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La nieve que cae en el desierto - Capítulo 51

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  4. Capítulo 51 - 51 Capítulo 50 El deseo de querer ser fuerte
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51: Capítulo 50: El deseo de querer ser fuerte 51: Capítulo 50: El deseo de querer ser fuerte Había transcurrido casi un mes desde que Phineas llegó a Ak’tenas.

Durante ese tiempo, su cuerpo —antes débil y enfermizo— había comenzado a recuperar la fuerza perdida.

La mayoría de sus heridas habían sanado, aunque todavía sentía una leve rigidez en las articulaciones cuando se movía con demasiada rapidez.

Aun así, se sentía más viva que en semanas y más consciente del mundo que la rodeaba.

Sentada bajo la sombra de un gran roble, Phineas observaba en silencio el campo de entrenamiento que se extendía ante ella.

El sol de la mañana bañaba las arenas, y el eco metálico de las espadas chocando resonaba como un ritmo constante, casi hipnótico.

Sobre su regazo descansaba Nubia, en su forma de fénec, acurrucada como un pequeño remolino peludo.

A unos pasos, Prima la escoltaba en silencio, de pie como una sombra.

Entre todos los soldados que entrenaban bajo el sol, sus ojos se fijaban en uno en particular: Kou.

El joven se movía con eficiencia, su postura era firme mientras guiaba a un grupo de reclutas más jóvenes a través de una serie de ejercicios.

Su voz, aunque no llegaba con claridad desde la distancia, Phineas la imaginaba de un tono firme, como de quien sabe comandar.

Verlo así, tan centrado, tan hábil, despertó en ella admiración.

«Si quiero llegar a salvo a Azhara… debo aprender a defenderme.» Ese pensamiento surgió en su mente.

El ataque de los bandidos en el desierto todavía ardía bajo su piel como una quemadura invisible.

No quería volver a experimentar algo así.

No podía seguir dependiendo de la protección de otros.

—Prima —habló de pronto, sin apartar la vista del campo de entrenamiento—.

¿Crees que Kou aceptaría enseñarme a empuñar una espada?

A la joven doncella le sorprendió la pregunta, pero no tardó en responder.

—Él es muy reservado, señorita.

Son pocas las personas con las que interactúa directamente… —hizo una breve pausa—.

No sabría decirle si aceptaría ser su maestro.

—¿Hace cuánto que trabaja en el palacio?

—Alrededor de dos años —respondió—.

Fue el propio sultán quien lo trajo directo del Imperio Katsuhito.

—Ya veo… —murmuró, con un dejo de curiosidad viva en la voz.

Sus ojos volvieron a posarse sobre Kou, siguiendo el movimiento de su espada, la concentración en su rostro, la precisión de sus movimientos.

Quizás aún no se sentía lista.

Pero estaba decidida.

Tenía que intentarlo.

Bajó con cuidado a Nubia de su regazo y con decisión se puso de pie.

—Iré a hablar con él —le avisó a Prima, quien solo asintió respetuosamente.

Con seguridad, empezó a avanzar en dirección al campo de entrenamiento.

Al ver la distancia, elevó la voz con decisión: —¡Kou!

El joven no respondió de inmediato.

Continuó con su ejercicio, girando levemente el rostro hacia el sonido.

—¡Kou!

¡Oye, Kou!

—repitió, esta vez más alto, mientras se acercaba.

Las miradas comenzaron a dirigirse hacia ella.

Algunos soldados, jóvenes y veteranos por igual, dejaron de entrenar para observarla.

Murmuraban entre ellos con discreción.

El cabello naranja de Phineas brillaba como fuego al sol, y sus ojos púrpura parecían capturar la luz misma.

Algunos se preguntaban quién era esa joven mujer de apariencia tan única.

Otros ya conocían su nombre, pero no su voz.

Kou, en cambio, la observó con la misma tranquilidad de siempre.

Su expresión no cambió ni un ápice.

—¿Por qué la urgencia de gritar mi nombre?

—le preguntó cuando ella estaba a escasos pasos.

Phineas, aún con el corazón agitado por los nervios, le sostuvo la mirada con firmeza.

—Para quitarme el miedo —respondió—.

Necesitaba valor para venir a pedirte algo.

—¿Qué clase de petición?

Ella dio un paso más cerca, sin perder el impulso.

—Quiero que me enseñes a usar la espada.

El silencio cayó de golpe sobre el campo de entrenamiento.

Los reclutas, los soldados, incluso algunos instructores, dejaron de moverse.

Todos los ojos estaban puestos en ellos, como si esperaran un desenlace inesperado.

La sorpresa era general.

Phineas solo miraba a Kou, con una sonrisa risueña y los ojos brillando con decisión.

Él la observó en silencio durante unos segundos.

Luego, sin decir palabra, extendió una mano hacia ella y le tomó el brazo con suavidad, justo por encima del codo.

—¿Eh…?

—ella lo miró confundida, antes de sentir sus dedos deslizándose hasta presionar con firmeza su bíceps.

—¡¿Qué estás haciendo?!

—exclamó, su rostro ardía por la vergüenza—.

¡Oye!

Kou alzó la mirada, impasible como siempre.

—Evaluando tu condición física.

—Sus dedos presionaron una última vez antes de soltarla—.

¿Tú crees que podrías blandir una espada de acero con esta fuerza?

Phineas dio un paso atrás, aún con las mejillas ardiendo, y lo miró con el ceño fruncido.

—No lo sé.

Pero puedo intentarlo.

Él la miró unos segundos más.

Luego, su mano bajó al mango de su propia espada.

La desenvainó con calma y la giró en su palma con habilidad.

—Entonces inténtalo —dijo al fin, extendiéndole la hoja con el mango hacia ella.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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