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La nieve que cae en el desierto - Capítulo 65

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65: capítulo 64: ¿A que estas jugando?

65: capítulo 64: ¿A que estas jugando?

Raze, con una sonrisa discreta de victoria, se agachó para abrir su mochila de viaje.

Sacó un cilindro de cuero, y de su interior extrajo un mapa enrollado, amarillento por los bordes, con marcas hechas a mano.

Lo extendió con cuidado sobre la mesa, aplanándolo con la palma.

—Mire con atención —dijo, señalando un punto con el dedo—.

Nos encontramos aquí, en Dhal, pueblo fronterizo con Ankarà.

El dedo se movió hacia el norte, siguiendo una línea trazada con tinta roja.

—Nuestro primer objetivo sería llegar a Khurshid, una región montañosa al norte del desierto.

Hace poco recibí información de que hay unas ruinas escondidas entre sus riscos.

Imposibles de acceder… según dicen.

Le lanzó una mirada cargada de autoconfianza.

—Pero para mí, nada es imposible.

Fāng lo miró de reojo, sin cambiar la expresión.

El gesto fue mínimo, casi imperceptible, pero Raze lo captó.

Se aclaró la garganta y continuó, como si no hubiera presumido hace dos segundos.

—Una vez hechas mis investigaciones allí, descenderíamos hacia el sur —su dedo siguió la línea—, hasta aquí: Ak’tenas.

Aron entrecerró los ojos.

—Es la primera vez que escucho hablar de ese lugar.

—Es comprensible —respondió Raze—.

Es un reino nuevo, fundado hace apenas siete años.

Aún no figura en muchos mapas oficiales.

Pero le aseguro que está empezando a hacer ruido en las tierras del este.

Notó que Aron seguía en silencio, evaluando algo en su mente.

Sus ojos recorrían la ruta marcada, como si midieran riesgos, distancias y costos.

Él lo percibió de inmediato y decidió jugar su última carta.

—Sé que lo está considerando —dijo, apoyando suavemente dos dedos sobre el mapa— y quiero que sepa esto: Azhara no está lejos de Ak’tenas.

Si nos acompaña, estará a un paso de su destino.

Además… no tendrá que preocuparse por agua, comida o refugio.

Tengo todo preparado.

—Está bien, acepto —dijo finalmente—.

Pero antes debo volver a Prusia.

Tengo que recoger mis cosas.

Raze sonrió con evidente satisfacción.

—Perfecto.

No hay problema, lo esperaremos.

—¿Se quedarán aquí en Dhal?

—preguntó Aron.

—Por ahora, sí.

Hay algo que debo investigar antes de cruzar.

—Lo suponía —murmuró Fāng.

Raze recogió el mapa con cuidado, lo volvió a enrollar y, antes de guardarlo, extendió la mano hacia Aron con una expresión más formal que antes.

—Ya que seremos compañeros de viaje, es justo que nos presentemos como corresponde.

Raze Darcy, arqueólogo y aventurero.

Y la criatura de pocas palabras a mi lado es mi compañero y guardaespaldas, Fāng.

Fāng asintió con un gesto suave, sin emitir palabra.

Aron le estrechó la mano con firmeza.

—Aron Farrell.

Un placer.

—El placer es mío —dijo Raze con una sonrisa más suave.

En sus ojos brillaba la chispa de quien siente que las piezas del tablero empiezan a moverse a su favor.

Lo observó alejarse por las calles de Dhal, su figura desapareciendo a la distancia.

Fāng, aún sentado, seguía con la taza de chai entre las manos.

No lo miraba a Raze directamente, pero cuando Aron desapareció de vista, su voz rompió el silencio.

—¿A qué estás jugando?

¿Acaso no recuerdas lo que pasó con la última persona que dejamos unirse a nosotros?

Raze no respondió de inmediato.

Se cruzó de brazos, mirando aún en la dirección en que había partido Aron.

—Lo recuerdo muy bien —respondió con tono bajo—.

Pero esta vez… Siento que será diferente.

Fāng soltó una risa sarcástica, breve y seca.

Una risa sin alegría.

—Tienes un pésimo ojo para leer a las personas —dijo—.

Y si quieres saberlo, desde el primer momento, sé que nos estaba mintiendo.

Raze ladeó la cabeza lentamente.

—Lo sé —admitió sin rodeos—.

Desde la forma en que dudó antes de decir su nombre, hasta cómo evitó detalles sobre su pasado.

Hizo una pausa.

—Pero a pesar de eso… no sentí ni rastro de malicia o sed de sangre, tampoco la intención de traicionar.

Y eso… eso fue lo que más me llamó la atención.

Fāng alzó una ceja.

Dejó la taza sobre la mesa con cuidado, se inclinó apenas hacia Raze y dijo con voz serena: —No puedes fiarte de eso.

Mírame a mí.

Yo también escondo mi sed de sangre, y lo hago tan bien que ni siquiera tú sabes hasta dónde llega.

Raze se acercó unos pasos.

No con miedo, sino con confianza y cariño, sentimientos que solía reservar solo para Fāng.

—Eso es distinto —dijo suavemente—.

Tú eres un caso especial.

Se lo dijo sin ironía.

Como si, de algún modo, eso bastara para explicarlo todo.

Fāng bajó la mirada un segundo, ruborizado, y no respondió.

Raze colocó una mano en su hombro de manera gentil.

—Es hora de irnos.

Se enderezó, tomó su mochila y al pasar junto al mozo dejó caer una moneda de oro sobre la bandeja.

—Quédate con el cambio —dijo, con una sonrisa fugaz.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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