La nieve que cae en el desierto - Capítulo 58
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- Capítulo 58 - 58 Capítulo 57 Una Sensación fuerte incontrolable y desconocida
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58: Capítulo 57: Una Sensación fuerte, incontrolable y desconocida 58: Capítulo 57: Una Sensación fuerte, incontrolable y desconocida El silencio volvió a instalarse entre Phineas y Kou, pero ya no era uno incómodo.
Era más bien una pausa natural, como la que hacen dos personas que empiezan a reconocerse en el otro.
Pasó un rato antes de que ella volviera a hablar.
—Mi doncella, Prima, me dijo que tú vienes de Katsuhito.
Kou la miró de reojo, sin sorprenderse.
—¿Sí?
—Sí…
Por eso tengo curiosidad.
—Lo observó con cuidado—.
¿Por qué viniste a Ak’tenas?
Él desvió la mirada.
La pregunta era simple, pero su respuesta era todo menos eso.
Hakeem le había prohibido contar la verdad, después de todo, había muchas razones; entre ellas riesgos políticos, estabilidad diplomática, y sobre todo, seguridad personal.
Así que eligió contarle una verdad a medias.
—Digamos que… la situación por la que estoy aquí no es muy distinta a la tuya —respondió con voz baja—.
Tuve que abandonar mi hoga, no porque quisiera.
Phineas lo observó en silencio, y aunque él no ofreció detalles, no lo presionó.
En vez de seguir preguntando, se movió lentamente y comenzó a incorporarse usando las manos para levantarse del suelo.
Estiró los brazos por encima de la cabeza, luego giró los hombros y arqueó levemente la espalda.
—Muy bien —dijo de pronto, con un tono que sonaba más animado de lo esperado—.
Ya que por ahora seguimos encerrados aquí, podríamos aprovechar el tiempo.
Enséñame más movimientos, pero esta vez de defensa personal.
Quiero salir de este lugar siendo menos inútil que con una espada.
Kou se levantó con un solo movimiento fluido.
—Está bien, pero no fuerces demasiado tú cuerpo.
Recuerda que hasta ayer tenias fiebre.
Phineas asintió, plantando los pies en el suelo con decisión.
Kou se colocó frente a ella y comenzó a explicarle con calma.
—Si alguien intenta sujetarte por la muñeca… —dijo, y se acercó con cuidado, sin tocarla aún—.
Lo importante no es la fuerza.
Es el ángulo.
Le mostró cómo girar la muñeca hacia el punto débil del agarre imaginario, luego cómo girar la cadera para soltar la presión.
—Ahora, si alguien te empuja contra una pared… —continuó, guiándola con los gestos—.
Apoyas la pierna en diagonal y usas el impulso del cuerpo contrario.
No se trata de vencer.
Se trata de crear una salida.
Ella practicó cada movimiento con torpeza inicial, pero con atención absoluta.
Sus pies resbalaban en la piedra, sus manos buscaban el equilibrio, pero no se rendía.
—Otra vez —decía cada vez que fallaba—.
Muéstramelos otra vez.
Kou repitió los movimientos.
La corrigió con palabras breves, sin invadir su espacio más de lo necesario.
Y entre cada movimiento y cada intento, el aire se llenó de un tipo de concentración compartida.
Por primera vez desde que había llegado a Ak’tenas, él sintió que no estaba simplemente existiendo, sino conectando con alguien más.
Y fue justo entonces que Phineas, concentrada en replicar un giro de cadera para liberarse de un agarre, perdió el equilibrio.
El pie le resbaló sobre el suelo y cayó hacia adelante, sin tiempo para reaccionar.
Kou extendió los brazos por reflejo, pero no pudo evitar que su cuerpo chocara suavemente contra el suyo.
La cabeza de Phineas quedó apoyada sobre su pecho, su respiración cálida la podía sentir a través de la ropa.
Él se quedó inmóvil.
Su corazón empezó a latir con fuerza, no por el impacto ni por la sorpresa, era otra cosa… más profunda.
Algo que no sabía cómo nombrar.
El ritmo era tan fuerte que lo asustó.
Phineas no se apartó de inmediato.
Tampoco habló.
Ese instante suspendido, esa cercanía accidental, se rompió con la voz que llegó desde la entrada.
—Me apresuré a venir porque imaginé que estarian mal… pero creo que me equivoqué.
Ambos alzaron la mirada.
Hakeem estaba de pie en el umbral de la celda, acompañado de una guardia.
Su rostro era sereno, incluso sonriente, pero Kou reconoció al instante que no era una sonrisa de alivio.
Había algo más en su mirada.
No era recelo, pero tampoco era neutralidad.
Él lo miró a los ojos por un segundo, sin moverse, sin explicarse.
Porque en ese segundo, entendió que Hakeem había visto algo que tal vez no era.
El silencio que siguió fue breve, pero denso.
Y así, con una sola frase, el aire del calabozo dejó de ser privado.
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