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La nieve que cae en el desierto - Capítulo 5

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  4. Capítulo 5 - 5 Capítulo 4 Veneno esparcido
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5: Capítulo 4: Veneno esparcido 5: Capítulo 4: Veneno esparcido Las puertas se abrieron de par en par, y Caesar hizo su aparición.

Su presencia dominó la sala de inmediato.

Alto, de porte macizo y mirada penetrante, vestía un uniforme de gala negro con una capa púrpura, que destacaba su imponente figura.

Su cabello, del mismo tono cobrizo que Lars, caía ligeramente despeinado sobre su frente, y sus ojos, de un profundo verde marino, exploraron la sala hasta posarse directamente en Phineas.

Dedicándole una mirada fría, distante, carente del cariño que siempre había definido sus encuentros.

Phineas sintió un nudo en el estómago.

No era la recepción que esperaba de su amado hermano tras tanto tiempo separados.

¿Qué significa esa mirada…?, se preguntó, inquieta.

Pero no fue solo Caesar quien captó su atención.

A su lado, entró un hombre desconocido, alto y de presencia imponente.

Su piel pálida y sus cabellos oscuros hablaban de tierras más allá del imperio.

Vestía ropaje exótico, rico en bordados dorados y tela de seda, reflejo de una cultura distinta.

Su mirada, afilada y penetrante, recorrió el salón con serena confianza.

No sonreía, pero parecía disfrutar del peso que su sola presencia imponía.

Cuando Caesar pasó junto a ella, sintió el roce de su capa y, con él, la distancia de su indiferencia.

Ni una palabra, ni un gesto.

Nada.

Ella entrecerró los ojos, su orgullo dolido.

Seguro que solo sigue el protocolo —pensó—.

Primero, el saludo al emperador.

Después, vendrá a mí.

Y aun así, algo no encajaba.

Aquella frialdad, la tensión en sus hombros, y sobre todo, el aura casi sombría del extranjero a su lado.

Algo estaba fuera de lugar.

Y Phineas, en el fondo, intuía que algo malo se aproximaba.

—¡Bienvenido, Caesar!

—proclamó el emperador Argos, su voz resonando con orgullo en el vasto salón—.

Has servido bien a tu patria.

Hoy celebramos tu retorno y tu triunfo.

Gin’xiao, desde hoy, es parte del glorioso Imperio de Dorean.

Los nobles rompieron en aplausos, celebrando la expansión del imperio.

Phineas, sin embargo, sintió que el aire se volvía más pesado.

Su mirada se fijó en Caesar, buscando en su rostro la satisfacción del vencedor.

Pero solo encontró una expresión dura, como si el peso de la conquista lo oprimiera más que la gloria del triunfo.

El emperador, con una leve inclinación de cabeza, dirigió su atención al hombre que acompañaba a su hijo: —Y tú, extranjero…

Háblanos.

¿Quién eres?

El desconocido avanzó un paso, su andar era pausado, pero lleno de confianza.

Se inclinó ante el emperador, mostrando respeto, pero sus ojos, oscuros como la noche, permanecieron afilados e inexpresivos.

—Me presento ante su majestad el emperador.

—Su voz era profunda, clara, y con un acento marcado—.

Mi nombre es Hui Wei, y vengo en representación del pueblo de Gin’xiao.

El salón cayó en un silencio tenso.

No era común que un conquistado tuviera lugar en una celebración imperial.

Y menos aún que se presentara con tal compostura, sin rastro de sumisión.

—Curioso —respondió Argos—.

No esperaba que un representante de Gin’xiao asistiera…

y menos de tu porte.

¿Eres diplomático?

¿Guerrero?

Hui Wei mantuvo su mirada firme: —Ambos, majestad.

Diplomático por deber.

Guerrero por naturaleza.

Estoy aquí porque, aunque nuestro pueblo ha sido anexado, tengo que seguir velando por los intereses de mi gente.

Un murmullo se esparció entre los asistentes.

La tensión se sentía en el ambiente.

Pero Argos, acostumbrado al juego del poder, solo sonrió.

—Bien.

Eres valiente, Hui Wei.

El coraje merece respeto.

Esta noche, serás nuestro invitado.

Brindemos por un nuevo capítulo…

para Gin’xiao y para el Imperio.

—Por el Imperio —respondió Hui Wei, con una leve reverencia.

A pesar de las palabras cordiales, Phineas sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Sus ojos se posaron nuevamente en Caesar, que permanecía impasible, su rostro como piedra.

Algo estaba mal.

El maestro de ceremonias, con voz solemne, anunció: —¡Su Majestad, el Emperador, desea ofrecer un brindis!

Phineas rápidamente se enderezó, sintiendo la carga invisible de su deber.

Desde la muerte de su madre, muchas de las responsabilidades propias de la emperatriz habían recaído en ella, y una de ellas era llenar la copa de su padre en los brindis oficiales.

Con firmeza, se acercó a la mesa imperial, donde reposaba la botella que ella misma había escogido horas antes, una cosecha rara y refinada, perfecta para el gusto de su padre.

Con manos seguras, levantó el cristal, y el líquido dorado fluyó en la copa.

El emperador Argos, sin apartar la vista de la sala, le susurró por lo bajo: —Gracias, mi sol.

El emperador levantó su copa, y el salón entero se sumió en un silencio reverente.

Las miradas se alzaron hacia él, esperando sus palabras.

—¡Por mi hijo, el conquistador, y por mi amado Imperio de Dorean!

Que el sol nunca deje de iluminarnos.

Un coro de voces respondió al unísono, haciendo retumbar el techo: —¡Por el Imperio!

¡Por Dorean!

El emperador llevó la copa a sus labios y bebió.

Y entonces…

Su gesto se quebró.

Una sombra de dolor cruzó su mirada, y sus dedos temblaron, haciendo que la copa se deslizara de su mano y se estrellara contra el suelo, esparciendo vino y cristal.

Phineas, aún a su lado, sintió su cuerpo helarse.

—¿Padre…?

—su voz apenas fue un suspiro.

Los ojos del emperador se abrieron de par en par, reflejando terror.

Un espasmo le recorrió el cuerpo, y un hilo de sangre oscura se escapó por la comisura de sus labios.

—¡Padre!

Él se tambaleó, y en su caída, su mano se aferró débilmente a la manga de Phineas.

Ella lo sostuvo, cayendo de rodillas junto a él.

—¡No…

no, no, no…!

—Su voz se quebró, y su corazón se aceleró del pánico.

El salón estalló en gritos.

—¡El emperador!

¡El emperador ha caído!

—¡Médicos!

¡Que alguien llame a los médicos!

—gritó Lars, en medio del caos.

Pero Phineas apenas escuchaba.

Su mundo se había reducido al rostro de su padre, que palidecía con cada segundo.

—Padre…

—susurró, con la garganta hecha cenizas—.

Por favor…

Los labios del emperador se abrieron, apenas un hilo de voz escapó: —Mi…

sol…

Y entonces, su cuerpo se tornó pesado.

Frío.

—No…

no…

—el aliento se le quebró, y sus dedos temblorosos se mancharon de la sangre que corría de la boca del emperador—.

¡Padre!

El mundo a su alrededor era un torbellino de voces, órdenes y gritos.

Pero entre el caos, una voz se alzó, cortante como una espada: —La copa…

Phineas alzó la vista.

—Ella…

fue ella quien sirvió el vino…

—¿La princesa…?

¿Envenenó al emperador?

El peso de esas palabras la golpeó como una bofetada.

—¡Nadie acusará a mi hermana sin pruebas!

—clamó Lars, poniéndose de pie como un escudo ante ella.

Pero el veneno ya se había esparcido.

Ahora corría en cada palabra susurrada, en cada mirada de sospecha.

Fue entonces cuando, entre la multitud, Phineas vio a Hui Wei.

Él la observaba desde la distancia, con una calma que resultaba perturbadora.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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