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La nieve que cae en el desierto - Capítulo 53

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  4. Capítulo 53 - 53 Capítulo 52 Lecciones a la concubina
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53: Capítulo 52: Lecciones a la concubina 53: Capítulo 52: Lecciones a la concubina El entrenamiento continuó por lo que pareció una eternidad para los músculos de Phineas, pero apenas un parpadeo para su entusiasmo.

Estaba tan concentrada en perfeccionar cada movimiento que perdió noción del tiempo, hasta que Prima se acercó con paso apresurado, cargando a Nubia en brazos.

Se notaba incómoda por interrumpir, pero sabía que era necesario.

—Señorita Phineas… —dijo con cortesía—.

Lamento interrumpir, pero debe dirigirse al harén.

Tiene programada una clase con la concubina Freya sobre los asuntos de Dorean.

—¿Tan tarde es ya?

Miró al cielo como si esperara que el sol le diera la respuesta, pero en cuanto su piel sintió el calor intenso sobre su rostro, supo que el tiempo había volado.

—Toma —le dijo a Prima, extendiéndole la espada de bambú—.

Guárdala por favor.

Luego giró hacia Kou con entusiasmo, mirándolo con ojos bien abiertos y brillosos, iguales a los de un cachorro.

—¿Puedo venir mañana a la misma hora?

Kou lo pensó por un momento.

—Está bien.

Pero a partir de ahora vendrás con pantalón.

Te será más cómodo.

Phineas sonrió.

—En Dorean solía usarlos para montar a caballo.

No será un problema.

Mientras se disponía a marcharse, un soldado fornido de cabello corto y oscuro le arrojó una toalla enrollada, que atrapó con torpeza.

—Buen trabajo —le dijo con una sonrisa—.

Para ser tu primera vez, lo hiciste bastante bien.

Phineas se ruborizó ligeramente.

—Gracias —respondió, limpiándose el sudor de la frente.

Otro soldado se unió con una carcajada.

—¡Sí!

¡Nadie logra que Kou preste tanta atención el primer día!

¡Eres una proeza viviente!

La risa se expandió entre los presentes, y aunque no era burlona, Phineas volvió a enrojecerse y se cubrió parte del rostro con la toalla, intentando disimular.

—¡Señorita!

—insistió Prima, esta vez con tono más firme—.

Se nos hará tarde si no partimos ya.

Phineas se giró, asintiendo.

—Claro.

Ya vamos.

Antes de retirarse, hizo una leve inclinación de cabeza hacia el grupo de soldados.

—Gracias a todos.

Por dejarme entrenar aquí.

Y así, con Prima a su lado y Nubia aún en brazos, se dirigió de regreso al interior del palacio.

—Pasaremos por su habitación primero —dijo su doncella—.

Necesita una muda de ropa limpia.

Está empapada.

Phineas asintió.

El sudor ya se sentía incómodo sobre su piel, pero no le importaba demasiado.

Porque por primera vez desde que había llegado a Ak’tenas, no se sentía impotente.

Una vez limpia y vestida, llegó junto a Prima y Nubia a las imponentes puertas del harén.

Allí, flanqueado por dos guardias, estaba Kou.

—¿Tú?

—preguntó Phineas, arqueando una ceja—.

¿Qué haces aquí?

—Mi trabajo —respondió con sencillez—.

Me asignaron como tu guardaespaldas personal ¿Recuerdas?

Prima intervino enseguida.

—Usted sabe que ningún hombre, salvo el sultán, puede entrar al harén.

—Lo sé —dijo Kou, sin molestarse—.

Por eso me quedaré esperando afuera.

Phineas no pudo evitar sonreír levemente al verlo tan comprometido.

—Entonces, nos vemos luego.

Ella entró junto a Prima y Nubia, mientras la gran puerta se cerraba detrás de ellas.

Cuando llegaron a los aposentos de la concubina, la puerta se abrió, Freya la esperaba sentada en un diván, impecablemente vestida con un caftán de seda color marfil, y bordados de oro.

—Bienvenida nuevamente, señorita Phineas —saludó Freya, observándola de arriba a abajo con su mirada evaluadora.

—Saludos concubina Freya.

—respondió Phineas, haciendo una reverencia —.

Gracias por volver a recibirme.

Los ojos de la concubina se posaron enseguida sobre Nubia, que avanzaba con elegancia al lado de Phineas.

Al ver al pequeño fénec, no pudo ocultar su sorpresa.

—¿Esa fénec…

no es la del sultán?

—preguntó, intentando sonar casual, aunque la curiosidad y el recelo se filtraban en su voz.

Phineas, consciente de la atención que Nubia acaparaba, acarició suavemente la cabeza de la criatura antes de responder: —El sultán me la entregó como compañera —dijo, evitando deliberadamente entrar en más detalles.

Optando por no mencionar la verdadera naturaleza de Nubia como fenhari, porque no sabía si eso era algo que debía compartirse abiertamente en el palacio.

La respuesta pareció suficiente, pero notó cómo Freya apretaba sutilmente el borde de su vestido entre los dedos, aunque en su rostro no se reflejaba ninguna emoción.

Era evidente que la noticia le había afectado, aunque la concubina se esforzaba por ocultarlo.

—Ya veo —dijo, con una sonrisa perfecta, como si la noticia no le afectara en lo más mínimo.

Respiró hondo, recomponiendo su postura —Bueno —añadió, retomando su tono cordial—.

En la clase de hoy, me gustaría aprender sobre la corte de Dorean.

Me sería de gran utilidad entender las dinámicas internas antes de la ceremonia.

Phineas asintió con amabilidad y se acomodó frente a ella, mientras Prima se situaba discretamente en un rincón de la habitación, y Nubia se acurrucaba a sus pies, como una silenciosa y leal guardiana.

—Con gusto —dijo Phineas, desplegando un pequeño pergamino que había traído preparado—.

Empecemos, entonces.

La corte de Dorean se divide en varias facciones internas.

Si bien en apariencia todos responden al Emperador, lo cierto es que hay familias nobles muy antiguas que han mantenido su influencia a través de generaciones.

Freya estiró la cabeza, prestando atención al pergamino.

—¿Cómo se organizan esas familias?

¿Tienen roles específicos dentro de la corte?

—Algunas sí —explicó Phineas—.

Por ejemplo, los Enoch Valentine, mi familia, están ligados históricamente a la administración militar y política.

Otras casas, como los Vandrell o los Kaelis, controlan sectores de la cultura, la educación y hasta la diplomacia.

Sacó un pequeño pergamino de notas que había preparado y lo extendió en la mesa baja entre ambas.

—Aquí he resumido los linajes principales y sus áreas de influencia.

De este modo, si entablas conversación con algún representante en Dorean, sabrás a qué intereses responden.

Freya no era estúpida; entendía que cualquier ventaja en una corte extranjera podía marcar la diferencia entre el éxito y el fracaso.

—Háblame de los Vandrell —pidió, señalando el pergamino—.

Mencionaste que controlan sectores de la cultura y la educación.

¿Qué tan profunda es su influencia?

—Los Vandrell no solo financian academias y templos —explicó—.

Tienen miembros estratégicamente ubicados en los círculos de sabios, consejeros, y hasta en los círculos religiosos.

Su influencia no siempre es visible, pero en asuntos de opinión pública, son prácticamente imparables.

Freya entrecerró los ojos, pensativa.

—¿Y su lealtad?

—Oscila —admitió Phineas—.

Oficialmente, juran lealtad al trono.

Pero la historia nos ha enseñado que donde soplan vientos más favorables, ellos tienden a virar.

—¿Y cómo son las interacciones?

—preguntó—.

¿Debo seguir alguna etiqueta específica al dirigirme a ellos?

—Sí —afirmó Phineas, esbozando una leve sonrisa al recordar las interminables clases de protocolo que había tenido que soportar en su infancia—.

En Dorean, el respeto se muestra inclinando ligeramente la cabeza al saludar a un miembro de la nobleza, y si se trata de alguien de la Casa Imperial, se espera una reverencia completa.

Sin embargo, tú serás una embajadora, enviada por un reino extranjero, así que tendrás cierta libertad…

aunque mostrar cortesía siempre será bien visto.

Phineas continuó: —Las conversaciones oficiales son formales.

Evita preguntas demasiado personales, y no demuestres excesiva familiaridad, especialmente con Caesar…

el nuevo Emperador.

Al pronunciar ese nombre, su voz tembló y su corazón se encogió.

El aire a su alrededor pareció hacerse más denso, y por un instante, Nubia, acurrucada a sus pies, levantó la cabeza con inquietud, captando la súbita tensión en su dueña.

Freya, que no era ajena a las emociones humanas, no dejó pasar el detalle.

—¿Está usted bien?

Phineas inspiró hondo, reuniendo valor.

Había guardado ese peso demasiado tiempo.

Tal vez, compartirlo —aunque fuera en parte— la aliviaría.

—Caesar…

—empezó, su voz se oía quebrada — no siempre fue así.

Cuando éramos niños, él era amable.

Firme, sí, pero justo.

Era el tipo de persona que defendía a los débiles, que protegía a quienes no podían protegerse.

Sus dedos, posados sobre el pergamino, temblaron levemente.

—Yo lo admiraba —confesó, bajando la mirada—.

Era mi ejemplo, mi refugio.

Pero algo…

cambió.

No sé cuándo, ni por qué.

De un día para otro, su mirada se volvió fría, su voz pesada de resentimiento.

Ya no reconocí al hermano que solía correr conmigo por los jardines.

En su lugar, vi…

un extraño.

Uno al que todos temen.

El silencio que siguió fue denso como el incienso que flotaba en la habitación.

Freya, lejos de burlarse o mostrar compasión vacía, no preguntó más.

No hacía falta.La herida era evidente.

Finalmente, Phineas alzó la vista, recomponiéndose —Así que…

ten cuidado —advirtió —.

No te fíes de las apariencias.

La concubina le sonrió.

—Una advertencia muy sensata.

Dirigió una breve mirada a su doncella, que aguardaba en silencio junto a una columna.

—Prepara el salón de té —ordenó con un gesto suave—.

Creo que ambas necesitamos un descanso.

La doncella hizo una reverencia rápida y se retiró.

Phineas, algo desconcertada, miró a la concubina —No puedes hablar de heridas sin un sorbo de consuelo, ¿no crees?

—dijo Freya Ambas sonrieron sin decir una palabra, entendiendo que tal vez no eran tan diferentes.

Pasados unos minutos, la doncella regresó e hizo una nueva reverencia.

—Todo está listo, mi señora.

Freya asintió e invitó a Phineas a seguirla.

Prima y Nubia caminaron en silencio a unos pasos detrás de ellas, fieles a su rol.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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