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La nieve que cae en el desierto - Capítulo 59

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59: Capítulo 58: celos 59: Capítulo 58: celos El sol estaba en lo más alto cuando Hakeem y su comitiva cruzaron las puertas principales del palacio.

Sus ropas estaban cubiertas de polvo, el rostro curtido por el aire seco y los días de viaje.

Había pasado la última semana resolviendo un conflicto territorial en una aldea remota.

Un asunto menor, sin consecuencias graves para el reino, pero lo bastante delicado como para requerir su presencia.

Lo que no esperaba era que, al regresar, no lo recibiera un funcionario ni un consejer, sino una guardia del harén, con el rostro tenso y la mirada baja.

—¿Qué ocurrió?

—preguntó de inmediato, al notar su expresión.

La mujer se inclinó con respeto y respondió con voz clara: —Mi señor, la concubina Freya sufrió un incidente en la tarde de ayer.

Se sospecha de envenenamiento.

Por decisión de la concubina, la señorita Phineas fue puesta en reclusión preventiva hasta que se aclare lo sucedido.

Hakeem se quedó inmóvil.

La noticia no solo era inesperada; le resultaba absurda —¿Freya mandó arrestarla?

—repitió, como si necesitara oírlo dos veces.

—Sí, mi señor.

La misma concubina Freya lo ordenó.

Según los protocolos del harén, si la vida de una de ellas está en riesgo, puede tomarse la decisión… aunque no haya pruebas claras.

Hakeem apretó los puños.

No podía culpar a Freya por actuar con miedo, pero saber que Phineas podría estar sufriendo al revivir una experiencia similar a la que ya había atravesado, le dejaba un mal sabor de boca.

—¿Y Kou?

—En la celda, él mismo insistió en acompañarla y quedarse a su lado.

El silencio que siguió fue breve, pero cargado de tensión.

Hakeem no respondió, pero una chispa se encendió en su interior.

Conocía demasiado bien a Kou.

Si había decidido encerrarse con Phineas, no lo había hecho por mero impulso.

Sin decir palabra, entregó su capa a un sirviente y caminó con mucha urgencia hacia el ala norte del palacio, donde se encontraba el calabozo.

Al llegar, la guardia le abrió la puerta sin preguntas.

El interior era silencioso.

Phineas yacía medio recostada.

Su cabeza descansaba sobre el pecho de Kou, quien se mantenía inmóvil, sereno, con la mirada fija en el suelo.

Ambos se sobresaltaron al percibir la presencia del sultán.

Hakeem los observó sin hablar.

Y entonces, como si el silencio no fuera suficiente para tensar el aire, dijo: —Me apresuré a venir porque imaginé que estarian mal… pero creo que me equivoqué.

La sonrisa en su rostro era leve, pero sus ojos no reflejaban alivio.

Había algo más.

Se sintió extraño al ver esa escena.

Ambos estaban bien, a salvo, lejos del caos que había temido encontrar.

Y sin embargo, en lugar de tranquilidad, sintió molestia.

Algo en esa imagen —la forma en que Phineas descansaba sobre Kou— le provocó un sentimiento incómodo, como si hubiera llegado un segundo tarde a algo que ya estaba ocurriendo sin él.

Al verlo, Phineas se incorporó de inmediato, sobresaltada, y se apresuró a hablar.

—¡No es lo que parece!

—dijo con evidente nerviosismo, limpiándose el polvo de la ropa, como si quisiera borrar lo que Hakeem había visto.

El sultán no respondió, solo actuó por impulso.

La tomó del brazo con más fuerza de la necesaria y la arrastró consigo fuera de la celda, sin dar explicaciones ni mirar a Kou.

Cerró la puerta tras ellos con un seco golpe metálico y avanzó por el pasillo a paso rápido.

Fue entonces que Phineas dejó escapar un pequeño quejido de dolor.

Él se detuvo en seco.

Al escucharla tomó conciencia de la brusquedad de su trato hacia ella.

—¿Estás bien?

—preguntó, preocupado.

Ella asintió, aunque bajó la mirada mientras se llevaba la muñeca al pecho —Sí…

es solo que… Mis muñecas están un poco sensibles.

Estuve entrenando con la espada… y supongo que me excedí.

Él la miró sorprendido.

No se imaginaba a alguien como ella, de figura delicada y frágil, interesada en el manejo de armas.

—¿Por qué quieres aprender a usar la espada?

—preguntó, un tanto curioso.

Phineas levantó la mirada.

—Porque cuando emprenda mi viaje hacia Azhara… no quiero depender siempre de alguien para mi protección.

La respuesta lo dejó en silencio.

No era solo una frase —era una convicción nacida de la experiencia, de la fragilidad vivida.

Y él lo entendía.

Muy bien, de hecho.

—Ya veo… Esta vez, su tono y postura se suavizaron.

—Tenemos que hablar… en privado.

Phineas asintió, respirando con más calma.

Y juntos, en silencio, se dirigieron al despacho del sultán.

Una vez allí, Hakeem le señaló una de las sillas.

—Por favor, toma asiento —pidió amablemente.

Ella obedeció y, al inclinarse para sentarse, su estómago gruñó con fuerza.

Se quedó congelada por un instante y luego se cubrió la cara con ambas manos, enrojecida de la vergüenza.

—Lo siento… es que… no como desde ayer —dijo con voz baja, y su rostro apenas visible detrás de sus dedos.

Hakeem frunció el ceño.

No por el sonido, sino por lo que Phineas había dicho.

—¡¿Cómo que no has comido desde ayer?!

—preguntó, con una intensidad que heló el aire.

Estaba furioso.

Rápidamente fue hasta la puerta del despacho y llamó a un sirviente.

—¡Preparen el comedor de inmediato!

Quiero una comida completa y abundante.

Luego volvió a mirar a Phineas.

—Nuestra conversación tendrá que continuar en el comedor —anunció, sin dejar lugar a discusión.

—No hace falta, la comida puede esperar —dijo ella con una pequeña sonrisa, aún algo avergonzada—.

Prefiero que hablemos primero… Pero su estómago volvió a gruñir, esta vez más fuerte.

Phineas apretó los labios, derrotada, y soltó en voz baja: —Maldición… Hakeem no pudo evitarlo.

Se rió.

—Tu estómago parece tener otra opinión —dijo, relajando por fin la tensión en su rostro.

Ella lo miró con resignación y negó con la cabeza.

—Supongo que tú ganas.

—No —respondió él, mientras abría la puerta para dejarla pasar primero—.

El que gana aquí es tu estómago.

Ambos rieron mientras se dirigían al comedor.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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