La nieve que cae en el desierto - Capítulo 74
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74: Capítulo 73: Te mostraré una historia 74: Capítulo 73: Te mostraré una historia Hakeem observaba a Phineas en silencio.
La imagen de aquella niña danzando entre las aguas de una fuente aún vivía en su memoria, como un recuerdo suspendido en el tiempo.
Pero esa visión ya no coincidía con la joven que ahora tenía ante él.
Phineas ya no era la niña de entonces.
Era otra.
Había crecido.
Ahora estaba frente a una joven mujer de mirada firme y una voluntad que no se quebraba, aun cuando el mundo a su alrededor parecía desmoronarse.
Y él, al mirarla allí bajo el cielo estrellado de Ak’tenas, comprendió que esa niña ya no existía.
Solo quedaba Phineas: la presente, la real, y más fuerte de lo que quizás ella misma sabía.
Hakeem sonrió, pero su sonrisa no fue alegre.
Había en ella una sombra leve, un peso que volvía siempre, incluso en los momentos más luminosos.
—¿Querés que te cuente cómo nació Ak’tenas?
—preguntó, sin romper la suavidad de la noche.
Phineas asintió con la cabeza, acomodándose en el mármol de la fuente.
Quitó los pies del agua y se envolvió mejor en la chalina.
Hakeem giró su rostro hacia ella.
—En vez de contártelo —dijo—, te lo voy a mostrar.
Y al igual que antes, Phineas volvió a perderse en el dorado de su ojo.
El mundo giró.
La oscuridad cayó.
Y el pasado, una vez más, se abrió camino.
— Al abrir los ojos, se encontraba bajo un cielo grisáceo cubierto por nubes que opacaban el sol.
Frente a ella, un joven Hakeem —más delgado, herido, con la armadura rota y los vendajes manchados de sangre— llegaba a Azhara.
Su andar era lento, arrastrando el peso de la derrota con cada paso, pero en sus ojos aún ardía un fuego incontrolable.
Phineas observó en silencio cómo los guardias abrieron las puertas del palacio.
El sonido del metal al chocar resonó como un lamento.
—Eso que ves —dijo la voz de Hakeem, que la acompañaba en la visión— fue el fin de una era… y el principio de otra.
El joven avanzó por el gran salón, donde el sultán Kavirash Abda Segundo esperaba sentado en su trono, flanqueado por sus tres hijos menores.
El aire estaba impregnado de incienso y tensión.
El contraste entre los príncipes, impolutos y erguidos, y Hakeem, cubierto de sangre y tierra con la capa desgarrada, era brutal.
Phineas se acercó, caminando al lado del recuerdo, hasta detenerse cuando Hakeem se inclinó profundamente.
—Mi saludo a la luz del imperio… y a sus soles —dijo con voz ronca.
El sultán se incorporó ligeramente, entre sorprendido y confuso.
—No esperábamos tu victoria —declaró sin emoción.
Hakeem levantó la vista con una expresión seca, vacía, contenida.
—Ser el único sobreviviente… no fue una victoria.
El gran salón permanecía inmóvil, los ojos de todos fijos en Hakeem.
El sultán, sentado en su trono, entrecerró los ojos como si intentara desentrañar los pensamientos de su hijo mayor.
—Los sacrificios son necesarios, Hakeem —declaró Kavirash con solemnidad—.
Has cumplido con tu deber.
Te felicito por haberte apropiado de Ak’tenas.
Ahora esa tierra nos pertenece.
El joven herido soltó una risa seca, sin humor.
—¿Apropiarme?
No, padre… usted no entiende.
No tomé Ak’tenas, sino todo lo contrario.
Kavirash frunció el ceño y su tono se endureció.
—¿Qué estás diciendo?
¡Explícate!
Entonces Hakeem se llevó la mano al rostro.
Con determinación se arrancó el vendaje que cubría su ojo izquierdo.
Phineas contuvo el aliento.
Del ojo dorado brotó arena, como si el desierto mismo se manifestara a través de él.
La arena cayó al suelo de mármol arremolinándose, flotando, acumulándose.
Y ante todos los presentes, esa arena comenzó a tomar forma.
Un cuerpo se moldeó, un rostro joven emergió: de cabello naranja trenzado y unos ojos de color oro cruzados con líneas oscuras.
Era Aksha.
Los guardias gritaron y desenfundaron sus armas, rodeando a la figura que aún flotaba ligeramente sobre el suelo.
Pero antes de que pudieran actuar, Aksha levantó una mano con gesto sereno.
—Duerman.
Uno a uno, los cuerpos de los guardias cayeron al suelo sin emitir sonido alguno, como si una ola invisible los hubiera barrido.
El silencio se volvió abismal.
El sultán se levantó de su trono de un salto, sus ojos abiertos como platos, mientras sus labios temblaban.
Uno de sus hijos cayó de rodillas.
Otro simplemente retrocedió, horrorizado.
—¿Qué… qué eres tú?
—preguntó Kavirash con la voz quebrada.
Aksha no respondió al instante.
Caminó lentamente sobre el mármol con pies descalzos y una elegancia sobrenatural.
Se detuvo frente al trono y lo miró con esos ojos que no parecían pertenecer a este mundo.
—No es así como se trata a un dios —dijo.
Fue como si esas palabras, pronunciadas con una voz suave, hubieran roto una barrera.
El sultán se desplomó de rodillas.
Lágrimas corrieron por sus mejillas y su frente tocó el suelo con desesperación.
—Perdónanos… Perdónanos, oh divinidad del desierto… No sabíamos… Sus hijos lo imitaron al instante, postrándose ante la figura que emergía aún rodeada de arena suspendida.
Y Hakeem solo observaba; en su rostro no había júbilo ni orgullo.
Solo una melancólica firmeza.
—¿A qué se debe su visita, venerable divinidad?
—preguntó el sultán con la voz trémula, aún inclinado, sin osar alzar la mirada.
La figura de Aksha se detuvo frente a él, la arena aún danzando en su entorno como si el desierto entero lo siguiera.
—Estoy cansado —respondió el dios con voz serena pero inapelable—.
Cansado de que vuestro imperio crea tener derecho sobre la arena.
Cansado de que la codicia los lleve a profanar lo que no les pertenece.
Por eso vengo a retirar la bendición de los dioses sobre Azhara.
Un jadeo colectivo recorrió la sala.
El sultán alzó el rostro, pálido.
—¡No!
Por favor, gran señor… ¡No nos desampares!
¡Castíganos a nosotros, pero no al pueblo!
Para redimir nuestras ofensas mandaré a construir templos en tu honor.
Sacerdotes, plegarias, ofrendas… ¡todo será tuyo!
Aksha lo miró en silencio.
Luego, con desdén, giró apenas el rostro.
—No me interesan tus templos ni tus plegarias.
Son adornos vacíos.
Pero… —hizo una pausa, mirando al sultán desde lo alto— en vista de que muestras arrepentimiento, te concederé una oportunidad.
El sultán contuvo el aliento.
—Debes abdicar y entregar el trono al único de tus hijos que ha sido bendecido por el desierto.
El silencio se hizo espeso.
—Debes nombrar a Hakeem como tu sucesor.
Fue entonces que los murmullos estallaron.
Uno de los hijos del sultán, el mayor después de Hakeem, dio un paso adelante con indignación.
—¡Padre, no puede hacer eso!
¡El trono no debe ser manchado con sangre impura!
Phineas, aún observando el recuerdo desde la distancia de los años, giró el rostro hacia el Hakeem real.
Él no la miró, pero sabía que sus ojos estaban en él.
—Mi madre era una odalisca —dijo con calma, casi con resignación—.
Servía en los aposentos de la sultana.
Una noche se escabulló entre las sombras hasta la alcoba del sultán.
Creía que si le daba el primer heredero, la haría parte del harén como concubina.
Pero fue ejecutada por su atrevimiento.
Yo… fui el precio que pagó por esa noche.
Y como “la semilla del sultán es sagrada”, me reconocieron como hijo… pero no como igual.
Siempre fui el hijo de la vergüenza.
El bastardo tolerado.
El recuerdo viviente de una pecadora.
Phineas tragó saliva, como si aquellas palabras le pesaran en el pecho.
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