mientras Freya se sumergía en la bañera, rodeada por pétalos de rosas flotando perezosamente sobre la superficie.

Cerró los ojos, permitiendo que el calor relajara sus músculos y preparara su mente para la noche que le aguardaba.

Las doncellas trabajaban en silencio a su alrededor, alistando cuidadosamente cada detalle.

El vestido elegido descansaba ya sobre el biombo: una prenda de seda azul noche, delicadamente bordada en hilo de plata, lo suficientemente sobria para una cena, pero ceñida en los lugares correctos para no dejar lugar a dudas sobre sus intenciones.

La ropa interior, de encaje negro, esperaba doblada junto al vestido.

Cuando Freya salió del baño, su doncella se encargó de arreglar su cabello con esmero, recogiendo algunos mechones en un peinado elegante mientras dejaba el resto caer en ondas suaves sobre sus hombros.

Los últimos retoques de perfume y joyas sellaron su preparación.

Ya vestida, cruzó con elegancia el patio interior del harén, lista para dirigirse al palacio principal.

Las otras concubinas, dispersas en la galería que rodeaba el patio, detuvieron sus conversaciones al verla pasar.

Sus miradas se cargaron de recelo y cierta envidia muda.

Freya sintió sus ojos clavados en cada paso que daba, como si su simple presencia confirmara la diferencia entre ellas.

No hizo el menor gesto de incomodidad.

Al contrario, irguió aún más la espalda y sonrió para sí misma.

Cuando las puertas principales se abrieron y el guardia de palacio la escoltó, Freya abandonó el harén con paso seguro.

El corazón le latía con fuerza.

Por fin, esa noche sería suya.

El comedor privado del sultán era amplio, aunque decorado con sobriedad.

Las lámparas de cristal colgaban en lo alto, esparciendo una luz cálida que se deslizaba sobre la mesa de ébano pulido, larga y cuidadosamente dispuesta.

A un lado, el perfume suave de incienso flotaba en el aire, marcando el ambiente con una sensación de calma y protocolo.

La concubina fue escoltada hasta allí por uno de los guardias, y cuando cruzó la puerta, lo encontró ya esperándola.

Hakeem se mantenía de pie, junto a su asiento en la cabecera.

Ambos intercambiaron una leve inclinación de cabeza a modo de saludo formal.

—Señorita Freya —dijo él, con su voz grave y serena.

—Sultán Hakeem —respondió ella, con una sonrisa controlada y su tono impregnado de respeto.

El sultán extendió un leve gesto con la mano, indicándole el asiento junto a él, a su derecha.

Freya se acomodó, manteniendo la compostura con la espalda recta y las manos cruzadas sobre el regazo.

Al poco tiempo, los sirvientes comenzaron a entrar en fila ordenada, cada uno portando bandejas de plata con esmero.

Frente a cada uno de ellos colocaron la entrada: un delicado plato hondo, donde una sopa clara de especias y papas humeaba tentadoramente.

El silencio que se instauró fue breve.

Tras unos sorbos lentos, Hakeem alzó la mirada hacia ella.

—Me enteré que hoy compartió la hora del té con Phineas —mencionó, casi con indiferencia, mientras dejaba su cuchara reposar en el plato.

El pulso de Freya no se alteró, pero su mente sí.

Su mirada se desvió levemente, aunque su expresión se mantuvo serena.

—¿Fue alguien de mi personal quien se lo mencionó?

—preguntó, esbozando una sonrisa sutil—.

Si es así, temo que tendré que revisar en quién confío.

Odio que detalles personales se filtren con tanta ligereza.

—No fue su gente quien habló —respondió con calma—.

Fui yo quien pidió al personal asignado a Phineas que me informe de sus actividades.

El corazón de Freya se tensó apenas un segundo, como si aquellas palabras hubieran pinchado algo profundo dentro de ella.

¿Por qué tenía que estar tan pendiente de esa muchacha?

¿Qué era exactamente para él que ameritara ese tipo de seguimiento?

Una sombra de celos cruzó su mente, pero se aseguró de ocultarla bajo una sonrisa compuesta, volviendo a tomar la cucharilla con toda la gracia que su posición exigía.

—Pasé una tarde agradable con la señorita —comentó finalmente, con tono casual—.

Aunque, debo admitir que me sorprendió que, habiendo sido princesa, sus modales fueran tan…

básicos.

Hakeem no reaccionó.

Sus facciones permanecieron inmutables, como si no hubiese dado importancia a la observación.

Simplemente dejó reposar la cuchara sobre el plato y, con la misma calma, deslizó la mirada de nuevo hacia Freya.

—¿Y por qué decidió invitarla a tomar el té?

—preguntó con genuina curiosidad.

—Consideré que, dado mi inminente viaje a Dorean, nadie mejor que ella para instruirme en las costumbres de su país —respondió con naturalidad—.

Fue una conversación bastante productiva…

y necesaria, dado que debo representar a Ak’tenas de manera impecable.

Hakeem asintió lentamente, girando la copa de agua entre sus dedos, pensativo.

—¿Y cuál fue su reacción ante su petición?

—Aceptó sin objeciones —dijo Freya, encogiéndose apenas de hombros—.

Se mostró dispuesta a ayudarme en todo lo que necesite.

Por primera vez en toda la conversación, Hakeem dejó escapar un suspiro largo, relajado.

Sus labios se curvaron en una tenue sonrisa que suavizó sus facciones.

—Menos mal…

—dijo con honestidad—.

Temía que le afectara hablar de Dorean.

Freya, que había estado observando cada gesto del sultán con atención, sintió nuevamente esa punzada en el pecho.

Había algo en esa preocupación que no podía ignorar.

Pero, como siempre, mantuvo el rostro sereno, sosteniendo la copa de vino cerca de sus labios.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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