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La nieve que cae en el desierto - Capítulo 49

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  4. Capítulo 49 - 49 Capítulo 48 Cena incomoda
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49: Capítulo 48: Cena incomoda 49: Capítulo 48: Cena incomoda El sonido de pasos interrumpió el momento entre Freya y el sultán.

Los sirvientes comenzaron a servir el plato principal: codornices asadas con vegetales dispuestos con esmero sobre finas bandejas.

Al ver el platillo, Freya sintió un ligero sobresalto.

Ese era su plato favorito.Por un instante, todas las inseguridades y los celos que habían cruzado su mente durante la noche parecieron desvanecerse.

Él lo había recordado.

En medio de todos sus asuntos, había tenido en cuenta ese detalle.

Su mente encontró en ese pequeño gesto un consuelo egoísta: de una forma u otra, ella estaba presente en sus pensamientos.

La cena transcurrió en silencio, ambos concentrados en la comida, como si el mutismo formara parte del protocolo.

Sin embargo, aquel silencio no resultaba incómodo; más bien, parecía una tregua antes de enfrentar algo más importante.

Cuando retiraron el último plato, los sirvientes colocaron en su lugar dos copas de Kheer, un postre de arroz, almendras y leche dulce.

Fue entonces cuando Hakeem apoyó los codos sobre la mesa y entrelazó las manos, clavando la mirada en la concubina.

—Hay una razón por la que le pedí que compartiera esta cena conmigo, más allá de la compañía —dijo, con su tono ahora mucho más serio y firme—.

Antes de que parta hacia Dorean, hay información que debe conocer.

El comentario la decepcionó, y aunque por fuera mantuvo la compostura, por dentro su sangre hervía.

—Se trata de Phineas —confirmó Hakeem, sin rodeos—.

En el palacio han comenzado a circular rumores sobre su salida de Dorean.

Muchos creen que fue desterrada por deshonra, pero la verdad es otra.

Phineas huyó porque está siendo acusada injustamente de envenenar a su propio padre, el antiguo emperador Argos Enoch Valentine.

Freya quedó sorprendida ante tal revelación.

Por un segundo sus pensamientos se nublaron, y la pregunta escapó de sus labios sin filtro: —¿Está seguro de que ella es inocente?

El silencio que siguió fue inmediato.

Hakeem la observó fijamente, su único ojo visible reflejaba severidad.

Aquella mirada bastaba para que la respuesta se entendiera sin necesidad de palabras.

Ella bajó la cabeza enseguida, comprendiendo su error.

—Mis disculpas, sultán.

No debí cuestionarlo.

Hakeem mantuvo la vista en ella por unos segundos más, antes de recostarse levemente en el respaldo de su silla, dejando que el silencio disipara la tensión que había quedado suspendida en el aire.

—No se lo menciono para que la juzgue —aclaró, apoyando un codo sobre la mesa mientras su mano acariciaba distraídamente el borde de su copa—.

Sino para que tenga presente la información antes de su partida.

En Dorean ese tema saldrá a relucir, y quiero que esté preparada.

Freya asintió en silencio.

Entendía que no había lugar para juicios ni opiniones, solo para obedecer.

Y precisamente eso era lo que más la enfurecía.

—Entiendo, mi sultán.

Lo tendré en cuenta.

—Y algo más —añadió —.

Cuando esté allí…

no mencione que Phineas se encuentra aquí.

No confirme nada a menos que alguien lo haga primero.

Es importante que nuestra posición quede resguardada.

La concubina mantuvo su postura firme, ocultando la punzada que aquello le provocaba.

—Lo haré así —aseguró con suavidad—.

Seré discreta.

—Bien.

Eso era todo lo que necesitaba que supiera.

Confío en que sabrá representar a Ak’tenas como corresponde.

Ella inclinó ligeramente la cabeza, mostrando respeto.

—No lo defraudaré.

El resto de la sobremesa transcurrió sin grandes palabras.

Solo el murmullo suave de las copas y el sonido distante de la brisa nocturna colándose por las celosías acompañaron sus últimos bocados.

Freya, aunque mantenía la compostura, apenas lograba concentrarse en el sabor del postre.

La conversación había dejado un amargo sabor que ni el mejor vino del sultán lograba suavizar.

Cuando la última bandeja fue retirada y Hakeem se puso de pie, ella lo imitó en silencio.

Él le dedicó una breve inclinación de cabeza, gesto habitual para cerrar cualquier encuentro formal, y sin más palabras abandonó el comedor, escoltado por un par de sirvientes.

Freya se quedó de pie, viendo cómo la figura del sultán se perdía tras las puertas.

Había esperado una noche distinta.

Una en la que sus encantos lograran borrar cualquier otra figura de la mente de Hakeem.

Pero la realidad había sido clara: esa cena no fue más que un trámite, una formalidad que poco o nada tenía que ver con ella.

Y aquello, por dentro, la carcomía.

Guiada por una doncella, caminó con paso lento por los pasillos hasta que un asistente la condujo hasta la estancia privada del sultán.

La misma en las que pasaría la noche, como se le había indicado al principio.

Cuando la puerta se cerró tras ella, Freya se quedó en silencio, contemplando la habitación: sobria, amplia, apenas iluminada por la luz tenue de unas lámparas de aceite.

Se descalzó con movimientos lentos, dejando caer las sandalias de satén al pie de la cama.

Luego caminó hacia el tocador, donde su doncella había dejado lista su ropa de descanso.

Pero Freya no alzó la túnica que debía cubrirla.

En cambio, deslizó los dedos por el encaje de su ropa interior, ajustando cada pequeño detalle en su lugar.

El reflejo del espejo le devolvió la imagen de una mujer estilizada, con el mentón en alto y los hombros erguidos.

«Si no pude conquistarlo en la cena…

lo haré ahora», pensó, mientras peinaba sus cabellos con esmero, dejando algunas ondas caer con naturalidad sobre sus hombros.

Luego se sentó sobre el borde de la cama, con la espalda recta, esperando al sultán.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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