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La nieve que cae en el desierto - Capítulo 71

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71: Capítulo 70: Otro aspecto 71: Capítulo 70: Otro aspecto Kou respiraba con fuerza, el pecho le subía y bajaba al ritmo acelerado de su corazón, mientras que en el suelo los cuerpos de los tres hombres yacían sin vida.

Se acercó a ellos y les quitó las insignias del imperio Katsuhito, luego con la tela de uno de ellos, limpió el filo del kunai y lo guardó nuevamente bajo su ropa.

Suspiró profundo y luego se miró las manos.

Estas estaban teñidas de sangre.

«No era necesario que terminara así.», pensó, pero ya no tenía retorno.

Ahora era Kou y no Kaname.

Salió del callejón sin mirar atrás, fundiéndose entre la música y las luces del festival como si nada hubiese pasado.

Caminó hasta dar con un pequeño grupo de guardias de Ak’tenas que patrullaban por la zona central, justo frente a una taberna.

—Eh, tú —llamó uno de ellos, notando la expresión sombría y la sangre en su cuerpo—.

¿Todo en orden?

Kou se detuvo a un metro de ellos.

Se llevó una mano al pecho, metió los dedos bajo su pechera, y sacó una pequeña insignia dorada con forma de flor de loto atravesada por dos espadas cruzadas: Era el símbolo del círculo cercano al sultán.

Hakeem se la había entregado esa misma tarde, por si surgía “algún imprevisto”.

—Me atacaron unos saqueadores —dijo, sin vacilar—.

Pude defenderme, pero los cuerpos están tirados en un callejón, a unas calles de aquí.

Al norte, detrás de una posada.

El guardia, un hombre de cuerpo intimidante, se sorprendió al ver la insignia.

Inmediatamente se puso en posición firme y asintió.

—¿Está herido, señor?

Kou negó con la cabeza.

—No.

No es mi sangre.

El guardia lo miró unos segundos más.

La sangre salpicada en su rostro decía otra cosa, pero la insignia era incuestionable.

—Nos encargaremos del resto.

¿Quiere que lo escoltemos de regreso al palacio?

—No hace falta.

Sólo asegúrense de que nadie más entre a ese callejón.

—Así se hará —respondió el guardia, haciendo un gesto a los suyos para movilizarse.

Kou guardó nuevamente la insignia, giró sobre sus pasos y se alejó sin mirar atrás.

Caminó entre la multitud como un fantasma entre vivos.

Las luces del festival brillaban a su alrededor, los sonidos lo rodeaban, pero él no oía nada.

Era como si un velo lo separara del mundo.

No sentía los pies sobre el suelo, no registraba los colores, ni las voces, ni el movimiento.

Solo avanzaba.Finalmente, llegó al carruaje.

Aún tenía la respiración pesada y el recuerdo del kunai entre los dedos.

Abrió la puerta con rapidez, esperando ver a Phineas allí, pero no fue ella a quien encontró, sino a otra figura familiar.

Una que pocas veces vio, pero cuyo aspecto es difícil de olvidar.

Nubia alzó la vista desde el interior del carruaje, sentada con una pierna cruzada sobre la otra.

En su forma humanoide, su silueta era elegante, casi etérea, con el cabello rojizo cayendo como seda sobre los hombros.

Su expresión era tranquila, pero se percibía una chispa afilada en sus ojos ámbar.

—¿Qué hacés aquí?

—preguntó Kou, frunciendo el ceño—.

¿Dónde está Phineas?

Ella apoyó el codo en el respaldo del asiento con naturalidad.

—Estoy haciendo lo mismo que tú: protegiéndola.

—Levantó la barbilla levemente—.

Ella ahora está segura en el palacio.

Él se quedó pensando, algo no encajaba en su cabeza.

¿De verdad había pasado tanto tiempo desde que se separaron?

¿O Nubia estaba exagerando?

—¿Estás segura de eso?

—preguntó, entornando los ojos.

—Lo estoy —repitió ella con tono seco—.

Si no lo estuviera, ¿crees que estaría sentada aquí contigo perdiendo el tiempo?

Kou guardó silencio.

Fue entonces que Nubia se inclinó hacia un costado, tomó un pañuelo blanco y se lo lanzó sin más.

Él lo atrapó en el aire sin mirarlo.

—Límpiate.

—le dijo con un deje de desagrado—.

El olor a sangre me da náuseas.

Kou bajó la mirada al pañuelo.

Las manchas oscuras de su rostro, sus manos… la sangre seguía allí.

No dijo nada.

Solo asintió con la cabeza y se limpió el rostro con movimientos violentos, mientras Nubia se recostaba nuevamente, cruzando los brazos detrás de la nuca.

Por primera vez desde que dejó el callejón, su respiración se volvió tranquila.

No porque se sintiera en paz, sino porque Phineas estaba a salvo y, sobre todo, porque no estaba allí viéndolo.

Temía que viera ese aspecto suyo del que no estaba orgulloso.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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