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La nieve que cae en el desierto - Capítulo 79

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  4. Capítulo 79 - 79 Capítulo 78 Rodonita
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79: Capítulo 78: Rodonita 79: Capítulo 78: Rodonita Con un leve gesto de la mano, Hakeem llamó a dos guardias.

Estos se acercaron de inmediato y, sin una sola palabra, tomaron a Kou por los hombros para cargarlo.

El sultán, inclinándose apenas, murmuró con voz baja y firme: —Llévenlo a mi despacho.

Los soldados asintieron y se llevaron al inconsciente a través del gentío.

Bajir, captando la señal, dio un paso al frente y elevó la voz sobre las conversaciones del salón: —La celebración ha finalizado.

El sultán agradece su presencia y compañía.

Los invitados comenzaron a inclinarse y a encaminarse hacia las puertas, aún comentando entre risas y aplausos apagados.

Phineas, que permanecía a un lado de Hakeem, se inclinó en una reverencia elegante.

—Gracias por permitirme asistir —dijo, girándose para retirarse.

Pero él, en un movimiento más rápido que el pensamiento, tomó su muñeca, deteniéndola.

Su piel se sintió increíblemente suave bajo sus dedos, enviando una descarga eléctrica por su brazo.

—Espera, quédate aquí hasta que todos se retiren —pidió, y por primera vez en la noche, su voz tuvo un matiz de vulnerabilidad.

Ella dudó por un instante, pero terminó asintiendo con un leve “sí”.

Entonces Hakeem se volvió hacia Bajir.

—Dile a los músicos que no se retiren todavía —ordenó en voz baja.

—Como desee, mi señor —respondió, inclinándose antes de dirigirse hacia el grupo de intérpretes.

Uno a uno, los últimos invitados abandonaron el salón, llevándose consigo las voces y el bullicio de la celebración.

Los músicos, obedeciendo la orden del sultán, permanecieron en sus lugares, afinando discretamente sus instrumentos.

Cuando el eco de las puertas cerrándose llenó el aire, Hakeem se puso de pie y caminó lentamente hacia Phineas.

Ella lo miró con cierta confusión.

—Bailaría conmigo, hermosa dama—dijo él, sin rodeos.

Ella parpadeó, sorprendida.

—¿Ahora?

—Ahora —confirmó, ofreciéndole su mano con un gesto que parecía tranquilo, pero con esa intensidad ardiente en la mirada que no admitía un “no” por respuesta.

Phineas se cubrió la boca y dejó escapar una pequeña risa.

«Que linda» pensó Hakeem al oírla.

—No puedo decirle no a un sultán —dijo unos segundos antes de colocar su mano en la de él, sintiendo inmediatamente el calor que emanaba de su piel.

Así, Hakeem la condujo suavemente hacia el centro del salón, y al instante, las cuerdas y flautas comenzaron a llenar el aire con una melodía pausada y seductora.

Él mantenía una mano firme en su cintura, sintiendo la curva de su cuerpo a través de la tela, y otra sosteniendo la suya, guiándola con cuidado.

No apartaba la mirada de ella, y aunque su rostro permanecía sereno, en el fondo una chispa ardía.

La incomodidad —que ahora reconocía como celos puros y ardientes— de haberla visto bailar con otro hombre.

Con cada giro la acercaba un poco más, hasta que pudo sentir su respiración contra su cuello, hasta que el perfume de su piel se volvió más intoxicante que cualquier droga.

La tensión entre ellos se volvió casi eléctrica.

Cuando la última nota se desvaneció, él no soltó su mano de inmediato.

En cambio, llevó la otra a su túnica y extrajo un pequeño brazalete, finamente trabajado, adornado con piedras de un rosa suave y vetas oscuras.

—Esta piedra es rodonita —explicó, tomando con suavidad la muñeca de Phineas.

Sus dedos, firmes pero cuidadosos, rozaron su pulso acelerado mientras ajustaba el brazalete hasta que quedó perfectamente ceñido, como una caricia permanente—.

En mi tierra, simboliza el perdón, la fortaleza… y la sanación.

Elevó la vista hacia ella, sosteniéndole la mirada.

—Quise dártelo hace un rato, en la fuente —continuó, con una voz más baja, casi íntima—.

Pero entonces no tenía la misma confianza que tengo ahora.

Phineas bajó la mirada hacia el brazalete, recorriendo con los dedos las vetas oscuras de la piedra.

—Gracias… —murmuró, su voz apenas un susurro—.

Pero… ¿por qué este regalo?

—Es mi manera de disculparme contigo —respondió, su voz aún más ronca—.

Por lo del calabozo.

Por mi descuido… tuviste que revivir heridas que no merecías recordar.

Ella lo miró con un sobresalto en los ojos y, de forma instintiva, se aferró a las mangas de su atuendo y lo jaló hacia ella.

—Eso no fue tu culpa —dijo, con un brillo en la mirada—.

No deberías responsabilizarte por eso.

Hakeem quedó desconcertado por la cercanía de sus rostros, por la calidez de su aliento contra su piel, sintiendo cómo un calor inesperado ascendía hasta sus mejillas y se extendía por todo su cuerpo.

Phineas, al notar el rubor en su rostro y la forma en que su ojo visible se oscurecía más, se sonrojó también y retrocedió un paso, llevándose una mano temblorosa al pecho para sentir su corazón acelerado.

—Perdón… fue atrevido de mi parte.

Hakeem negó suavemente con la cabeza, levantando una mano para rozar apenas su mejilla con los nudillos.

—No hay nada que disculpar —respondió, aclarándose la garganta.

Phineas respiró hondo, bajando la mirada un instante.

—Creo que ya es hora de que me retire.

—Tienes razón —admitió Hakeem, pero antes de que ella pudiera dar un paso atrás, añadió—: Mañana por la mañana encontrarás un nuevo guardarropa en tu habitación.

Son vestidos confeccionados con diseño doreano.

Phineas arqueó una ceja, sorprendida.

—¿Y ese cambio repentino?

¿Acaso me veo mal con la ropa tradicional de Ak’tenas?

Hakeem quedó sorprendido por la pregunta, y pronto, como si lo hubieran atrapado fuera de guardia, se apresuró a responder: —¡No!

¡Todo lo contrario!

Con esas prendas te ves como la mismísima Kanda.

—¿Quién?

—La diosa tallada en la entrada principal del palacio —explicó él—.

Sus esculturas están repartidas por todo el desierto.

Phineas quedó pensativa.

—Su nombre me resulta familiar… aunque no recuerdo dónde lo escuché antes.

—En fin… —Hakeem suavizó la voz, queriendo disipar la incomodidad—.

Mandé confeccionar esos diseños con la intención de que te sientas un poco más cercana a tu hogar.

Phineas sonrió con suavidad ante sus palabras, bajando la mirada hacia el brazalete que aún brillaba en su muñeca.

—Gracias Hakeem —dijo con suavidad—.

Por esto… y por el gesto.

Él no respondió de inmediato; se limitó a sostener su mirada, como si quisiera grabar en su memoria cada rasgo de su expresión.

—Descansa, Phineas —dijo finalmente, con un timbre grave y sereno—.

Mañana será un nuevo día.

Ella asintió y, con una reverencia discreta, dio media vuelta para dirigirse hacia la salida del salón.

Hakeem la siguió con la vista hasta que su figura desapareció entre las columnas.

Solo entonces se permitió exhalar, como si hubiese estado conteniendo algo durante todo el encuentro.

El eco de sus pasos quedó en el aire, y la quietud que siguió fue interrumpida por la voz de Bajir, que se acercó para recordarle que Kou ya lo aguardaba en su despacho, tal y como él había ordenado.

—Perfecto —murmuró Hakeem, levantándose del trono con una calma estudiada.

Ajustó su túnica, lanzó una última mirada hacia la puerta por donde Phineas había desaparecido y, con paso firme, se retiró del salón, dejando atrás el brillo de los candelabros para adentrarse en los pasillos silenciosos que conducían a su encuentro con Kou.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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