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La nieve que cae en el desierto - Capítulo 54

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  4. Capítulo 54 - 54 Capítulo 53 El jardín de cristal
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54: Capítulo 53: El jardín de cristal 54: Capítulo 53: El jardín de cristal El recorrido por los corredores interiores del harén condujo a Freya y Phineas hasta una puerta doble de madera trabajada con motivos florales.

Al abrirse, un espectáculo inesperado aguardaba del otro lado.

Phineas se detuvo un instante, sin poder ocultar su sorpresa.

El salón de té era un pequeño paraíso oculto: un invernadero de cristal donde la luz del sol caía como lluvia sobre un mar de flores multicolores, arbustos aromáticos y un césped tupido que cubría el suelo.

El techo, completamente de vidrio, permitía ver el cielo abierto y, pese al calor del exterior, en aquel recinto el clima era suave, casi primaveral.

Pequeñas fuentes de agua murmuraban entre los macizos de rosas, jazmines y menta.

Una delicada mesa de mármol blanco aguardaba en el centro, rodeada de cojines bordados y bandejas de plata cargadas de dulces y teteras humeantes.

—Es…

como un jardín secreto —se le escapó a Phineas, maravillada.

Freya sonrió, complacida con la reacción.

Ambas jóvenes se sentaron frente a frente en la mesa baja.

Freya, con un gesto de cortesía, indicó las bandejas de dulces.

—Sírvete lo que desees.

Phineas asintió, agradeciendo con una inclinación de cabeza.

Sus ojos recorrieron las opciones y eligió un pequeño dulce que no había visto antes: tenía finas capas de masa bañadas en miel y espolvoreadas con canela.

Al primer bocado, la dulzura crujiente se deshizo en su boca, equilibrada con el toque perfumado de la canela.

Mientras masticaba con placer, se atrevió a preguntar: —¿De dónde proviene usted, concubina Freya?

—inquirió con genuina curiosidad.

—Vengo de un pequeño reino al este de Azhara —dijo—.

Se llama Kila.

Es una tierra fértil, abrazada por dos ríos, donde el aire siempre huele a flores de azahar.

Phineas sonrió, encantada con la imagen.

—Debe ser hermoso.

—Lo es —admitió Freya, bajando la mirada brevemente—.

Pero también…

pequeño.

Demasiado pequeño.

Es por eso que necesitamos de la alianza con Ak’tenas.

Phineas captó la amargura en sus palabras, pero no la forzó a explicarse.

—¿Desde hace cuánto vive aquí?

—preguntó entonces.

—Dos años —respondió, acomodándose un mechón suelto de cabello detrás de la oreja—.

Llegué aquí cuando tenía veinte años.

Hubo un breve silencio, apenas interrumpido por el sonido de Nubia, que se acomodaba en los cojines junto a Phineas.

Freya, jugando distraídamente con el borde de su copa de té, la miró con una chispa de curiosidad en los ojos.

—¿Y tú?

—preguntó, fingiendo un tono casual—.

¿Cuántos años tienes, Phineas?

Phineas quedó un poco sorprendida por el cambio abrupto de tema, pero no encontró motivo para ocultarlo.

—Diecinueve.

Una diferencia de apenas dos años, pero a ojos de Phineas, la diferencia era notoria.

La concubina parecía más madura, elegante y astuta, muy distinta a ella que aún se percibía como una joven inmadura, débil y con fallas a la hora de tratar con las personas.

Freya tomó su taza de té y dio un primer sorbo, pero apenas el líquido rozó su garganta, comenzó a toser violentamente.

Phineas dejó caer su taza a medio beber y se incorporó, alarmada.

—¡¿Estás bien?!

—preguntó, acercándose de inmediato.

La concubina apretó una mano contra su pecho, su rostro ligeramente enrojecido.

—Mi…

mi garganta…

—balbuceó entre accesos de tos—.

Quema…

me quema…no puedo respirar.

El pánico se apoderó de Phineas.

La escena le era demasiado familiar, demasiado cercana.

Su memoria la transportó al recuerdo del banquete, viendo el rostro de su padre retorcido por el dolor, del veneno corriendo invisible bajo la piel…

—¡Prima, busca ayuda!

—ordenó con su voz quebrada por el miedo.

Nubia se puso alerta, sus grandes ojos amarillos se fijaron en Freya.

Phineas se arrodilló junto a la concubina, sosteniéndola por los hombros mientras el mundo a su alrededor se volvía más borroso ante el horror.

«Otra vez no», pensó, con el corazón agitado.

«No otra vez…» La desesperación subió como una marea hasta su garganta, ahogándola.

Todo en ella gritaba una única súplica: «Que no muera.

Que no muera.

Que no muera.» Y fue entonces cuando lo sintió.

Un calor inusual comenzó a concentrarse en sus palmas, una sensación que no pertenecía al miedo.

Alzó las manos instintivamente, y sus ojos se abrieron con asombro cuando se dio cuenta que estas emanaban un tenue brillo dorado, pulsando como un latido vivo.

Era como si algo dormido en su interior se hubiera despertado.

Una voz —suave, desconocida pero a la vez familiar — susurró en su mente.

«Puedes salvarla.

Usa tu poder.» Phineas, temblando y sin entender qué hacía ni cómo, apretó con fuerza los hombros de Freya.

El brillo dorado de sus manos se extendió como un velo cálido sobre el cuerpo de la concubina, envolviéndola.

Freya, que hasta hacía segundos no podía respirar, recuperó el aliento de golpe.

Su espalda se arqueó con un jadeo agudo, y el color azulado de su piel comenzó a desvanecerse lentamente, cediendo paso al tono natural de su rostro.

Sus labios dejaron de temblar.

Sus ojos, aún húmedos, volvieron a enfocarse.

Phineas soltó una exhalación entrecortada, el alivio tan profundo como el agotamiento que la inundó enseguida.

Su visión se volvió borrosa, y las fuerzas la abandonaron como arena escurriéndose entre los dedos.

El resplandor en sus manos se extinguió…

Y con él, su equilibrio.

El mundo osciló y cayó hacia un costado, sin poder sostenerse.

Pero no tocó el suelo.

Unos brazos la sujetaron con firmeza antes de que su cuerpo se desplomara.

Un perfume amaderado, cálido y envolvente, la rodeó.Y cuando alzó la mirada una última vez antes de que el agotamiento la venciera, vio a Nubia es su forma humanoide.

Cabello suelto, rojizo como el cielo al amanecer, piel bronceada y ojos que brillaban como piedras preciosas.Vestía una túnica corta, ligera como el viento, y su presencia irradiaba serenidad.

«Es hermosa.» Fue lo último que pensó antes de cerrar los ojos, rendida al agotamiento, mientras el sol seguía brillando alto en el invernadero.

Su poder recién despertaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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