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La nieve que cae en el desierto - Capítulo 56

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56: Capítulo 55: Empatía o…

¿Algo más?

56: Capítulo 55: Empatía o…

¿Algo más?

Al final Kou fue encerrado junto a Phineas en la celda, por un momento, solo quedó el murmullo lejano de los pasillos y la respiración entrecortada de la joven.

Con cuidado, la recostó sobre la cama de lino y paja en un rincón.

No era el sitio más digno, pero al menos estaba limpio y seco.

Como no había almohada, se sentó junto a ella y acomodó su pierna como apoyo para que su cabeza no tocara el suelo.

La muchacha murmuró algo entre sueños.

—Caesar… Kou posó la mano en su frente, y ella ardía.

El contacto lo sobresaltó, aunque no lo demostró.

No entendía qué había pasado en el harén, solo sabía que ella no había salido así del entrenamiento esa mañana.

Un tenue eco de culpa se instaló en su pecho.

¿La había exigido demasiado?

¿La había empujado más allá de sus límites sin darse cuenta?

Antes de que pudiera pensar más, uno de los guardias regresó, abrió una rendija en la puerta y le pasó un cuenco de cerámica con agua fría y dos paños doblados.

Kou lo tomó y lo colocó junto a él.

Empapó uno de los paños, lo escurrió con fuerza, y lo colocó con cuidado en la frente de Phineas.

Ella se sobresaltó levemente bajo el contacto y unos segundos después, entreabrió los ojos.

—¿Dónde estamos…?

—susurró con dificultad.

—En el calabozo —respondió Kou.

—¿Y por qué tú estás aquí…?

Si la sospechosa soy yo… —Por si no lo notaste —dijo él, empapando de nuevo el paño— estás con fiebre.

Y alguien tiene que cuidarte.

Phineas esbozó una sonrisa cansada.

—Gracias… Hizo una pausa y luego murmuró, con la voz tan débil que apenas podía oírse: —¿Hakeem vendrá pronto?

Kou dudó una fracción de segundo, pero decidió tranquilizarla.

—Sí.

No te preocupes.

Ahora… descansa.

Phineas volvió a cerrar los ojos, su expresión aflojándose apenas.

La fiebre seguía allí, pero su cuerpo se rindió al agotamiento.

Kou continuó humedeciendo el paño y refrescándole la frente en silencio.

No sabía qué pasaría después.

Solo sabía que, por ahora, la mantendría estable.

Más allá de su deber… y sin admitirlo, era lo que quería hacer.

Había algo en Phineas que lo empujaba a actuar así.

No era simpatía superficial ni un impulso protector.

Era más bien… empatía.

Un tipo de reconocimiento que nacía del hecho de que, como él, ella no pertenecía a Ak’tenas.

Ambos caminaban por pasillos que no eran su hogar.

Ambos cargaban con costumbres ajenas, gestos que aquí parecían fuera de lugar.

Quizá por eso lo intrigaba.

No como se intriga uno por alguien exótico, sino como quien mira un espejo deformado: no idéntico, pero lo bastante cercano como para despertar preguntas.

¿Por qué el sultán la había acogido con tanto esmero?

Y más aún… ¿por qué lo había elegido a él para vigilarla?

El recuerdo lo alcanzó sin aviso, emergiendo como una sombra clara desde el fondo de su mente.

Había sido en la oficina del sultán, un mes atrás.

La llamada había sido directa y repentina.

Kou cruzó el umbral del despacho privado, donde se encontró a Hakeem esperándolo de pie, junto a una mesa baja.

—Kou, me alegra que vinieras rápido —le dijo el sultán, sin rodeos—.

Hay una tarea que quiero asignarte.

Es importante.

—¿Qué tipo de tarea?

—Quiero que seas guardaespaldas de una princesa.

Kou no mostró sorpresa.

—¿Una nueva concubina?

—No —respondió Hakeem, negando con la cabeza—.

Su circunstancia aquí es…

especial, y por ahora no puedo darte muchos detalles.

Solo confío en que la protegerás.

Kou no hizo preguntas, pero sí se permitió una duda: —¿Por qué yo?

No pertenezco al ejército.

Hay soldados más disciplinados, más obedientes… Hakeem lo miró con una sonrisa en el borde de los labios, de esas que escondían algo más.

—Justamente por eso.

Porque no perteneces.

Y tal vez…

—hizo una pausa, como si probara el peso de sus palabras— tal vez tú y ella puedan entenderse.

Luego, como si con eso cerrara la conversación, agregó: —Y porque tu manejo de la espada y del sigilo supera el de muchos capitanes.

No lo niegues.

Kou solo asintió.

No necesitaba halagos.

Lo que necesitaba era entender…

y aun así, obedeció.

Ahora, en el silencio del calabozo, el recuerdo se desvanecía como humo.

«Entendernos» pensó, bajando la mirada hacia Phineas.

Estaba dormida, con el paño fresco en la frente y las manos recogidas como si aún se defendiera en sueños.

Quizá el sultán había visto algo antes que él.

Quizá no.

Pero, por ahora, Kou aceptaba la pregunta sin necesidad de una respuesta.

Por eso se quedó a su lado, sin moverse, mientras el calor del desierto se desvanecía detrás de los muros de piedra.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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