La nieve que cae en el desierto - Capítulo 55
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55: Capítulo 54: Inquietud 55: Capítulo 54: Inquietud Desde el corredor exterior, Kou observaba en silencio el ir y venir agitado que se había apoderado del harén.
Un grupo de guardias femeninas había ingresado con rapidez, seguidas de curanderas del palacio cargando baúles con hierbas, frascos de aceite y paños húmedos.
La servidumbre corría en todas direcciones, sus rostros se veían tensos y sus voces apagadas.
Algo había ocurrido y lo que lo inquietaba —aunque no lo mostrara— era el simple hecho de que Phineas estaba allí dentro.
Kou se mantuvo erguido, de brazos cruzados, con la espalda apoyada contra una de las columnas del pasillo.
No era su estilo intervenir, ni dejarse arrastrar por conjeturas.
Pero cada minuto que pasaba sin información lo hacía sentir un poco más ansioso.
Cuando por fin las puertas del harén se abrieron, Kou descruzó los brazos y alzó la mirada.
Un pequeño grupo de guardias escoltaban a Phineas por el pasillo.
Ella caminaba con pasos vacilantes, su rostro estaba pálido, sus ojos perdidos en un punto indefinido.
Había algo en su aspecto —en su andar, en la forma en que sus hombros caían hacia adelante— que indicaba que no estaba bien.
Él dio un paso al frente, sin apuro y sin alzar la voz.
—¿Qué esta sucediendo?
—preguntó Una de las guardias, con cara severa, se volvió hacia él.
—La concubina Freya ha sufrido un posible episodio de envenenamiento.
Por su cercanía en el momento del incidente, la señorita Phineas será detenida de forma preventiva hasta que el sultán decida cómo proceder.
Kou las observó sin mover un músculo.
—¿Y quién firmó la orden?
—Cuando la vida de una concubina corre peligro, las normas del harén nos autorizan a actuar —respondió la mujer, sin vacilar—.
La orden vino de la propia concubina Freya.
Kou miró a la guardia un tanto molesto.
—Esa norma es útil para evitar represalias inmediatas —comentó—.
Pero no deja de ser una medida apresurada para esta situación, donde se ve claramente que a la supuesta culpable le cuesta mantenerse en pie.
Estaba por continuar —no por defender a Phineas, sino por exigir más transparencia— cuando la propia muchacha habló.
—Kou…
Él la miró.
Phineas parecía esforzarse por mantenerse en pie.
—Está bien…
—murmuró—.
Déjalas llevarme.
No tengo miedo, porque sé que soy inocente… Hakeem lo solucionará… Y entonces se desplomó.
Kou la sostuvo por reflejo, atrapándola con facilidad antes del impacto.
Su cuerpo era liviano y cálido, tal vez por la fiebre o el esfuerzo.
Él la observó por un segundo y algo dentro de él se activó, dejando de lado su actitud pasiva.
Se giró hacia las guardias, esta vez utilizando una voz firme.
—Tengo órdenes directa del sultán de protegerla, por eso la llevaré yo mismo al calabozo, y me quedaré allí hasta que el sultán resuelva la situación.
Las guardias se miraron entre sí.
Una pareció dudar, pero la otra asintió.
—Haz lo que debas.
Pero que no abandone su confinamiento sin autorización oficial.
Él asintió.
Acomodó mejor a Phineas en sus brazos y comenzó a caminar hacia el ala norte, donde se encontraban los calabozos destinados a “retenidos por precaución”.
Mientras avanzaba, pensó en toda la situación.
Una joven extranjera que fue acogida por el sultán en condiciones desconocidas, y ahora vinculada con un caso de envenenamiento en pleno corazón del harén.
Todo era extraño, pero no era la primera vez que se veía enredado en una historia similar.
Al llegar a la entrada del calabozo, dos guardias lo escoltaron en silencio.
Era una sala subterránea sencilla, sin barrotes de hierro ni grilletes, pero con las puertas reforzadas con cerraduras dobles.
Los calabozos del palacio no se construían para castigar… sino para contener.
Antes de ingresar, Kou habló sin alterarse.
—Traigan un cuenco con agua fría y paños.
Está acalorada y jadea.
Puede que tenga fiebre.
Uno de los guardias lo miró con una ceja alzada, como evaluando si eso era realmente necesario.
Pero la expresión de Kou —autoritaria— no dejó espacio para objeciones.
—Lo traeremos —respondió el guardia, asintiendo finalmente.
—Pero antes, entréganos tu espada —añadió el otro—.
No puede entrar con ella.
Kou desenfundó su arma en silencio y la entregó, después de todo, no tenía intención de usarla allí dentro.
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