La nieve que cae en el desierto - Capítulo 6
- Inicio
- Todas las novelas
- La nieve que cae en el desierto
- Capítulo 6 - 6 Capítulo 5 Llanto
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
6: Capítulo 5: Llanto 6: Capítulo 5: Llanto El aire en la habitación era pesado y silencioso.
Las cortinas, gruesas y oscuras, filtraban la luz del día hasta volverla tenue, casi irreal, como si el sol se negara a tocar aquel rincón del castillo.
Solo el crujir ocasional de la madera bajo la brisa rompía la quietud, un sonido frágil que contrastaba con el caos que ardía dentro de ella.
Phineas estaba sentada en el borde de la cama, inmóvil, con los dedos entrelazados sobre su regazo, fríos y temblorosos.
Su vestido, el mismo de la noche anterior, estaba arrugado, y el aroma a flores que solía envolverla se había desvanecido por el sudor y la angustia.
Su reflejo en el espejo era el de una extraña: ojos enrojecidos, labios partidos de tanto morderlos y una expresión vacía.
Su mente volvía una y otra vez al instante fatal.
La copa.
El brindis.
La mirada de su padre antes de caer.
El sonido de su cuerpo al golpear el suelo, más fuerte que cualquier grito.
Y después, las miradas.
Todas aquellas miradas cargadas de acusación.
“Yo no sabía… No… No puede ser…” se repetía, pero las palabras carecían de peso frente al veneno que había manchado sus manos.
No lo había puesto ella, pero había sido ella quien sirvió la copa.
Nadie escucharía otra cosa.
Un golpeteo suave en la puerta rompió su trance.
Su corazón se detuvo un instante.
Le costaba levantarse de la cama, pues su pérdida le pesaba en todo el cuerpo pero al final se acercó y abrió.
—Nora… —susurró con alivio.
Pero la sensación se esfumó en cuanto vio su rostro.
Sus ojos, habitualmente brillantes y cálidos, estaban apagados, oscurecidos por el cansancio y algo más profundo: dolor.
Y no venía solo.
Tras él, un grupo de guardias permanecía en formación, con la mano firme tras sus espaldas.
La garganta de Phineas se cerró, y un escalofrío recorrió su espalda.
—¿Qué sucede?
Nora bajó ligeramente la mirada, consciente de que no era fácil lo que tenía que decir.
—Perdón, princesa… —dijo con voz grave—, pero por protocolo debemos registrar su habitación.
La frase cayó como un golpe bajo.
Un fuego se abrió en su estómago, y de pronto, la rabia emergió.
Cruda e hiriente.
Alimentada por el dolor que le desgarraba el alma.
—¡Di las cosas como son!
—gritó, quebrándose—.
¡Vienen a revisar si hay evidencia porque piensan que yo fui quien envenenó a mi padre!
El dolor se convirtió en furia, y con lágrimas cegándole la vista, golpeó el pecho de Nora con ambas manos.
Una y otra vez.
—¿Cómo puedes…?
—Su voz se rompía entre sollozos—.
¡Tú sabes que jamás haría algo así!
Pero él no se movió.
No la detuvo.
Recibió cada golpe como si lo mereciera, como si doliera menos que desempeñar su deber como caballero.
Finalmente, tomó sus muñecas con suavidad.
Y ambos se miraron a los ojos, dándose cuenta que compartían el mismo pesar.
—Esto me duele más a mí que a usted, Alteza —dijo en un hilo de voz—.
Así que, por favor… no piense que hago esto porque quiero.
El dolor en su mirada la desarmó.
Era real.
Era profundo.
Y era insoportable.
El pecho de Phineas se estrechaba con cada sollozo.
Quiso gritar, quiso maldecir al mundo, al protocolo, al destino.
Pero en su lugar, un gemido quebrado escapó de sus labios.
Entonces, con la última pizca de dignidad que le quedaba, retrocedió, apartándose a un costado.
—Adelante… —dijo, con la voz rota—.
Hagan lo que tengan que hacer.
Y así, los guardias entraron.
Con frialdad.
Con indiferencia.
Revolviendo lo que quedaba de su mundo.
Mientras ella se quedaba allí, de pie, rota.
Unas manos cálidas se apoyaron suavemente en sus hombros.
Phineas sintió una presión ligera, pero reconfortante.
Giró apenas la cabeza y se encontró con Lars.
Su hermano estaba ahí, más firme que en otras ocasiones, pero en sus ojos se reflejaba el mismo dolor que ella llevaba dentro.
Él también había perdido a su padre.
—Vamos —dijo en voz baja—.
No tienes que quedarte aquí.
Phineas no respondió de inmediato.
Se limitó a observarlo, a notar las ojeras bajo sus ojos, la forma en que su mandíbula estaba tensa, conteniendo emociones que no podía permitirse mostrar.
—Marla te está esperando en mi habitación —continuó Lars—.
Te ha preparado un baño caliente y te dejó ropa limpia.
Un respiro escapó de sus labios.
No servía de nada resistirse.
No podía hacer nada más que esperar… y soportar.
Sin protestar, asintió.
Pero antes de marcharse, alzó la mirada hacia Nora.
Él seguía allí, firme, supervisando la pesquisa con la espalda recta, como si nada pudiera perturbarlo.
Pero Phineas lo conocía demasiado bien.
Sabía que eso no era cierto.
Sin decir una palabra, le dedicó una última mirada.
No había rencor en sus ojos, solo tristeza y entendimiento.
Luego, hizo un leve gesto con la cabeza, un mensaje silencioso: “Está bien”.
Nora sostuvo su mirada unos segundos, como si quisiera responderle algo.
Pero no lo hizo.
Solo inclinó la cabeza con respeto y volvió la vista hacia los guardias.
Lars apoyó una mano en su espalda, guiándola suavemente fuera de la habitación.
Phineas dejó que la llevara.
Ya no tenía fuerzas para nada más.
Al cruzar el umbral de los aposentos de su hermano, apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de ser envuelta en el cálido abrazo de Marla.
Sintió los brazos firmes de su niñera rodearla con la misma calidez de antaño.
—Mi niña… —susurró Marla, con la voz temblorosa por la emoción—.
No sabes lo preocupada que estaba por ti.
Phineas, sin poder contenerse más, rompió en llanto.
Sus dedos se aferraron a la tela del vestido de Marla como cuando era pequeña y despertaba en medio de una pesadilla.
La calidez de aquellos brazos fue el único lugar donde se permitió ser frágil.
—Lo siento… —logró decir entre sollozos—.
Ayer… solo quería estar sola.
Marla la estrechó aún más contra su pecho, acariciándole el cabello con la misma ternura con la que lo hacía cuando era una niña.
—No tienes que disculparte, mi niña —murmuró—.
Lo único que importa ahora es que estés bien.
Phineas asintió débilmente contra su hombro, su respiración aún entrecortada.
Marla se apartó solo lo suficiente para examinarla, notando la palidez de su piel y las sombras bajo sus ojos.
Con la calidez de siempre, le sostuvo el rostro entre las manos y le dedicó una sonrisa suave.
—Vamos, un baño caliente te hará sentir mejor.
Antes de que pudiera oponerse, Marla la guió hasta el baño, donde las doncellas ya tenían todo preparado.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com