La nieve que cae en el desierto - Capítulo 63
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63: Capítulo 62: Nueva identidad 63: Capítulo 62: Nueva identidad El cielo comenzó a oscurecer mientras Nora dejaba atrás las últimas colinas de Prusia.
La noche cayó sin anuncio, pero él no detuvo su marcha.
Encendió una pequeña linterna de aceite y se guió por el largo camino, confiando en su instinto.
El viento del desierto comenzaba a anunciarse en las ráfagas nocturnas.
Pero no aminoró el paso.
Para cuando el sol asomó en el horizonte, teñido de tonos rojos y dorados, ya había llegado a Dhal.
Una aldea de paso, polvorienta, con calles estrechas y muros gastados por la arena.
Un lugar suficientemente anónimo para perderse… o esconderse.
Lo primero que hizo fue seguir su intuición de rastreador.
No iría a la mejor posada ni a la más cómoda.
Si Raze Darcy sabía que lo buscaban, se alojaría en el lugar más insignificante y menos llamativo del pueblo.
Nora lo sabía porque él mismo habría hecho lo mismo.
Tras recorrer un par de callejones, encontró una posada pequeña y mal cuidada, con la pintura descascarada, las ventanas rotas y un letrero torcido que apenas se sostenía en la entrada.
Era el sitio perfecto.
Ató al caballo junto a un poste con sombra, acarició brevemente su lomo y luego entró sin pedir permiso.
El interior era oscuro y olía a humedad y madera vieja.
El posadero, un hombre de rostro largo y barba despareja, lo observó desde detrás del mostrador con el mismo cansancio de quien ya ha vivido demasiado.
Nora desenrolló el cartel.
—¿Has visto a este sujeto?
El hombre lo miró, luego al papel, y negó con la cabeza.
—No.
Nora alzó la vista, clavando los ojos en los suyos.
—¿Estás seguro?
—Sí.
Nunca lo vi —repitió con convicción.
No notó ni un temblor, ni una duda.
Enrolló el cartel sin decir palabra, se dio media vuelta y salió.
Cambió de estrategia.
Montó de nuevo al caballo y, esta vez, decidió no perder más tiempo yendo de posada en posada.
Si Raze estaba allí, tarde o temprano aparecería.
Y él sabría reconocerlo Empezó a recorrer las calles de Dhal, una a una, despacio, observando cada rostro, cada gesto, cada figura que salía de las esquinas.
Dejó que el ritmo del pueblo lo guiara, agudizando los sentidos.
Las sombras se acortaban con el paso de las horas.
El sol fue trepando hasta alcanzar su punto más alto, y aún no había señales del fugitivo.
Pero Nora no se impacientaba, él tenía paciencia.
Fue entonces que lo vio.
Caminaba entre la gente con la tranquilidad de quien no teme ser visto.
Vestía con ropas típicas de Azhara: telas ligeras y envolventes, de colores neutros y bordes dorados.
Estaba completamente cubierto, de la cabeza a los pies, pero lo que lo delataba no era su ropa, sino su mirada.
Exactamente igual a la del retrato.
Sin dudas era Raze Darcy.
Estaba solo, y eso le llamó la atención.
Recordaba bien lo que Carrot le había dicho, que ese había partido acompañado de un sujeto extraño.
«Tal vez se equivocó», pensó.
O tal vez, Raze lo había dejado atrás.
Nora bajó la cabeza levemente, envolviendo su rostro con la capucha de la capa, y comenzó a seguirlo a distancia, fundiéndose con el movimiento del mercado, los burros que cargaban telas, los vendedores que gritaban precios.
Raze caminaba como si no tuviera destino, pero Nora sabía leer un lenguaje más profundo en sus pasos: iba a algún lugar.
Tal vez a una salida, tal vez a un contacto.
Él solo necesitaba el momento justo para interceptarlo.
Entonces, el fugitivo se desvió con naturalidad hacia un callejón estrecho y desierto.
«Es mi oportunidad», pensó.
Esperó unos segundos, luego giró y se adentró en el callejón… Pero no llegó a dar ni tres pasos.
Una presión fría le tocó el cuello.
Era una navaja.
Su cuerpo se tensó al instante.
No giró del todo, pero miró de reojo al atacante.
Era una figura delgada, cubierta también con ropas de viaje, pero sus ojos eran afilados y oscuros como tinta.
Su cabello era negro, recogido hacia atrás, y su piel tenía un tono dorado apenas bronceado por el sol.
Ojos rasgados.
Y ese rostro… Delicado.
Triangular.
Hermoso.
Demasiado hermoso para un rostro masculino, pero también demasiado fuerte para ser confundido fácilmente con una mujer.
Nora no supo si se trataba de un hombre o una mujer.
Pero sí supo una cosa al instante: No era un acompañante cualquiera.
Era un guardaespaldas.
Y había sido él, y no Raze, quien lo había estado observando todo este tiempo.
—¿Qué tenemos aquí?
—dijo una voz suave, con un dejo de diversión.
Raze apareció al fondo del callejón, las telas de su ropa ondeando suavemente con la brisa.
Sus ojos brillaban de inteligencia mientras observaba la escena con curiosidad.
—¿Quién eres?
—preguntó.
Nora no respondió.
No necesitaba responder.
En un movimiento rápido y seco, giró su torso y, con una maniobra perfectamente medida, se zafó del agarre del guardaespaldas, tirándolo hacia adelante con el peso de su propio cuerpo.
Aprovechó el desequilibrio y, en un parpadeo, desenfundó su espada.
El metal reflejó el sol del mediodía con un destello afilado.
—Soy el que cobrará la recompensa que hay sobre tu cabeza, Raze Darcy.
Raze, lejos de mostrar temor, rió con ligereza.
—No eres el primero en decirme eso —respondió—.
Y sin embargo, aquí estoy.
Libre.
—Siempre hay una primera vez —replicó Nora con frialdad.
Dio un paso hacia él.
Pero el guardaespaldas reaccionó con una velocidad felina, interponiéndose entre ambos.
Su cuchilla interceptó el primer ataque de Nora con un golpe seco de acero contra acero.
La lucha había comenzado.
Nora pensó que sería una pelea rápida.
Se equivocó.
El contrincante era veloz, preciso, y sabía leer cada uno de sus movimientos.
Era ágil como un asesino, pero sólido como un espadachín entrenado.
Cada golpe se encontraba con un bloqueo justo, y cada intento de abrir una brecha se encontraba con una contraataque bien medido.
Estaban igualados.
Raze los observaba desde unos pasos atrás, apoyado en la pared como si contemplara un espectáculo en la plaza de un reino lejano.
—Tu estilo… —comentó de pronto, con una sonrisa casi amable—.
No es típico de los mercenarios.
Nora no respondió, centrado en la lucha, pero un leve cambio en su postura lo delató.
Raze entrecerró los ojos, captando la señal.
—Es muy limpio.
Demasiado limpio.
Casi diría que se parece… al de un caballero.
Nora flaqueó medio segundo.
Fue suficiente.
—Entonces es eso —dijo Raze, encantado—.
Eres un caballero.
Nora apenas tuvo tiempo de recuperar la guardia.
El momento de distracción fue suficiente.
Un giro ágil, una patada al antebrazo y el filo de su oponente desvió su espada, que cayó al suelo con un golpe seco.
Antes de que pudiera moverse, ya tenía una hoja apuntando a la garganta.
El guardaespaldas no respiraba con agitación.
Ni una gota de sudor cayendo por su rostro.
Raze se acercó un poco más.
—No hay necesidad de seguir con la violencia —dijo con tono sereno—.
Estoy seguro de que, siendo tú un caballero, podemos hablar de forma civilizada.
Le lanzó una mirada leve a su guardaespaldas.
—Fāng.
Baja la espada.
El otro no dijo nada.
Obedeció en silencio, retirando la hoja con un gesto disciplinado.
Dio un paso atrás, pero sin perder de vista a Nora.
Este se mantuvo inmóvil unos segundos.
Podía lanzarse por su espada… pero no valía la pena.
No en ese momento.
No si podía ganar más con una tregua momentánea.
—Está bien —dijo finalmente, recomponiéndose y levantando la vista hacia Raze—.
Escucharé lo que tengas que decir.
El hombre sonrió con cortesía.
—Me alegra escuchar eso.
Pero antes, si no es molestia… —hizo un gesto elegante con la mano—.
Tu nombre.
Nora dudó medio segundo, no podía permitirse revelar su identidad.
No cuando su cabeza tenía precio.
—Aron Farrell —respondió, falsamente.
—Un gusto, Aron —dijo, con una sonrisa—.
Estoy seguro de que esta conversación será… interesante.
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