La nieve que cae en el desierto - Capítulo 82
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82: capítulo 81: Lotte 82: capítulo 81: Lotte Durante catorce días, Aksha había permanecido en silencio, oculto tras la apariencia discreta de una alondra que surcaba los cielos abrasadores de Ankarà.
Sus alas pequeñas y ágiles le permitían seguir de cerca a un grupo reducido que avanzaba lentamente por las dunas doradas.
Entre ellos iba un niño.
Desde el instante en que puso un pie en el desierto, Aksha lo había notado.
Su alma destacaba como un diamante entre rocas común, tan clara y valiosa que parecía irradiar su propia luz.
No era igual a la de Phineas, que brillaba con un fulgor único y poderoso, ni como la de Hakeem, envolvente como un océano profundo y sereno.
No.
La de aquel niño resaltaba de una forma que lo inquietaba: por su extraña familiaridad.
Porque Aksha ya conocía esa esencia.
Y sin embargo, era imposible.
Aquella presencia no debía existir en este mundo.
Día tras día observaba a los viajeros desde lo alto, esperando descubrir sus intenciones mientras el sol despiadado castigaba las arenas.
A veces descendía suavemente y, en un arranque de osadía, se posaba sobre el hombro del niño.
El pequeño cuerpo se tensaba ligeramente bajo sus diminutas garras, pero nada más.
Quería comprobar si lo reconocía, si había algún indicio de que aquel vínculo seguía latente en algún rincón de su memoria.
Pero el niño se limitaba a seguir aferrado a su protector, buscando calor y resguardo como cualquier otro crío asustado.
«¿Será su alma?», se repetía una y otra vez.
«¿O será un alma que comparte una esencia parecida?».
La incertidumbre lo carcomía por dentro como ácido.
Más de una vez estuvo tentado a revelar su forma verdadera, a mirarlo directamente a los ojos para confirmar lo que su instinto le gritaba.
Pero se contuvo.
Todavía no era el momento adecuado.
Y así, entre la duda y una ansiedad que lo consumía lentamente, Aksha continuó vigilando desde las alturas, desesperado por confirmar la sospecha que amenazaba con volverlo loco.
Esperó pacientemente hasta que el grupo encontró refugio en una cueva de paredes irregulares que ofrecía respiro del calor asfixiante.
Uno a uno, fueron cayendo en el sueño, sus respiraciones se volvieron profundas y regulares.
Incluso el niño se rindió al cansancio, acurrucado contra su protector como un cachorro buscando calor.
Con un susurro, tejió los hilos de la realidad a su alrededor.
La cueva se desvaneció gradualmente, llevándose consigo el aroma a piedra húmeda y el eco de las respiraciones, reemplazada por un espacio que existía entre el sueño y la vigilia, un rincón de la conciencia al que solo él podía acceder.
Era un lugar donde las almas podían manifestarse sin las limitaciones del cuerpo físico, donde la verdad no podía ocultarse tras máscaras de carne y hueso.
Allí, aisló el alma del pequeño y la condujo hacia aquel prado de su creación: un lugar de hierba verde y esmeralda y cielo infinito que había nacido de sus recuerdos más preciados, cuando el mundo aún le parecía hermoso.
Lo que vio lo dejó helado.
Ante él no estaba aquel niño pequeño y callado, sino una figura que conocía demasiado bien: cabello cobrizo que capturaba la luz como cobre fundido, ojos color café que guardaban la calidez de los atardeceres que una vez compartieron.
Cada rasgo, cada gesto, cada destello de esa mirada…
No había error posible.
Era ella.
Era Lotte.
Durante milenios, Aksha había observado a los mortales con la misma indiferencia con que se contempla el paso de las nubes.
Sus vidas eran suspiros breves, sus emociones ondas en un estanque que pronto se calmaba.
hasta que una vez conoció a una joven llamada Lotte.
Ella había sido enviada desde otro mundo, y él se había visto obligado a ayudarla a regresar al lugar al que pertenecía.
En el breve período que compartió junto a ella, Aksha experimentó algo que creía imposible: el peso dulce y terrible del afecto.
Y también descubrió lo que significaba perderlo, cuando llegó el momento inevitable en que ella tuvo que volver a su mundo.
Eso había ocurrido cientos de años atrás.
Convencido de que nunca volvería a verla, se había resignado.
Hasta ahora.
Porque allí estaba, de pie en el pequeño prado verde que él mismo había creado como ilusión, con esa sonrisa que había guardado en su memoria durante siglos.
Tan real como el día en que la vio por última vez.
Él quedó rígido, incapaz de decidir cómo reaccionar.
Entonces, sin darle tiempo a pensar, Lotte corrió y lo abrazó con fuerza.
—Estoy feliz de volverte a ver, Aksha.
—susurró con aparente felicidad.
El dios vaciló unos segundos.
Su instinto le decía que no debía corresponder, Pero al final, como si su cuerpo recordara lo que su mente había tratado de olvidar, sus brazos se cerraron lentamente alrededor de su cintura.
Hundió el rostro en su pecho, y por un instante algo cálido y casi olvidado volvió a florecer en su interior, un eco de lo que había creído perdido para siempre.
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