La nieve que cae en el desierto - Capítulo 73
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- Capítulo 73 - 73 Capítulo 72 La niña que danzaba en la fuente
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73: Capítulo 72: La niña que danzaba en la fuente 73: Capítulo 72: La niña que danzaba en la fuente Pronto, Phineas se encontró en el jardín del palacio, parada junto a la fuente del ala principal.
La luna brillaba sobre los jardines del palacio, y las hojas de los robles temblaban apenas con la brisa cálida del Mahmud.
Todo parecía tan real que le costó un segundo comprender que ya no estaba en aquel lugar hecho de recuerdos.
Sus pies tocaban la piedra fría, y la fuente fluía serenamente a su lado.
Se sentía mareada y aturdida.
Bajó la mirada y vio sus pies enrojecidos, aún marcados por las rozaduras del calzado al bailar.
Sin pensarlo, se descalzó y se acercó al borde de la fuente, sumergiendo los tobillos en el agua.
El alivio fue inmediato, pero más que el frescor, lo que la reconfortó fue el silencio.
Todo estaba en calma.
Nada de gritos, ni rostros deformes, ni miradas llenas de odio.
Solo el murmullo del agua y las hojas.
Apoyó las manos en el borde de la fuente y se inclinó hacia atrás, permitiendo que la melena se le despegara del rostro.
Por dentro, aún temblaba, aunque ya no sabía si de miedo, cansancio o asombro.
—Entonces, ¿esto es real?
—dijo al viento.
—Tan real como lo necesites.
La voz era grave y familiar.
Levantó la vista con rapidez, y allí estaba él.
Hakeem, de pie en uno de los pasillos que conectaban con el jardín, vestido con un elegante sherwani dorado, bordado con hilos de bronce que relucían como fuego bajo la luz del jardín.
Su cabello recogido dejaba libre su rostro, y su único ojo —ese ojo oscuro y resplandeciente como obsidiana al sol— se posó de inmediato en ella.
—Phineas…
—dijo, acercándose —.
¿Te encuentras bien?
Ella no respondió de inmediato.
Solo lo miró, como si al fin algo dentro de ella terminara de anclarse a la realidad.
Luego asintió, apenas.
—Sí, ahora lo estoy.
Hakeem se sentó en el borde de la fuente y se colocó a su lado.
El silencio fue breve.
Phineas bajó la mirada al agua mientras hablaba, como si necesitara observar su reflejo para convencerse de que no estaba soñando otra vez.
—No sé cómo explicarlo.
Estaba disfrutando y bailando en el festival.
Pero entonces… —iba a mencionar lo sucedido con Kou, pero decidió no hacerlo.
Temía que aquello podría traerle consecuencias a él —.
Tuve un ataque de pánico —dijo, sintiendo la voz quebrarse—.
Y entonces, sin darme cuenta, usé magia.
No sé cómo lo hice, ni tampoco sabía que podía hacer algo así.
Hakeem la miró en silencio, atento, sin interrumpir.
—Creé un campo mágico… uno que trajo a la realidad mis recuerdos.
Sentía, olía, veía todo exactamente como fue.
Y no podía salir.
Hasta que él apareció.
—¿Quién?
—preguntó el sultán frunciendo levemente el ceño.
—Alem —susurró ella—.
Él Me sacó de ahí.
Pero, hasta hace unos minutos, no estaba segura si esto —dijo señalando el jardín con un gesto suave— era real o parte de otro recuerdo atrapado.
Hakeem notó que Phineas temblaba.
Sus hombros ligeramente encorvados delataban el desgaste emocional.
Sin dudarlo, se quitó la chalina dorada que llevaba colgando como parte del atuendo ceremonial y la colocó con cuidado sobre sus hombros.
—Gracias —murmuró ella, sujetando la tela con las manos—.
Es cálida.
Él le entregó una sonrisa y llevó la mirada al cielo.
Phineas lo miró fijamente y lo examinó con más atención.
—¿Y tú?
¿Qué haces aquí?
¿No deberías estar en el banquete?
—Bueno… —respondió, sin ápice de vergüenza—.
Digamos que no soy muy amante de los eventos sociales.
Ella entornó los ojos.
—¿Te escapaste verdad?
—A veces lo hago.
—Pero eres el sultán.
—Así es.
—Entonces déjame decirte algo —dijo Phineas, girándose un poco hacia él—.
Escaparte de un banquete oficial siendo el sultán de Ak’tenas no es exactamente una actitud ejemplar.
Es huir de tus responsabilidades.
Él soltó una risa, breve, casi infantil.
—Tienes razón —admitió—.
Pero si te sirve de consuelo, siempre fui así.
No voy a cambiar ahora solo porque lleve una corona en la cabeza.
—Entonces alguien va a tener que enseñarte a ser un mejor sultán —murmuró.
—Bajir lo intenta, pero creo que en cualquier momento va a rendirse conmigo.
Ambos se miraron y se dieron una sonrisa mutua.
El silencio se extendió apenas unos segundos antes de que él hablara de nuevo: —¿Tienes tiempo para una historia?
Phineas arqueó una ceja, en un gesto divertido.
—¿Se trata de la historia que me prometiste?
¿La de la fundación del reino?
Hakeem negó con suavidad, bajando la mirada unos segundos.
—Esa te la contaré más tarde—dijo con un tono más íntimo—.
La historia que quiero contarte ahora es la de cómo nos conocimos tú y yo.
Ella entreabrió los labios, sorprendida.
Su cuerpo se quedó inmóvil por un instante.
—Yo, desde que te vi por primera vez al llegar a Ak’tenas —confesó con voz baja, algo nerviosa— sentí que ya te conocía de antes.
Pero no logro recordar cuándo ni dónde.
Él sonrió, como si hubiese estado esperando exactamente esas palabras.
—Entonces, deja que te refresque la memoria.
Se llevó la mano hacia el rostro.
Sus dedos recorrieron el borde del parche que cubría su ojo izquierdo.
Sin apuro, se lo quitó, dejando a la vista el dorado de su iris.
Un oro líquido en el que danzaban dos líneas que formaban una cruz perfecta en su pupila.
Extraño, magnético e inconfundible.
—Mírame, Phineas.
Ella tragó saliva.
Su corazón se agitó sin razón aparente.
Dudó, pero al final, alzó la vista y se encontró con ese ojo brillante, aquel que no parecía humano, y sin embargo le resultaba tan hermoso.
Y entonces, todo se desvaneció.
El jardín de Ak’tenas desapareció como un suspiro en el viento.
La noche cálida, la fuente, la chalina, todo se fue desdibujando hasta convertirse en luz.
Cuando sus pies tocaron el suelo nuevamente, lo supo sin necesidad de ver: estaba en los jardines del palacio de Dorean.
La luna colgaba del cielo como un farol enorme, bañando todo en un resplandor plateado.
Los árboles proyectaban sombras suaves, y la fuente central cantaba con su murmullo sereno.
La brisa nocturna movía las hojas con delicadeza.
Todo estaba envuelto en quietud hasta que vio el movimiento de una niña.
Vestía un vestido de volantes color cían, descalza, con los tobillos hundidos en el agua de la fuente.
Sus movimientos eran ligeros.
Ella danzaba, no con técnica ni propósito, sino con la libertad de quien aún no teme ser vista.
Sus brazos dibujaban espirales suaves, y sus pies chapoteaban con gracia.
Phineas contuvo el aliento.
—Esa soy yo.
Un murmullo la alertó.
Entre los arbustos, semiescondido, un muchacho observaba en silencio.
Su piel era de un marrón cálido, y en su cabeza llevaba un turbante color rojo brillante.
Su mirada se mantenía fija en la niña danzante.
Era apenas un adolescente, pero la intensidad de sus ojos oscuros, aún sin parche, era inconfundible.
—Hakeem… Él no respondió.
Ni el del recuerdo, ni el que la acompañaba ahora.
Porque era una memoria.
—Había huido del banquete que se celebraba en honor a mi hermana y su compromiso con el príncipe Caesar —explicó él en voz baja, desde el presente—.
Demasiadas voces, demasiadas miradas.
Fui a respirar, y entonces te vi.
La niña en la fuente se detuvo en seco.
Había sentido una presencia.
Giró su rostro hacia los arbustos y frunció el ceño, curiosa.
—¿Quién está ahí?
—preguntó.
El joven Hakeem se tensó.
Dudó un instante, pero luego salió de entre las sombras, alzando apenas las manos en gesto de paz.
—No temas.
No quise asustarte —dijo—.
Soy el príncipe heredero de Azhara.
La pequeña Phineas abrió los ojos con sorpresa.
Por un instante pareció no saber cómo reaccionar.
Luego, de repente, se sonrojó de pies a cabeza y, cubriéndose el rostro con ambas manos, dio media vuelta y salió corriendo, dejando un rastro de pequeñas huellas mojadas tras de sí.
Phineas —la adulta— se llevó una mano a la boca, entre risas ahogadas y una punzada de nostalgia.
—Salí corriendo.
—Así es—confirmó Hakeem con una media sonrisa—.
Me quedé allí, solo, preguntándome si habías pensado que me reía de ti.
—Creí que iba a meterme en problemas por actuar fuera de la etiqueta —dijo ella, con los ojos brillosos—.
Y también porque tu belleza me deslumbró.
Él desvió la mirada, un leve rubor subiéndole por el rostro, aunque su sonrisa no desapareció.
—Supongo que fue el destino —murmuró—.
Que nuestros caminos se cruzaran de nuevo, aquí.
La escena comenzó a disolverse, como tinta sobre agua.
Y pronto Phineas volvió a encontrarse en el jardín del palacio de Ak’tenas.
De noche.
Con la fuente tras ella, la chalina dorada aún sobre sus hombros, y el sultán —el hombre que conoció siendo niña sin saberlo—, de pie frente a ella.
—Bienvenida de nuevo —le dijo Hakeem, con esa misma voz grave y serena, tan distinta y tan igual a la del adolescente de su memoria.
Phineas no dijo nada, solo sonrió por aquel recuerdo que su mente había olvidado, pero que su corazón aún recordaba.
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