La nieve que cae en el desierto - Capítulo 67
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- Capítulo 67 - 67 Capítulo 66 Mahmud
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67: Capítulo 66: Mahmud 67: Capítulo 66: Mahmud El polvo se alzaba suavemente por el andar de los camellos.
Los estandartes Ak’tenas, bordados en tonos granate y oro, ondeaban con gracia en lo alto, marcando el inicio del viaje.
Desde uno de los balcones del palacio Phineas observaba en silencio cómo la comitiva de la concubina Freya se alejaba, cada vez más pequeña en el horizonte.
«Espero que puedas cumplir con la promesa.», dijo muy dentro suyo.
Esas palabras que no fueron pronunciadas, bastaron para que un recuerdo se apoderara de ella.
Uno que, aunque reciente, se sentía lejano… tal vez porque había sido uno de los pocos momentos en que alguien le pidió perdón sinceramente.
… —Lo lamento señorita Phineas, lo lamento de verdad.
La concubina Freya estaba de pie, con las manos juntas frente al pecho.
Su postura era firme, pero su voz… parecía cargar culpa.
—Mis prejuicios nublaron mi juicio.
Me dejé llevar por lo que me dijeron… Y por eso… hice lo que no debía.
Si hay algo que pueda hacer para ganar tu perdón, dímelo.
Phineas respiró hondo.
No había enojo en su rostro, pero sí una tristeza cansada, como si esas palabras se hubieran esperado demasiado tiempo.
Caminó hacia el escritorio de la concubina.
Lo hizo en silencio, sin mirarla directamente.
Se sentó.
Tomó papel, tinta y pluma.
Y comenzó a escribir.
—No te pediré mucho —dijo, mientras trazaba las palabras con cuidado—.
Solo una cosa.
Freya esperó en silencio.
—Cuando estés en Dorean, busca al secretario del emperador.
Su nombre es Luka Devon.
Entrégale esta carta con tus propias manos.
La concubina asintió.
—Haré todo lo posible para que llegue a él.
Te lo juro.
Phineas dobló el papel con sumo cuidado, lo selló y se lo tendió.
—Gracias —murmuró.
Al marcharse, Freya se giró una última vez.
—Espero… que cuando regrese, podamos limar asperezas.
Phineas le dirigió una expresión suave.
—Yo también lo espero.
… De vuelta en el presente, la caravana ya era solo un punto a lo lejos, y sus pensamientos fueron atravesados por el bullicio de voces y risas.
Al mirar hacia el corredor inferior, se dio cuenta de que muchas de las sirvientas estaban vestidas con atuendos extravagantes, coloridos y recargados, algunos incluso cubiertos de pedrería y cintas.
Había una energía particular en el aire.
Cierta ansiedad alegre.
«¿Qué está pasando ahora», se preguntó.
Y sin perder tiempo, empezó a bajar las escaleras para averiguarlo.
Al llegar al corredor, se encontró con Priya, quien hablaba animadamente con otras jóvenes.
Algo en ella era distinto.
Su atuendo: Priya no vestía su uniforme habitual.
Llevaba un conjunto largo de seda color jade con bordados dorados, su cabello trenzado con hilos de plata y pequeñas flores, y brazaletes que tintineaban suavemente al moverse.
—Priya… ¿Por qué estás vestida así?
¿Y por qué todos parecen diferentes hoy?
Priya giró hacia ella con una expresión radiante.
—¡Señorita Phineas!
Hoy es el Mahmud, ¿no lo sabía?
—¿Mahmud?
—El día en que se conmemora la fundación de Ak’tenas —explicó con entusiasmo—.
Es una fecha muy importante.
Durante el día hay celebraciones, danzas, ofrendas… y por la noche se organiza un gran festejo.
Además —agregó bajando un poco la voz, como si compartiera un secreto—, es tradición que durante este día se escojan esposas.
Por eso muchas mujeres del reino visten sus mejores ropas y joyas.
Phineas la escuchó con los ojos muy abiertos, casi maravillada.
—Eso lo explica todo… —murmuró, observando a su alrededor.
La energía en el aire era distinta.
Vibrante.
Como si el propio palacio respirara un aire festivo.
—Suena fascinante —dijo—.
Y me encantaría saber más sobre ese día.
Pero tengo que encontrarme con Kou en el campo de entrenamiento y ya voy tarde.
Hizo una pausa y luego añadió: —¿Crees que puedas dejarme algún libro sobre la historia del reino en mi habitación?
Algo que pueda leer más tarde.
La doncella asintió con entusiasmo.
—Por supuesto.
Se lo dejaré listo cuando regrese.
Phineas le agradeció con una expresión cálida, y sin perder más tiempo, se dirigió hacia el campo de entrenamiento.
El aire cálido del mediodía traía consigo un bullicio que no era habitual.
A medida que se acercaba, notó algo distinto.
Había más espectadores de lo normal.
Y la mayoría eran sirvientas, muchas de ellas vestidas con los mismos trajes coloridos y elegantes que había visto más temprano.
Frunció ligeramente el ceño, curiosa.
Al pasar cerca del perímetro del campo, saludó con la mano a los soldados presentes, quienes interrumpieron brevemente sus prácticas para devolverle el saludo con respeto.
—Veo que hoy tenemos más público del habitual —comentó Phineas, aún mirando de reojo la fila de doncellas que reían entre murmullos.
—Siempre sucede en el Mahmud, señorita —respondió alegremente uno de los soldados, limpiándose el sudor de la frente.
Otro, más bromista, añadió con una carcajada: —Es el día en que los soldados pueden encontrar esposa, así que todos quieren dar lo mejor de sí.
Nunca falta la que queda prendada de una buena espada.
Phineas rió entre dientes.
Las costumbres de Ak’tenas seguían sorprendiéndola, y de algún modo, le agradaba esa mezcla de lo ceremonial con lo cotidiano.
Después de todo, era su primer Mahmud, y la primera vez que experimentaba algo así fuera de Dorean.
Entre charla y charla, fue que lo vio acercarse.
Kou emergió entre los soldados con rostro serio.
Al notar el pequeño grupo que rodeaba a Phineas, frunció el ceño y alzó la voz: —Basta de charla.
¡Vuelvan al entrenamiento!
Los soldados se dispersaron de inmediato, y Phineas giró hacia su maestro con una inclinación respetuosa de cabeza.
—Buenos días, maestro Kou.
¿Cómo será el entrenamiento de hoy?
Kou, sin responder de inmediato, se dirigió hacia un pequeño armario de madera ubicado en un lateral del campo.
Al abrirlo, comenzó a sacar cuatro piezas de tela reforzada, que a primera vista parecían muñequeras y tobilleras, pero tenían un volumen peculiar y un leve rechinar de granos al moverse.
—¿Qué es eso?
—preguntó Phineas.
Él regresó a su lado, llevando dos de las piezas en cada brazo.
—Pesas de entrenamiento —respondió —.
Están rellenas de arena.
Se colocan en muñecas y tobillos para trabajar la fuerza.
Phineas abrió ligeramente los ojos.
—¿Voy a entrenar con eso… hoy?
—Así es.
—Kou se arrodilló para comenzar a ajustarlas con precisión—.
No mejorarás si no aumentamos la exigencia.
Pero no te preocupes, no es un castigo.
Es parte del proceso.
Con movimientos cuidados, Kou ató primero las tobilleras, asegurándolas con fuerza pero sin hacer daño.
Luego se levantó y colocó las muñequeras, con el mismo cuidado.
Phineas sentía el peso de inmediato.
No era exagerado, pero sí lo suficiente como para que el simple hecho de levantar los brazos le exigiera más de lo usual.
—Esto… va a doler mañana, ¿verdad?
—dijo con una media sonrisa,intentando aliviar la tensión.
Kou alzó una ceja.
—Probablemente.
Pronto los ejercicios comenzaron.
El espadachín le marcaba el ritmo y la corrección de postura mientras ella alternaba movimientos de brazos y piernas.
Cada paso, cada estiramiento, cada golpe al aire era un pequeño desafío con las pesas, pero Phineas se obligaba a continuar.
No sólo por disciplina, sino por el orgullo de superarse.
Mientras se desplazaba hacia un nuevo punto del campo, captó al vuelo una conversación entre dos sirvientas, quienes se encontraban sentadas en la sombra de un árbol, no muy lejos.
—Ojalá el soldado extranjero se fije en mí esta noche —dijo una, entre risas—.
Es tan guapo… Phineas giró levemente el rostro, sin perder el ritmo del entrenamiento.
Sabía de quién hablaban.
Kou.
Después de todo, era el único que destacaba claramente entre los soldados allí presentes.
Su cabello oscuro y brilloso, sus rasgos afilados, esa presencia firme… Lo miró por un instante.
Él se secaba el sudor del cuello con una toalla, el sol resaltaba su piel blanca y los músculos definidos que se marcaban a través de su ropa de entrenamiento.
«Es verdad… es guapo», pensó, sorprendida de haberse detenido a contemplarlo.
«Y tiene un buen físico…» admitió sin culpa, hasta que, casi sin quererlo, otra imagen cruzó su mente.
Nora.
Nora sin camisa, combatiendo durante un entrenamiento en los jardines imperiales de Dorean.
Ese rostro serio que solo se suavizaba cuando se dirigía a ella.
Esos ojos que siempre parecían saber cuándo mentía.
Y entonces, sin previo aviso, una punzada le atravesó el pecho.
Suspiró con suavidad, bajando ligeramente los brazos.
Inhaló con fuerza, como si el aire caliente del campo pudiera aliviar algo dentro de sí.
—Yo sé que está bien —dijo para sí misma—.
Puedo sentirlo.
Y con esa certeza, volvió a tomar posición, lista para seguir.
El entrenamiento continuó y el peso de las pesas ya no le molestaba tanto, o quizás era simplemente que su cuerpo había comenzado a adaptarse.
Su mente, en cambio, vagaba.
—Eso es todo por hoy —anunció finalmente Kou.
Phineas se dejó caer suavemente sobre una banca de madera al borde del campo, tomando una toalla para secarse el sudor de la frente y el cuello.
Su respiración seguía agitada, pero una leve expresión de satisfacción adornaba su rostro.
Había superado una vez más su límite.
Fue entonces que uno de los soldados se acercó, con una expresión amistosa.
—Señorita, ¿irá esta noche al festival?
Las calles de la ciudad se llenarán de luces por el Mahmud.
Vale la pena verlo.
Ella lo miró, sorprendida.
Luego sus ojos brillaron como los de un cachorro curioso.
—¿Festival en la ciudad?
—repitió con entusiasmo—.
Me encantaría.
Hace tiempo que tengo curiosidad por conocerla.
Sus ojos se posaron rápidamente en Kou, quien acababa de guardar las armas de práctica y se acercó a ellos.
—Kou… ¿Me llevarías al festival en la ciudad esta noche?
—preguntó con dulzura, elevando un poco los hombros como si eso aumentara su encanto—.
Solo si no tienes otra cosa que hacer, claro… Él la miró, impasible al brillo de sus ojos.
—Si Hakeem lo autoriza, lo haré.
Phineas frunció levemente el ceño, algo decepcionada.
—Pero él no me prohibió salir del palacio.
No creo que se moleste.
—El permiso no es por ti —respondió Kou con tono seco.
—Es por mí.
Ella lo miró, sin entender.
—¿Por ti?
—No puedo salir sin autorización directa.
No se me está permitido.
Phineas ladeó la cabeza, confundida.
—¿Por qué?
Kou sostuvo su mirada un instante y respondió con una calma que rozaba el filo del silencio: —Porque no soy una buena persona.
Phineas soltó una risa breve.
—No bromees así.
Pero al ver la seriedad en su rostro, la tensión en su mandíbula, el leve descenso de sus párpados, su expresión se apagó.
Por un instante, no estaba segura si no hablaba en serio.
Kou suspiró, luego se dio media vuelta para guardar las vendas de práctica.
—Si quieres ir a la ciudad… pide otro escolta.
Y con eso, cerró la conversación, dejándola con el paño aún en las manos… y una angustia inesperada.
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