La nieve que cae en el desierto - Capítulo 76
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- Capítulo 76 - 76 Capítulo 75 Miedo a preguntar y miedo a responder
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76: Capítulo 75: Miedo a preguntar y miedo a responder 76: Capítulo 75: Miedo a preguntar y miedo a responder Lejos, entre los muros de Ak’tenas, los últimos faroles flotaban como luciérnagas sin rumbo, apagándose uno a uno mientras la noche regresaba a su forma más serena.
Kou bajó del carruaje en silencio.
Tenía las botas empolvadas, el cuerpo tenso, y el recuerdo del callejón todavía adherido a la piel como una sombra.
Nubia —en su forma humanoide— se despidió con una mirada que no necesitaba palabras, y desapareció por uno de los corredores laterales del palacio.
Él, en cambio, caminó hacia los jardines.
Donde entonces la vio.
Phineas sentada al borde de la fuente, sola, con la espalda recta, envuelta en una chalina dorada.
La brisa nocturna agitaba su cabello corto y el reflejo del agua le pintaba luces danzantes a su alrededor.
Kou se detuvo.
Por un momento, no supo si debía acercarse.
Algo en su interior dudaba, tal vez porque verla allí, esperándolo, le hacía punzar una parte del pecho que no sabía que podía dolerle.
Ella rápidamente giró el rostro y sus miradas se encontraron.
No dijo nada al principio.
Solo lo miró.
Una mirada simple, sin reproches, sin exigencias, pero era justamente esa calma lo que más lo desarmaba.
—Te tardaste —dijo finalmente Phineas, con un tono suave que, sin embargo, parecía guardar una infinidad de emociones.
Kou bajó la vista y avanzó un par de pasos.
El aire fresco del jardín contrastaba con el calor que sentía aún en sus palmas.
—Hubo algunos contratiempos —fue todo lo que le respondió.
Ella no insistió.
Solo se hizo a un lado sobre el borde de la fuente, dejando espacio para él.
—¿Quieres sentarte?
Él dudó una fracción de segundos, pero luego asintió, dejándose caer a su lado con cierta pesadez.
El silencio entre ambos fue largo y por momentos incómodo, como si tuviesen miedo, uno de preguntar y otro de responder.
—¿Estás bien?
—le preguntó Phineas al fin, bajando la mirada para no verlo.
Kou no respondió inmediatamente.
Se limitó a frotarse la palma con el pulgar, tratando de limpiar los rastros de sangre que ya no estaban.
Luego, alzó apenas los hombros.
—Sí.
No tienes que preocuparte por mí.
Phineas suspiró y, por un instante, pareció a punto de decir algo más, pero se contuvo.
Kou se dio cuenta de aquel detalle, pero decidió pasarlo por alto, porque para él era más conveniente evitar preguntas.
—¿Quieres que entremos al banquete?
—preguntó, tratando de dejar de lado el incidente del festival.
Ella lo miró con una ligera sonrisa.
Aunque su expresión aún era algo cansada, había en sus ojos una chispa de curiosidad.
—Me encantaría, después de todo, quiero ver cómo es un banquete en Ak’tenas —respondió con sinceridad.
Kou asintió, y ambos caminaron por el sendero de piedra que conectaba los jardines con los salones principales.
A medida que se acercaban, la música se volvía más nítida y el bullicio de las voces se mezclaba con los cánticos.
Las grandes puertas doradas estaban abiertas, revelando el corazón palpitante del palacio en plena celebración.
Apenas cruzaron el umbral, él notó cómo varias cabezas giraban hacia ellos.
Al principio pensó que era por él, por sus rasgos exóticos, pero pronto comprendió que no era a él a quien miraban.
Era a Phineas.
No solo por su belleza singular, de piel clara y ojos púrpura que contrastaban con el tono canela predominante en la corte, sino por la chalina que llevaba aún sobre sus hombros.
La del Sultán.
—¿Lo ven?
Es el manto de ceremonia… —susurró una mujer desde una mesa lateral.
—¿Ella será una nueva concubina…?
—empezó otro, cuya voz quedó ahogada por el murmullo creciente.
Kou frunció el ceño, no le gustaban esas miradas.
No por celos, sino por lo que podían implicar, por los rumores que podían desatar.
Sin pensarlo demasiado, se giró hacia Phineas y le tendió la mano.
—¿Puedo llevarte la chalina?
—preguntó con naturalidad, su tono era ligero.
—¿Eh?
—ella lo miró algo confundida.
—Es que… —añadió bajando un poco la voz— en Ak’tenas es de mala educación usar prendas ceremoniales sin ser parte de la realeza.
Lo toman como una falta de respeto.
Y no quisiera que nadie piense mal de ti.
Ella lo miro un instante, sorprendida.
Luego, asintió con una media sonrisa, casi avergonzada.
—Gracias, no lo sabía.
—Descuida, para algo soy tu escolta—dijo Kou, tomando la chalina con cuidado y doblándola antes de guardarla bajo su brazo.
Y así continuaron su ingreso, como si nada hubiese ocurrido.
Pero Kou, en silencio, seguía atento a cada mirada y murmullo, decidido a que nada más le arruinaría aquella noche a Phineas, no después de lo que había sucedido en el festival.
En el fondo, él deseaba darle la noche de Mahmud que se merecía.
El sonido de los cascabeles y las monedas bordadas en los velos comenzó a llenar el salón.
Era sutil al principio, hasta que la música se alzó con fuerza y las bailarinas irrumpieron en el centro del banquete, deslizándose con gracia sobre las alfombras ornamentadas.
Sus movimientos eran hipnóticos, y cada paso, cada giro, parecía dibujar palabras invisibles en el aire.
Kou, acostumbrado ya a los espectáculos de Ak’tenas, observaba sin demasiado interés, hasta que una de las bailarinas se acercó directamente a Phineas.
Con una sonrisa y una mano extendida, la invitó a unirse.
Ella se quedó quieta por un instante, sorprendida, como si no estuviera segura de si debía aceptar.
Sus ojos buscaron los de Kou, casi como si le pidiera permiso.
Él, con diversión, dio un pequeño paso hacia atrás y le dedicó una fugaz sonrisa, un gesto silencioso que decía “ve”.
Y ella fue.
Con una timidez que pronto fue vencida por la música y el ánimo del lugar, Phineas permitió que las bailarinas la rodearan y la guiaran.
Pronto comenzó a moverse, primero con inseguridad, luego con una elegancia que parecía innata.
Sus manos siguieron el ritmo, sus pies danzaron al compás, y su figura se entrelazó con las demás como si siempre hubiese sido parte de ese mundo.
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