Leer Novelas
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completadas
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

La nieve que cae en el desierto - Capítulo 68

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. La nieve que cae en el desierto
  4. Capítulo 68 - 68 Capítulo 67 Trato
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

68: Capítulo 67: Trato 68: Capítulo 67: Trato Phineas regresó a su habitación en silencio, con Kou caminando unos pasos detrás de ella.

El peso de sus pensamientos hacía que el trayecto se sintiera más largo de lo habitual.

Cada paso resonaba en el pasillo, y ella, aunque deseaba voltearse para verle el rostro, se negó a hacerlo.

Simplemente al llegar a la puerta, la empujó, dejándolo atrás, solo para encontrarse con una escena inesperada.

Hakeem estaba sentado en el sofá, reclinado con un libro entre las manos.

A su lado, Nubia, en su forma animal, reposaba plácidamente acurrucada, con el hocico escondido entre las patas.

El sol de la tarde bañaba la habitación con una luz cálida.

Él alzó la mirada al oírla entrar, y una expresión suave —de esas espontáneas— se dibujó en su rostro.

—Buenas tardes, Phineas —saludó, cerrando el libro con rapidez.

Ella sintió un vuelco en el estómago.

Parpadeó, sin saber bien qué decir.

Su cabello estaba pegado a la frente por el sudor, la camisa simple se adhería a su espalda y los pantalones, aunque cómodos, no eran lo más decoroso que podía vestir frente a un sultán… menos aún al verlo tan relajado y elegante, como si no lo tocara el desorden del mundo.

—¿Qué estás haciendo en mi habitación?

—preguntó, intentando sonar casual mientras se cruzaba de brazos para cubrirse un poco.

—Me encontré con Priya en la biblioteca —explicó Hakeem, apoyando el libro sobre la mesa baja—.

Me dijo que querías aprender más sobre la historia de Ak’tenas.

Pensé… ¿quién mejor para contártela que su fundador?

Ella apretó los labios y apartó la mirada.

—Es un honor, claro.

Pero no creo que sea el momento adecuado… Hakeem ladeó la cabeza, genuinamente confundido.

—¿Por qué no?

Phineas abrió la boca, pero la respuesta no salía.

Quería decirle que se sentía incómoda, que no estaba lista, que quería ducharse, cambiarse, recomponerse.

En vez de eso, solo pudo murmurar: —Es que… estoy vestida de forma inapropiada.

Él bajó la mirada hacia sus ropas y luego alzó una ceja, aún sin entender.

—¿Por llevar pantalones?

—preguntó, con una expresión amable—.

No tienes que preocuparte por eso.

No en mi presencia.

Phineas cerró los ojos un instante.

No era por eso.

No del todo.

—Ese no es el problema… —murmuró, sin atreverse a decir más.

Su cuerpo aún conservaba el calor y la humedad en la piel.

Sentía que acercarse a él en ese estado era… demasiado incómodo.

Hakeem la observó un segundo más, y por fin pareció entender.

—Ah —dijo simplemente, con una expresión comprensiva que no buscaba avergonzarla—.

Supongo que debes estar cansada.

Dejó el libro con cuidado sobre la mesita de centro, junto a un pequeño florero de cristal.

—Puedes leerlo si quieres —añadió—, aunque debo advertirte que está lleno de exageraciones.

Poetas y escribas tienden a embellecer las guerras… y los héroes.

La historia real es más interesante si la escuchas de mi boca.

Le dirigió una mirada con media sonrisa.

—¿Estás ocupada esta noche?

Phineas se sorprendió por la pregunta, pero no tardó en responder, sin pensarlo demasiado: —Sí.

O al menos… lo estaría.

Él alzó una ceja, curioso.

—¿Y cuál es el impedimento?

—Quería ir a la ciudad para ver las celebraciones por Mahmud.

Me dijeron que las calles se llenan de faroles y danzas, y… bueno, me pareció una linda forma de conocer Ak’tenas más allá de los muros.

Pero no tengo escolta.

Kou dijo que no puede salir del palacio.

Hakeem bajó la mirada y quedó en silencio unos segundos, como si sopesara algo más grande que una simple decisión.

—¿Quieres que te asigne otro guardaespaldas?

—preguntó entonces, con un tono neutro.

Ella lo miró con atención.

—¿Por qué Kou no tiene permitido salir?

Hakeem levantó la vista, y esta vez, su rostro ya no mostraba esa expresión cálida.

El brillo de sus ojos se había atenuado, dando paso a algo más solemne.

—No es que Kou tenga prohibido salir —dijo—.

Más bien es por su seguridad.

—¿Su seguridad?

—repitió Phineas, confundida.

—Hay personas que… quieren hacerle daño.

—Hakeem hizo una pausa—.

Personas que no olvidan su origen.

Que no perdonan su decisión de quedarse aquí.

Phineas frunció el ceño.

Kou no le parecía alguien indefenso, sino todo lo contrario.

«¿Quién podría representar una amenaza para alguien como él?» se preguntó.

Y, sobre todo… «¿Qué hizo para que alguien lo persiguiera hasta ese punto?» —¿Y esas personas… todavía lo buscan?

Él asintió, aunque con cierta resignación.

—No de forma activa, no ahora.

Pero basta con que uno de ellos se entere de su ubicación para que vuelva a correr peligro.

Ella bajó los ojos.

Kou nunca le había contado nada de eso.

Ahora entendía por qué su respuesta había sonado tan ruda.

—Entonces… no es por desobediencia que no sale.

Es porque está siendo protegido.

Aunque parezca lo contrario.

Hakeem asintió.

—Kou aceptó estar bajo mi tutela en Ak’tenas con esa condición.

Y aunque no se lo diga de frente, su seguridad también es importante para mí.

Aquello le dio una nueva claridad a Phineas.

—Entonces, si él va conmigo… —dijo despacio— si está cumpliendo su función como escolta, no sería una salida casual.

Sería parte de su deber.

Él la miró en silencio.

Por un instante, su ojo pareció medir no solo sus palabras, sino la convicción con la que las había dicho.

—¿Estás pidiéndome que autorice su salida contigo… como parte de una misión?

Ella no apartó la mirada.

—No pretendo llevarlo a una guerra —alzó ligeramente los hombros—.

Solo quiero conocer la ciudad.

Hakeem dejó escapar una risa leve, impresionado por la rapidez con la que ella sabía acomodarse a las circunstancias.

—Muy bien.

Si lo planteas así, le daré permiso.

Phineas mostró satisfacción, casi sorprendida de haber logrado lo que creía imposible.

—Gracias.

—Pero bajo una condición —añadió, alzando un dedo.

Ella lo miró expectante.

—Que cuando regresen… me dejes contarte la historia de Ak’tenas.

A mi manera.

—Trato hecho —respondió con determinación.

Hakeem se levantó del sofá y caminó hacia la puerta.

justo cuando iba a salir, las palabras de Kou regresaron con fuerza a la mente de Phineas: «Porque no soy una buena persona.» Ella frunció levemente el ceño, sintiendo de nuevo esa incomodidad en el pecho.

Quería preguntarle a Hakeem si sabía a qué se refería Kou con eso, pero al ver al sultán dar el último paso fuera de la habitación, y recordando la promesa que acababan de hacer para esa noche, decidió guardarse la pregunta.

Al menos por el momento.

La noche comenzó a caer sobre Ak’tenas y el cielo se teñía de azul profundo, salpicado por las primeras estrellas.

Desde su habitación, Phineas podía escuchar los ecos lejanos de los preparativos: música, risas, y el chisporroteo de antorchas encendiéndose por los pasillos del palacio.

Aún con el cabello húmedo tras el baño, se lo cepilló con cuidado, despojándolo de su rostro.

Su vestimenta era sencilla pero hermosa: consistía en un sari azul profundo con detalles plateados que imitaban el cielo nocturno.

Quería verse bien, sí, pero más que nada, sentirse cómoda y ligera.

Unos suaves golpes en la puerta la hicieron girar.

—¿Sí?

La puerta se entreabrió, y Kou apareció con su vestimenta habitual, aunque más limpia y agregando una capa a sus hombros.

Su cabello, a diferencia de otras veces, estaba suelto y le tapaba el cuello.

«Le queda bien», pensó, observándolo con tranquilidad.

—Te ves bien.

Kou la miró con su habitual indiferencia.

—Me dieron permiso para acompañarte.

—Lo sé —respondió ella con una expresión más amplia—.

Fui yo quien se lo pidió a Hakeem.

Le dije que, si tú no podías salir como ciudadano, entonces saldrías como mi escolta.

Y accedió.

Hubo un segundo de silencio.

—¿Por qué lo pediste?

—preguntó él, un tanto nervioso.

Phineas lo miró directo a los ojos, sin rodeos.

—Porque quería compartir esto contigo.

—Luego bajó un poco la voz—.

Y porque creo que también necesitas ver lo que hay más allá de estos muros.

Él no respondió, pero la tensión leve en sus hombros pareció relajarse al igual que la de su rostro.

—Entonces vamos, con gusto te escoltaré.

Phineas asintió, y tomó la capa ligera que tenía lista sobre la cama.

—Vamos —repitió—.

Quiero ver cómo se ve el festival en la ciudad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo