La nieve que cae en el desierto - Capítulo 75
- Inicio
- Todas las novelas
- La nieve que cae en el desierto
- Capítulo 75 - 75 Capítulo 74 El surgimiento de una nueva era
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
75: Capítulo 74: El surgimiento de una nueva era 75: Capítulo 74: El surgimiento de una nueva era El recuerdo de Hakeem seguia desplegándose ante los ojos de Phineas.
El gran salón de mármol se tornó aún más silencioso, como si los muros mismos se negaran a respirar.
El sultán, aún postrado, alzó la mirada hacia Aksha con súplica.
—Por favor… te lo ruego, gran señor… pide otra cosa.
Cualquier otra cosa.
Aksha lo miró, ladeando la cabeza como si evaluara a un niño que no entendía las reglas de un juego.
—Qué aburrido —murmuró, decepcionado—.
Muy bien… entonces cambiaré mi petición.
Si tanto te cuesta renunciar al poder, que sea el destino quien lo reclame.
El dios dio un paso más hacia el centro del salón.
Su voz se volvió más profunda, más inquebrantable.
—Uno de tus hijos morirá.
Y tú decidirás cuál.
Un temblor sacudió al sultán.
Todos sus hijos —incluido Hakeem, aún de pie— alzaron la vista al unísono.
Sus ojos convergieron en él.
Todos sabían que algo imposible acababa de ocurrir.
Fue entonces que una voz resonó desde un rincón, una que hasta el momento había permanecido callada.
—¡¿Qué clase de dios le exige a un padre escoger cuál de sus hijos debe morir?!
La pregunta retumbó con una mezcla de valentía y desesperación.
Era Padma, la princesa menor, la hija más silenciosa y observadora del sultán.
Había estado allí todo el tiempo, apenas una sombra junto a los pilares.
Aksha se volvió hacia ella.
Su expresión se suavizó apenas, y por un instante hasta pareció divertido por la osadía.
Pero el sultán no necesitó más.
Con un suspiro profundo y sin dudarlo, dijo: —Entonces… será mi hijo mayor.
—¡No!
—Padma gritó, corriendo hacia el centro del salón—.
¡Por favor, gran señor!
¡Él no merece morir!
Aksha la miró con sus ojos cruzados de luz.
Una sonrisa serpenteó por su rostro.
—Tranquila, pequeña flor.
Tu padre ha tomado una decisión sabia.
Porque si hubiese elegido a cualquiera de los otros… sí los habría matado.
Son inútiles.
El silencio volvió a caer como una losa.
Todos se quedaron inmóviles, sin comprender del todo.
—¿Qué… qué estás diciendo?
—preguntó el sultán.
Aksha volvió la vista a Hakeem.
Su voz entonces sonó con un eco poderoso.
—No hablo de una muerte literal.
Hablo de una renuncia.
Dejarás de ser quien fuiste.
Hakeem Abda, príncipe bastardo del Imperio de Azhara, morirá esta noche.
Aksha alzó una mano y la arena comenzó a girar a su alrededor, formando la silueta de una ciudad aún no nacida.
—A partir de ahora serás Hakeem I, Sultán de Ak’tenas.
Un reino nuevo, uno que nacerá bajo mi protección y dominio, y que tú levantarás desde sus cimientos.
Un murmullo ahogado cruzó la sala.
El sultán retrocedió, horrorizado.
—¿Él?
—dijo—.
De todos mis hijos… ¿eliges al menos preparado?
¿Al que lleva la sangre de una odalisca?
Aksha clavó en él una mirada incandescente.
—Sí.
Porque es el único que no busca el trono.
Tus otros hijos… traerán ruina.
Ninguno llevará prosperidad a tu imperio.
Pero él… él será recordado como el primer pilar de una nueva era.
Phineas observaba todo sin pestañear.
Entendía al fin por qué Hakeem no hablaba de su título con orgullo: porque su reinado era fruto de un decreto divino, de un destino impuesto, de algo que él jamás pidió.
El silencio en la sala era absoluto.
Pero Aksha, ajeno a la conmoción que sus palabras habían causado, dio un último paso al frente.
Su túnica flotaba con la danza invisible de la arena.
—Recuerda mis palabras, sultán de Azhara —dijo con seguridad—.
Algún día tu imperio caerá.
Y cuando ese día llegue… lamentarás haber entregado a tu hijo mayor.
No por lo que perdiste, sino por lo que dejaste ir.
— La visión se fragmentó como un vidrio roto.
El mundo giró.
Y cuando volvió a asentarse, Phineas y Hakeem ya no estaban en el palacio de Azhara.
Ahora se encontraban en medio del desierto.
No era cualquier momento.
No era cualquier lugar.
Ante sus ojos, Ak’tenas comenzaba a nacer.
Los rayos del sol bañaban las dunas, y viejas estructuras de piedra emergían desde el corazón de la arena, como si el tiempo hubiese decidido devolverlas al presente.
Algunos edificios aún conservaban vestigios de una civilización anterior, mientras que otros eran moldeados por gólems de piedra y arena que se movían con una precisión sobrenatural: colocando bloques, elevando torres, dibujando caminos en la nada.
Aksha estaba allí, en el centro de todo, con la arena girando a su alrededor como un remolino constante.
A su lado, Hakeem, aún herido, aún con vendajes, observaba en silencio el nacimiento del reino que ahora llevaría su nombre.
Phineas apenas podía parpadear.
—Esto… esto es irreal —murmuró.
—Lo es —respondió Hakeem con tono sereno pero cargado de significado—.
Y por eso no lo vas a encontrar en ningún libro de historia.
Ella lo miró, y entonces comprendió por qué quería ser él quien le contase la historia.
La imagen comenzó a desvanecerse.
El desierto se deshizo en polvo dorado, las estructuras se disolvieron en luz, y Aksha fue lo último en desvanecerse, con una sonrisa apenas perceptible en su rostro.
— La oscuridad volvió, seguida del tenue sonido del agua de la fuente.
Y al abrir los ojos, Phineas y Hakeem estaban de nuevo en los jardines del palacio, bajo el mismo cielo estrellado.
Por un instante solo se escucharon los grillos, las hojas agitándose suavemente y el agua deslizándose por los bordes de la fuente.
Hakeem la observó con calma.
Sus ojos —uno que volvió a ocultar bajo el parche, el otro centelleante en tono aceituna— se posaron en ella con suavidad.
—¿Qué te pareció la historia?
—preguntó finalmente en voz baja.
Phineas no respondió de inmediato.
Sus dedos juguetearon con el borde de la chalina que aún llevaba sobre los hombros.
Luego lo miró, no con duda, sino con una sinceridad que se sentía cálida.
—¿Estás bien?
—preguntó con delicadeza—.
Me refiero… no debe ser fácil rememorar esas cosas y abrir esas viejas heridas.
Hakeem giró apenas la cabeza, como si la pregunta lo hubiese tomado por sorpresa.
—¿Y por qué piensas que son heridas?
Phineas bajó la vista por un momento, como si midiera sus palabras.
Luego alzó de nuevo la mirada, seria.
—Porque en ningún momento pude apartar los ojos de tu versión más joven.
Esa mirada…
era la de alguien que había perdido demasiado, la de alguien herido.
Él guardó silencio por un instante.
Luego sonrió, no con tristeza, sino con empatía, como si reconociera la verdad en sus palabras pero no con pesar.
—Tal vez… lo fue —su mirada se posó en el reflejo de la fuente—.
Pero con el tiempo, esas heridas se volvieron cicatrices.
Se tocó el pecho con suavidad, como si pudiera sentirlas aún allí, invisibles pero persistentes.
—Y las cicatrices no duelen, solo recuerdan.
Phineas lo miró con algo parecido a la admiración, y por un momento ninguno dijo nada.
No hacía falta.
Entonces, ella se incorporó del borde de la fuente.
Dio unos pasos silenciosos hasta quedar justo detrás de él.
Hakeem seguía mirando el reflejo en el agua cuando sintió los brazos de ella rodearlo con suavidad, envolviéndolo en un abrazo desde atrás.
Su cuerpo se tensó de forma involuntaria, como si ese gesto lo hubiese tomado por completo por sorpresa.
Pero no se apartó.
Cerró los ojos lentamente, y tras unos segundos, dejó que su espalda se recostara con lentitud contra el pecho de Phineas.
Su mano se deslizó hacia las de ella, apoyándose sobre ellas con firmeza y una fragilidad inesperada.
—Es… —murmuró—.
Es la primera vez que alguien me abraza así.
Phineas abrió un poco los labios, sin saber qué decir.
Sintió la necesidad de retirarse, de no invadirlo más de lo necesario.
Comenzó a moverse, pero antes de que pudiera alejarse, Hakeem sostuvo con firmeza sus manos.
—No —dijo, sin levantar la voz —.
Quedémonos así un poco más.
En ese instante hubo un silencio largo, pero cálido.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com