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La nieve que cae en el desierto - Capítulo 77

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77: Capítulo 76: ¿Sera por el alcohol?

77: Capítulo 76: ¿Sera por el alcohol?

Kou no podía apartar la vista.

Había algo hipnótico en Phineas.

La forma en que sus ojos brillaban con un fulgor distinto, más libre, más salvaje.

Solo era ella.

Bailando entre los colores, las luces y los sonidos.

Y él, inmóvil en medio del bullicio, sintió cómo algo dentro suyo se agitaba con fuerza.

Fue entonces cuando una mano firme se posó sobre su hombro, arrancándolo de su trance.

Kou parpadeó y giró la cabeza, encontrándose con un guardia del palacio que, sin necesidad de levantar la voz, se inclinó apenas para susurrarle al oído: —El sultán desea verlo en su despacho cuando la fiesta haya terminado.

Kou asintió en silencio, sin sorpresa.

En el fondo, ya lo esperaba.

El guardia, sin apartarse aún, añadió en voz baja: —También me pidió que le solicitara la chalina dorada que lleva consigo.

Dice que la precisa de vuelta.

Sin hacer preguntas, Kou deslizó la mano bajo su brazo y extrajo la prenda doblada que había guardado con cuidado.

Se la entregó al guardia, quien la tomó con una reverencia discreta antes de desaparecer entre la multitud.

Su mirada se alzó entonces, cruzando el salón, y se encontró con la de Hakeem.

El sultán estaba sentado en su trono, ligeramente recostado hacia un lado, con el brazo apoyado en el descansabrazos y la mano sosteniéndose el rostro.

A pesar del bullicio a su alrededor, parecía ajeno al espectáculo, atento solo a él.

Y entonces, como si el mensaje del guardia hubiese sido tan solo una formalidad, Hakeem le dedicó una sonrisa.

Tranquila.

Inalterable.

Como si ya supiera todo.

«Ya sabe lo que pasó en el callejón», pensó.

Kou, Nervioso, tomó una copa de una de las bandejas que llevaba un sirviente que pasaba cerca.

El líquido ondeó apenas antes de que se lo llevara a los labios y bebiera de un solo trago.

El sabor era fuerte, especiado, típico de los vinos orientales.

Aún así, no hizo una mueca.

Solo se limpió la boca con el dorso del brazo y dejó la copa vacía sobre la primera superficie que encontró.

En ese momento, estallaron los aplausos.

El baile de las artistas había llegado a su fin, y los invitados, deslumbrados, celebraban con entusiasmo.

Guiado por un impulso que ni siquiera él entendía completamente —¿la bebida?, ¿el ambiente?— se acercó a Phineas.

Ella lo observó con los ojos aún brillando por la emoción de la danza.

Kou se inclinó con cierta torpeza y, extendiéndole la mano, le preguntó: —¿Bailarías conmigo?

Ella no respondió inmediatamente.

Lo miró como si intentara descifrar algo en su rostro, y entonces, como si encontrara allí lo que buscaba, le tomó la mano con suavidad.

—Claro que sí —respondió, sonriéndole con una seguridad calma.

Y así, entre los murmullos y una nueva melodía que comenzaba, ambos se adentraron en la pista del salón.

Él colocó con delicadeza su mano en la cintura de Phineas, guiándola con pasos ligeros y medidos.

No era un experto en los bailes formales de palacio, pero algo en ella hacía que todo fluyera con naturalidad.

Ella lo seguía sin esfuerzo, como si conociera cada uno de los pasos.

Sus miradas se cruzaban, primero como parte de la coreografía, luego, como algo más.

Los ojos de Kou descendieron hacia los labios de Phineas, y entonces, lo sintió.

Un calor subiendo por su pecho, hasta llegarle a la garganta, al rostro, a las puntas de los dedos.

El mundo parecía moverse más lento.

La música, lejana.

El ambiente, nebuloso.

«Creo que me pasé con la bebida», pensó, tragando saliva.

Porque era la primera vez que aquella idea fugaz —la de querer posar sus labios sobre los de alguien más— se colaba sin permiso en su mente.

De inmediato, como si aquel pensamiento fuera un delirio, como si se hubiese acercado peligrosamente a una puerta que no debiera ser abierta.

Desvió el rostro.

Y, sin pensarlo, sin buscar un porqué claro, una pregunta escapó de sus labios: —Dime ¿Crees que soy una buena persona?

Phineas parpadeó, sorprendida por la pregunta, pero no soltó su mano ni detuvo el ritmo de la danza.

Solo lo miró con esa templanza innata que a veces solía mostrar.

—Esa es una pregunta difícil —respondió con honestidad—.

Por un lado, porque nos conocemos hace poco tiempo.

Y por otro… Porque decir si alguien es “bueno” o “malo” no es tan simple.

Es una respuesta compleja, tanto como la pregunta.

Y no creo estar en condiciones de darte una respuesta justa.

Kou asintió en silencio.

No esperaba una respuesta clara, tal vez ni siquiera esperaba una respuesta.

Solo quería oírla.

Tal vez necesitaba que alguien, aunque fuera con una duda, lo viera de una forma distinta a como él se percibía.

La música seguía envolviéndolos, marcando los pasos con suavidad, mientras la joven, tras un breve instante, continuó hablando: —Pero sí hay cualidades que puedo decir sobre ti —añadió—.

Eres alguien atento, aunque no te guste admitirlo.

Un excelente maestro de espada, paciente y claro, que se preocupa genuinamente por sus aprendices, incluso cuando disimula esa preocupación con silencios incómodos.

Kou frunció los labios, avergonzado y a la vez halagado, pero guardó silencio.

—También sé —prosiguió ella— que aunque seas reservado, aunque muchas veces parezca que no disfrutas de la compañía, en el fondo, sí te gusta compartir con los demás.

Tienes un corazón que observa más de lo que habla.

La música bajó un poco el ritmo, y Phineas se acercó levemente, con sus ojos fijos en los de él.

—Y no dudo que todo eso sean cualidades de una buena persona.

Kou tragó saliva sintiendo que algo se deshacía en su pecho.

La pista de baile, los invitados, el palacio entero pareció difuminarse en la calidez de esa afirmación.

Por primera vez en mucho tiempo, se sintió visto.

No por lo que ocultaba, ni por lo que fingía, sino por lo que era.

Y tal vez fue ese reconocimiento lo que hizo que, sin pensarlo y guiado solo por el impulso del momento, acercara su rostro, acortando aún más la distancia entre ambos.

Sus labios apenas estaban a unos centímetros de los de ella, y pronto, estarían unidos.

Sin embargo, una mano firme se posó sobre su hombro.

Kou giró la cabeza sobresaltado, solo para encontrarse con la mirada del sultán.

Hakeem estaba ahí, de pie, firme y a la vez sereno, y con una ceja apenas alzada.

—Disculpa la interrupción —dijo con cortesía, dirigiéndose a Phineas—, pero necesito hablar con tu acompañante.

Es sobre un tema importante ¿Verdad, Kou?

—añadió, apretándole el hombro con una fuerza leve, pero la suficiente como para hacerlo reaccionar.

Kou parpadeó, aún atrapado entre la bruma del momento y el vértigo de lo que estuvo a punto de hacer.

Dio un paso atrás, liberando a Phineas de su abrazo, y asintió con torpeza.

—¡Sí, Así es!

Pero cuando volvió el rostro hacia Hakeem, su visión titubeó.

Un velo negro comenzó a descender por su mirada, los sonidos se amortiguaron, y el suelo pareció alejarse.

—¿Kou?

—preguntó Phineas con alarma, justo antes de que el cuerpo del joven se tambaleara y cayera hacia un costado.

Hakeem fue el primero en sujetarlo, impidiendo que se golpeara contra el suelo de mármol.

Lo sostuvo con facilidad, suspirando con resignación.

—Perdón… Bebí alcohol con el estómago vacío —murmuró Kou, mientras Hakeem miraba a un guardia e indicaba con un gesto que lo ayudaran a llevarlo fuera de allí.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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