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La nieve que cae en el desierto - Capítulo 66

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  4. Capítulo 66 - 66 Capítulo 65 Subasta
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66: Capítulo 65: Subasta 66: Capítulo 65: Subasta Raze y Fāng salieron de la taberna y recorrieron el pueblo en silencio, cruzando entre los puestos que empezaban a cerrar y los techos que brillaban bajo el sol del atardecer.

La temperatura había bajado apenas, pero el calor del desierto se seguía filtrando entre los muros.

Tras unos minutos, giraron por un callejón estrecho y sin salida, donde apenas cabían dos personas codo a codo.

Al fondo, semioculta entre cajas viejas y un biombo roto, había una escalera de piedra que descendía hacia lo profundo.

Raze bajó primero, y Fāng lo siguió, sin decir palabra.

Frente a ellos, una puerta de hierro con inscripciones gastadas se alzaba incrustada en la roca.

No tenía manija, ni cerradura visible.

Raze levantó la mano y dio tres golpes secos.

El eco se apagó rápido, como si el pasaje estuviera forrado en tela.

Unos segundos después, una voz ronca y masculina se oyó al otro lado: —Tengo forma pero no alma, tengo figura pero no mente.

Puedo romperse sin sangrar.

¿Qué soy?

Raze sonrió apenas.

—Una estatua.

Hubo silencio al principio, pero luego, se oyó un clic metálico.

La puerta se abrió hacia adentro.

Raze miró a Fāng de reojo, con una ceja alzada.

—Después de ti.

Ambos cruzaron el umbral, envueltos por la oscuridad.

El pasillo que los recibió estaba cubierto de piedra pulida y silenciosa.

Una luz tenue emergía de lámparas incrustadas en las paredes, como si cada una hubiera sido colocada para guiar a los visitantes hasta su destino.

A medida que avanzaban, la iluminación se intensificaba, y justo antes de llegar a lo que parecía una puerta más ancha, Raze se detuvo obligando a Fāng a frenar con él.

—Un momento.

Abrió su mochila y sacó dos máscaras de cerámica decoradas con motivos estrafalarios: una con plumas pintadas en azul y dorado, la otra con formas dentadas y ojos alargados.

—A partir de ahora, tenemos que usar esto —le dijo a Fāng.

Sin cuestionarlo, Fāng se colocó la máscara.

Raze hizo lo mismo, asegurándose que calzara bien sobre su rostro.

Entonces avanzaron el último tramo del pasillo.

Lo que les esperaba al final era una sala circular de techo alto, como un anfiteatro pequeño, iluminado desde lo alto por un sistema de cristales que reflejaban una tenue luz verdosa.

Las gradas rodeaban una plataforma central vacía.

Apenas ingresaron, un individuo enmascarado y vestido con túnicas negras se les acercó.

—Sean bienvenidos —dijo, con voz distorsionada por la máscara—.

Síganme, por favor.

Los condujo sin decir más hasta un par de asientos vacíos en una de las gradas superiores.

Antes de marcharse, el anfitrión les entregó una paleta de madera negra con el número 22 pintado en blanco.

Raze la tomó sin decir palabra, observando con calma el recinto.

A su alrededor, había más figuras encapuchadas, todos con máscaras distintas: aves, bestias, rostros deformes, símbolos abstractos.

Ninguno hablaba.

Solo se escuchaban susurros y el crujir de las gradas al sentarse.

Fāng lo miró de reojo.

—¿Dónde estamos?

Raze inclinó apenas la cabeza, sin apartar la vista del centro del salón.

—En una subasta.

Escúchame bien, pase lo que pase —añadió en voz baja—, mantén la calma y no hagas ninguna tontería.

Este lugar… está muy bien protegido.

Fāng no respondió.

Solo apretó los dedos sobre sus rodillas, con tanta fuerza que los nudillos palidecieron.

Fue entonces que el escenario central se iluminó intensamente, dejando al resto del anfiteatro en penumbra.

Una voz grave, proyectada por algún tipo de amplificador, resonó por la sala: —Damos por iniciada la subasta.

Sean bienvenidos.

Uno a uno comenzaron a desfilar por la plataforma, artefactos, reliquias mágicas milenarias, escritos antiguos, joyas y objetos de arte.

Algunos lucían valiosos y otros parecían simples, pero no se podía negar que desataban pujas silenciosas y feroces.

Raze los observaba todos con ojo crítico, pero ninguno era lo que buscaba.

La voz del anfitrión cambió de tono, alzándose con teatralidad: —Y ahora presentamos una de las grandes rarezas de la noche… Subió al escenario una figura pequeña.

Iba encadenado de pies y manos.

Tenía el cabello oscuro, ojos pequeños y rasgados.

Su piel era demasiado pálida para su edad.

—Un niño —continuó la voz—.

De la casi extinta raza Shunsu.

Un espécimen raro.

Obediente.

Fuerte.

Callado y entrenado.

¿Quién da más?

Raze sintió cómo el ambiente se tensaba a su lado.

Giró rápidamente la cabeza, y lo vio, Fāng estaba completamente rígido.

De su puño cerrado comenzaba a fluir sangre.

Sus uñas estaban clavadas en su propia palma.

La máscara no podía ocultar el temblor que se filtraba por sus hombros.

Él extendió la mano y lo tomó por la muñeca.

—Fāng —dijo, mirándolo directamente a los ojos a través de la máscara—.

Por favor.

Ahora no.

Fāng tembló.

Durante unos segundos, el odio en su aura era palpable, pero al contacto con la voz de Raze… su puño comenzó a relajarse.

Los músculos dejaron de tensarse.

El temblor retrocedió.

—Gracias —susurró Raze por lo bajo.

El niño fue vendido y la subasta prosiguió.

Objetos menores como armas, piedras preciosas, medicinas.

Nada relevante.

Raze ya comenzaba a preguntarse si la información que le habían vendido era falsa.

Sus dedos tamborileaban la paleta con el número 22.

Estaba a punto de rendirse.

Entonces, la voz del anfitrión volvió a alzarse.

—Y ahora… la estrella de la noche.

Dos figuras envueltas en túnicas negras subieron al escenario, sosteniendo una caja alargada de madera negra con inscripciones talladas.

—Una daga de obsidiana.

Traída directamente desde los cofres sellados del Reino de Guiying.

Una reliquia enterrada durante décadas.

Los ojos de Raze se iluminaron.

Ahí estaba.

Eso era lo que había venido a buscar.

La puja se volvió rápida y tensa.

Silenciosa en sonido, feroz en intención.

Las paletas subían con ritmo.

Cuarenta… cuarenta y ocho… Veintitrés… treinta… treinta y cinco… Raze esperó hasta el momento en que supo que nadie más podría superarlo.

—Ciento cuarenta y dos monedas de oro.

Número veintidós.

Adjudicado.

El anfitrión agradeció la participación y dio por finalizada la subasta.

Un asistente enmascarado se acercó a Raze con un gesto cortés.

—Señor, por favor, acompáñeme para retirar su artículo.

Raze negó con la cabeza.

—No iré yo.

Irá mi acompañante.

Giró el rostro hacia Fāng.

Y con un movimiento casi imperceptible, se inclinó junto a su oído y le susurró: —No te contengas.

Haz lo que tengas que hacer.

Sabía lo que eso significaba.

Sabía exactamente lo que Fāng era capaz de hacer cuando le daban rienda suelta.

Y, de algún modo, lo aprobaba.

Observó cómo desaparecía junto al asistente.

Luego, sin mirar atrás, abandonó el anfiteatro subterráneo.

El aire nocturno lo recibió con una calma tibia.

Regresó a la posada, pidió un baño caliente, y dejó que el vapor le aliviara los pensamientos.

Después, vestido con una bata de lino oscura, se sentó en la penumbra, a la luz de una vela, y comenzó a escribir en su diario.

Pasaron casi dos horas, hasta que la puerta se abrió con un chirrido suave.

Fāng entró.

Su túnica estaba manchada de sangre, y sus botas dejaban huellas en el piso.

En su mano derecha llevaba la daga de obsidiana, envuelta en tela.

A su lado, un niño caminaba en silencio, era el que habían subastado.

Raze alzó la vista.

Cerró el diario con suavidad, dejó la pluma a un lado y dibujó una sonrisa forzada.

—¿Por qué el niño está contigo?

Fāng lo miró, con su rostro parcialmente cubierto de sombra.

—Porque me dijiste que hiciera lo que tuviese que hacer.

Dejó con cuidado la daga sobre la mesa frente a él.

—No solo recuperé la reliquia.

Me encargué de los esclavistas.

De los compradores.

Y liberé al resto.

—¿Y el niño?

Fāng bajó un poco la mirada hacia él.

—Mira dentro de su boca.

Raze frunció el ceño, confundido.

Se acercó con cautela, colocándose frente al pequeño.

Le levantó suavemente la barbilla con los dedos.

—Tranquilo… —murmuró—.

Abre la boca.

Raze entreabrió la suya también, en un gesto instintivo, casi infantil, como si esperara que el niño lo imitara.

Y lo hizo.

El niño abrió la boca… y Raze quedó aturdido.

No había lengua.

Solo una superficie cicatrizada, un espacio mutilado.

Retrocedió unos pasos, sin ocultar el espanto en sus ojos.

—No puede hablar —dijo Fāng, con tono plano—.

No puede valerse por sí mismo.

Y si lo dejaba atrás… no habría tenido oportunidad.

El silencio fue total.

Solo el leve crujir de la madera bajo los pies del niño, y la respiración controlada de Fāng.

Raze miró una vez más al pequeño, luego a su compañero.

Por primera vez en mucho tiempo.

no supo qué decir.

—Ak’tenas —dijo Fāng, rompiendo el silencio—.

Llévalo con nosotros hasta allí.

En ese reino la esclavitud está prohibida, el podrá ser libre.

Raze desvió la vista hacia la ventana y meditó en silencio.

Llevar a ese niño con ellos sería una molestia.

Un peso innecesario.

Un riesgo.

En medio del desierto, cada recurso contaba, cada decisión tenía consecuencias.

Pero… Miró al pequeño otra vez.

La expresión ausente, los ojos vacíos, la postura rígida y defensiva.

Por un instante, vio a Fāng en él.

Solo, herido, encerrado en un cuerpo del que no podía hablar.

Suspiró hondo.

—Está bien —dijo al fin—.

Puede venir con nosotros hasta Ak’tenas.

Pero no lo olvides, Fāng… Tu trabajo es protegerme a mí.

Fāng asintió, serio.

—No lo olvidaré.

Lo juro.

—Bien, entonces esperemos a Aron.

Y en cuanto vuelva partimos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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