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La nieve que cae en el desierto - Capítulo 70

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  4. Capítulo 70 - 70 Capítulo 69 En la oscuridad del callejón
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70: Capítulo 69: En la oscuridad del callejón 70: Capítulo 69: En la oscuridad del callejón Kou no apartaba la mirada de Phineas, quien caminaba a su lado dando pequeños mordiscos a la brocheta.

Emitiendo de vez en cuando alguna palabra y señalando algún puesto.

El brillo de la ciudad hacía que el naranja de su cabello pareciera fuego al caminar.

Él intentó enfocarse en la multitud, en los puestos, en los callejones, en los caminos alternativos si algo salía mal… pero su atención volvía una y otra vez a ella.

«¿Por qué?», se preguntó un tanto nervioso «¿Por qué me cuesta tanto mirarla?» Se obligó a seguir mirando hacia otro lado, donde un grupo de niños corría entre los puestos, riendo con serpentinas de colores en las manos.

Hombres con máscaras de lobos y tigres bailaban al ritmo de tambores.

Todo era alegría, ruido, vida.

Tan diferente a lo que él conocía… tan opuesto a lo que recordaba.

—¿Quieres quedarte aquí un momento?

—preguntó Phineas, señalando un pequeño círculo donde una pareja danzaba al ritmo de la música.

Kou la miró sin responder de inmediato.

—¿A mirar?

—A bailar.

Él arqueó una ceja.

—No bailo.

—Yo tampoco —dijo ella, encogiéndose de hombros—.

Pero tampoco había entrenado con pesas hasta esta semana.

Nunca es tarde para probar cosas nuevas, ¿no crees?

Kou entrecerró los ojos, sin saber si ella lo estaba desafiando o simplemente jugando.

—¿Y si alguien te ve?

—¿Y si alguien me ve?

—repitió ella, con una sonrisa suave—.

Estoy en un festival.

Nadie va a recordarme mañana.

Y tú estás conmigo.

¿No es tu trabajo mantenerme a salvo?

La mirada de Phineas no flaqueó, él, en cambio, suspiró profundo y apartó la vista.

—Una canción.

Y no esperes gracia de mi parte.

Phineas rió con alegría, sin ocultar su sorpresa.

—Una canción es suficiente para mí —dijo, y tendió la mano.

Kou tomó su mano, fría, suave, delicada, y juntos entraron al círculo de danzantes.

La música cambió de ritmo, suave y rítmica, con un laúd marcando el compás mientras los danzantes giraban en círculos entrelazando brazos y pasos.

Phineas lo miró un instante antes de reír por lo bajo y comenzar a imitar los movimientos.

Kou, por su parte, apenas si levantó los pies del suelo.

—Vamos, nadie está viéndote—le susurró ella, tirando suavemente de su brazo mientras daban una vuelta lenta.

—Eso es una mentira evidente —replicó él, aunque sin resistirse.

No tenía la gracia de un bailarín ni pretendía tenerla.

Su cuerpo estaba entrenado para moverse con precisión, no con fluidez.

Pero había algo en la risa contenida de ella, en cómo intentaba ocultar que se divertía viendo su torpeza, que le hizo pensar que quizás eso no importaba.

La canción los guió por un par de vueltas más.

Ella lo hacía mejor que él, aunque tampoco era una experta.

Más de una vez tropezó, lo pisó, o se giró hacia el lado incorrecto, y aun así no dejaba de sonreírle.

Kou, por primera vez en mucho tiempo, se permitió aflojar los hombros y sentirse vulnerable.

Pero eso no duró mucho.

Porque más allá del círculo, entre el público que los rodeaba, los vio.

Tres figuras encapuchadas, demasiado quietas para un festival.

No bebían.

No reían.

No aplaudían.

Solo observaban.

Él no dejó de moverse, pero su mirada se endureció al ver el escudo en sus capas.

Venían por él.

Phineas giró, sonriendo, y él la sujetó con firmeza por la cintura para mantener el ritmo.

La acercó un poco más de lo necesario.

—¿Todo bien?

—preguntó ella, notando el cambio en su cuerpo.

—Sigue bailando —susurró él, bajo—.

Pero no mires a tu alrededor.

Tenemos compañía no deseada.

Ella no respondió.

Solo asintió muy levemente mientras la melodía seguía girando en espirales, como si nada hubiese cambiado.

Pero todo había cambiado y Kou, con el corazón acelerado y los músculos tensos, sabía que la canción pronto terminaría.

Tenía que idear un plan, y pronto.

Volvió a acercarse a Phineas, su mano firme en la suya mientras se deslizaban entre los pasos de la danza.

Bajó la voz al mínimo.

—¿Recuerdas el camino hacia el carruaje?

Phineas tardó un par de segundos en responder, su mirada aún se enfocaba en el ritmo de la danza para no delatar que algo no iba bien.

—Creo que sí… —murmuró, con un deje de inseguridad.

—Cuando la música se detenga, quiero que te mezcles con la multitud y vuelvas al carruaje.

No corras.

No mires atrás.

Quédate ahí y espérame.

¿Entendido?

—¿Vas a estar bien?

—preguntó ella, bajando el tono aún más, con preocupación en los ojos.

Kou le sostuvo la mirada solo un momento.

—Sí.

Confía en mí.

Y entonces la música paró.

Con la misma naturalidad con la que había entrado al círculo, Phineas se despidió con una pequeña reverencia, fingiendo que era parte del protocolo.

Se perdió entre la gente como un soplo de arena entre las sombras, tal como Kou le había indicado.

Él, en cambio, se quedó inmóvil, con los ojos fijos en los tres hombres que se habían mantenido a distancia durante la danza.

Sus ropas eran discretas, pero sus ojos demasiado atentos para ser solo turistas.

Kou se giró y caminó hacia un callejón cercano, sin decir una palabra.

Uno a uno, los hombres lo siguieron.

El callejón estaba oscuro, apenas iluminado por una lámpara colgante de aceite.

Cuando el último de los hombres ingresó, Kou se detuvo.

Se dio media vuelta, y los tres hombres se arrodillaron ante él con la cabeza baja.

—Príncipe heredero Kaname —dijeron al unísono, con reverencia.

Él tensó la mandíbula.

Odiaba ese nombre.

—¿Qué hacen aquí?

—Les preguntó.

Uno de los hombres alzó la cabeza.

Era el mayor, de barba fina y mirada dura.

—Tenemos órdenes estrictas de llevarlo de vuelta a Katsuhito.

Su tío, el regente, lo reclama.

Kou dio un paso hacia atrás, su mano se movió con suavidad hacia la parte inferior de su espalda, donde un pequeño kunai descansaba oculto bajo su ropa.

—¿Y si no quiero ir?

El hombre mayor tragó saliva.

—Entonces… tenemos otra orden.

Un breve silencio se instaló entre ellos, pesado, inminente.

—¿Cuál es esa otra orden?

—preguntó, aunque ya conocía la respuesta.

—Matarlo —dijo el hombre, sin dudar—.

Pero no queremos eso.

Por favor, regrese con nosotros.

Katsuhito lo necesita.

Usted es nuestro futuro emperador.

El silencio fue la única respuesta, hasta que todos se movieron al mismo tiempo.

Se lanzaron sobre él, veloces como serpientes.

Pero Kou era más rápido.

Con un giro, desenvainó el kunai oculto y lo deslizó por la garganta del primero, cortando el aire y la carne con la misma facilidad.

El hombre cayó sin emitir un solo sonido, su cuerpo desplomándose sobre el empedrado, ahora embebido de su sangre.

Los otros dos restantes no lo dudaron.

Uno lo sujetó por detrás, inmovilizándole los brazos, mientras el otro sacaba su espada corta para atravesarlo.

Kou contuvo la respiración, apretó los dientes y, en el instante justo, levantó una pierna y golpeó con fuerza el pecho del atacante, lanzándolo hacia atrás.

Luego, en una maniobra rápida, giró su cuerpo haciendo palanca, rompió el agarre del segundo.

Usó el impulso para impulsarse hacia atrás, cayó de pie y como una sombra, se deslizó hacia sus objetivos.

No hubo más palabras, solo sangre.

Al final solo uno en el callejón quedó en pie, Kou.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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