La nieve que cae en el desierto - Capítulo 62
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62: Capítulo 61: Un tal Raze Darcy 62: Capítulo 61: Un tal Raze Darcy El aire en Prusia olía a madera quemada y basura.
A pesar de pertenecer aún al Imperio Doreano, esa ciudad apenas era una sombra de su gloria, olvidada entre los riscos del sudeste, allí donde la arena del desierto comenzaba a tragarse los caminos.
Nora caminaba sin levantar sospechas por las calles polvorientas del pueblo.
En el último mes, había aprendido a moverse como uno más.
Su porte altivo de caballero imperial se había curvado levemente, domesticado por los días bajo la nueva identidad que usaba.
Su cabello, antes tan oscuro como la medianoche, ahora brillaba con un tono platinado, casi blanco bajo el sol.
El cambio era obra de un tónico que le había hurtado a un alquimista, sin dudas cumplía su propósito.
Nadie buscaba a un hombre así.
Él Empujó la puerta de una vieja cabaña reforzada con hierro.
Unos cuantos mercenarios jugaban a las cartas o contaban monedas.
En el centro, un hombre robusto y calvo se alzó de su silla con una sonrisa torcida.
—Para ser un recién llegado, tienes más talento que muchos de estos vagos con años de experiencia —soltó el tipo, mientras observaba al prisionero que Nora traía a rastras.
Nora no respondió.
Soltó al hombre inconsciente junto al escritorio y extendió la mano con un gesto seco.
El robusto mercenario rió por lo bajo.
—Callado como siempre.
—Le arrojó una pequeña bolsa de cuero que tintineó con monedas.
Nora dio media vuelta sin despedirse.
Su mirada se detuvo un segundo frente al tablero de recompensas colgado en la pared.
Había decenas de rostros allí, pero su mano fue directamente al de siempre.
Lars Enoch Valentine.
Despegó el cartel, como había hecho en otras ocasiones.
—Siempre arrancas el mismo papel, pero nunca traes a esa presa —comentó el mercenario a su espalda, con media carcajada.
Él no respondió.
Salió de la cabaña en silencio.
Ya afuera, el sol golpeó su rostro y el cartel crujió entre sus dedos.
Sus ojos se clavaron en el retrato, y entonces un recuerdo desagradable regresó.
—Tienes que ir tú —le dijo Lars, con voz grave y apremiante.
Su mirada era la misma de siempre, pero había una dureza nueva en sus gestos—.
Azhara está lejos, y Phineas está sola.
Necesita a alguien de confianza para protegerla.
—¿Y tú piensas quedarte aquí?
¿En Dorean?
—replicó Nora, alzando la voz.
Estaban solos en un granero abandonado, el único lugar donde podían hablar sin oídos ajenos.
—Alguien tiene que hacerlo.
Alguien tiene que quedarse y armar una resistencia.
Caesar tiene ojos en todo el Imperio, pero no en los rincones olvidados.
Desde aquí, puedo empezar algo.
—Eso sería tu sentencia de muerte.
—No —respondió él—.
Aún no.
La recompensa por mí es estando vivo.
Caesar no quiere matarme… no todavía.
—Aún así, no deja de ser peligroso.
Y tú…
—Nora se acercó—.
¡Aún eres un niño!
De repente, Lars lo agarró por el cuello de la camisa con fuerza.
—¡Ya no soy un niño, Nora!
¡No tengo el lujo de serlo!
Ahora me corresponde salvar lo que queda del Imperio… y a mi hermana.
Y si solo vas a estar ahí parado, criticándome, sin ayudar… entonces vete.
Nora lo empujó con furia.
—Muy bien.
Me iré a buscar a la princesa.
Pero no por tus palabras… sino porque le hice una promesa como caballero, y pienso cumplirla.
No hubo más.
Se dio la vuelta y se marchó.
El papel en sus manos temblaba ligeramente.Con una mueca de disgusto, lo arrugó y lo arrojó al suelo.
El viento lo arrastró por la tierra seca, llevándose consigo la última expresión del rostro de Lars.
Pero Nora no podía perder tiempo en recuerdos, porque ahora, lo importante era reunir lo suficiente para cruzar el desierto.
Se dirigió hacia su refugio, una pequeña choza construida al borde del pueblo, donde las casas ya daban paso a la maleza seca y los arbustos raquíticos.
La madera crujía con cada brisa, y el techo de paja parecía estar a punto de colapsar, pero era suficiente para esconderse… y guardar lo que importaba.
Ya dentro, cerró la puerta con cuidado, se arrodilló en el suelo y levantó una tabla suelta del suelo de madera.
Debajo, oculto en un hueco cubierto por tela vieja, había un cofre de hierro pequeño y oxidado.
Lo abrió con manos firmes y dentro, unas cuantas bolsas de tela contenían monedas en distintas divisas: imperiales, del sur, e incluso de Azhara.
Contó con precisión cada una.
Tenía lo suficiente para comprar un dromedario resistente, dos galones de agua potable y raciones de comida seca para varias semanas.
Pero aún faltaba lo más importante, una brújula.
Cerró el cofre y lo devolvió a su escondite.
Se puso la capa, ocultó bien su rostro bajo la capucha y regresó por el mismo camino de tierra endurecida hasta la cueva de los mercenarios, donde las recompensas eran altares y la sangre, moneda común.
El lugar olía a sudor y vino barato.
La misma risa del tipo robusto de antes lo recibió.
—Mira quién volvió.
¿Ya te aburriste de estar callado?
Nora no respondió.
Solo se acercó al tablero de misiones, esta vez sin arrancar nada.
Sus ojos se movieron rápido, leyendo y evaluando su próxima misión.
La mayoría de los carteles eran repetidos: ladrones de caminos, desertores, contrabandistas.
Caras endurecidas por la violencia y ojos vacíos de humanidad.
Pero uno… uno llamó su atención.
No solo por la recompensa, más alta que el promedio, sino por el rostro.
A diferencia de los demás, aquel rostro parecía sacado de una pintura de la corte.
Delicado, refinado, de facciones tan suaves que bien podría confundirse con el de una dama.
Tenía una expresión calmada y serena.
El nombre con el que se lo buscaba era: Raze Darcy.
Delito: sospecha de espionaje.
Zonas posibles de ubicación: región sur de Prusia, último paradero conocido antes de dirigirse —presuntamente— hacia Ankarà.
Nora frunció el ceño.
No conocía ese nombre, pero algo en él lo llamaba.
Fue entonces que sin pensarlo más, arrancó el cartel.
—Esta será mi nueva misión —declaró con una voz fingida, grave y rasposa.
Su tono no tenía nada que ver con la voz con la que solía hablar… pero ya no era ese caballero noble.
El dueño del lugar, el tipo robusto de siempre, lo observó desde su silla mientras se limpiaba los dedos con un trapo sucio.
—No hace falta desearte suerte —rió, dejando escapar un trago de vino agrio—.
Siempre vuelves con las manos llenas.
Nora enrolló el cartel, lo guardó en su abrigo, y sin decir una palabra más, abandonó la cueva decidido.
Sus botas levantaban polvo mientras se abría paso entre las callejuelas resecas del pueblo.
El sol ya comenzaba a ocultarse.
Su destino era Beans, una posada de aspecto modesto pero con fama que cruzaba las fronteras del reino.
No por su comida, ni por sus camas.
Sino por algo más valioso: información.
El lugar estaba lleno de viajeros, contrabandistas, y desertores bien disfrazados.
Gente que hablaba poco, y que por el precio adecuado… sabía mucho.
Nora empujó la puerta con fuerza.
El murmullo del interior no se detuvo al verlo entrar, pero algunas miradas sí se desviaron hacia él, pero él las ignoró.
Caminó directo hacia la barra, donde una joven pelirroja, de mirada astuta y labios rojos como sangre, secaba unos vasos despreocupada.
Al verlo, una sonrisa ladeada curvó su rostro.
—Mira quién volvió —dijo, apoyando los codos sobre la barra—.
¿Vienes a prescindir de mis servicios?
Su tono era dulce, pero sus ojos brillaban con doble intención mientras acariciaba el rostro de Nora con suavidad.
Él le quitó la mano con frialdad.
—Sí —respondió con voz seca.
La sonrisa de la joven, Carrot, no se desdibujó.
Al contrario, pareció divertirse más.
Tomó a Nora de la muñeca con gesto juguetón y lo guió por las escaleras, sin decir una palabra.
Subieron al segundo piso, donde la luz era más tenue y las puertas estaban cerradas con más frecuencia que abiertas.
Una vez dentro de la habitación —humilde, pero insonorizada—, Carrot se giró, apoyándose en la puerta.
—Ahora sí, seamos claros, cariño —dijo con una ceja levantada—.
¿Qué es lo que quieres ahora?
Nora clavó su mirada en la de ella.
Directo.
Frío.
—Necesito información.
Carrot ladeó la cabeza, divertida.
—¿Qué tipo de información?
Tú sabes que mi memoria necesita… dirección.
Nora deslizó la mano dentro de su abrigo y sacó el cartel arrugado.
Lo alisó sobre la mesita y giró el papel hacia ella.
Raze Darcy.
—Quiero saber qué sabes sobre este sujeto.
Carrot bajó la vista y apenas le bastó una ojeada para soltar una risa seca.
—Ah, sí.
El de rostro bonito.
Difícil de olvidar.
—¿Lo has visto?
—preguntó Nora, sin perder tiempo.
—Estuvo aquí hace dos días —dijo mientras se dejaba caer en una silla—.
Vino con un sujeto extraño, alto, de cabello oscuro y ojos rasgados.
Parecía su sombra, o su guardaespaldas… o algo más raro.
Pero el tal Raze… era agradable.
Educado.
Hasta me pagó extra por el vino —¿A dónde fueron?
—Partieron esta mañana temprano.
Dijeron que iban hacia el pueblo de Dhal, el último paso antes de entrar en Ankarà.
Si no perdieron el ritmo, ya deben estar a mitad de camino.
Nora asintió.
Sacó una moneda de plata y la arrojó sobre la mesa.
Carrot la atrapó al vuelo.
—Voy a necesitar un caballo.
Uno que aguante el ritmo.
Ella se echó a reír.
—Puedes agarrar uno del establo… pero más te vale devolverlo vivo y entero, o vas a tener que darme uno nuevo.
—Entendido —dijo él, ya dándose vuelta.
Bajó las escaleras, cruzó el salón sin mirar a nadie y salió directo hacia los establos.
El sol se deslizaba hacia el horizonte, pero Nora no podía esperar.
Apretó la silla sobre el lomo de un alazán fuerte y joven, montó sin titubeos, y en cuestión de segundos, galopaba a toda velocidad por los caminos de tierra.
Necesitaba alcanzarlo, y sobre todo, cobrar la recompensa.
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