La nieve que cae en el desierto - Capítulo 83
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83: Capítulo 82: Afecto 83: Capítulo 82: Afecto Aksha pronto reaccionó y se apartó de ella con brusquedad.
—Sabía que eras tú —dijo con tono de alerta y los ojos afilados como cuchillas—.
Pero no deberías estar en este mundo.
Lotte sostuvo su mirada por un momento, sin retroceder ante la intensidad de sus ojos dorados, y luego asintió con una serenidad que lo desconcertó.
—Así es…
pero lo logré.
Volví a este mundo.
Aksha entrecerró los ojos, y fue entonces cuando lo notó: en el dorso de su mano brillaba una marca, inconfundible, el sello de un dios.
—Dime que no… —murmuró con un nudo en la garganta—.
Dime que no hiciste un pacto para estar de regreso aquí.
La joven desvió la mirada hacia el horizonte infinito del prado, donde las nubes se movían lentamente.
Su silencio fue más elocuente que cualquier respuesta, hasta que finalmente confesó: —Sí lo hice.
Para volver a verte… tuve que pactar.
Un estremecimiento recorrió el cuerpo de Aksha.
Los dioses no temían, pero en ese momento, algo muy parecido al terror se apoderó de él.
Avanzó un paso hacia ella, cerrando la distancia que los separaba.
—¿Con quién?
¿Con qué dios pactaste?
En su interior rogaba que no hubiese sido él, ese sujeto.
Lotte tragó saliva, visiblemente nerviosa bajo el peso de su mirada.
—Fue con la diosa Samsara.
Ella me devolvió a este mundo.
La desesperación de Aksha cedió apenas al escuchar ese nombre.
No era el que temía.
Samsara era implacable, pero no cruel por naturaleza.
Sus métodos podían ser cuestionables, pero sus intenciones solían ser benévolas.
Aun así, faltaba lo más importante, lo que determinaría si esto era una bendición o una maldición disfrazada.
—¿Qué tipo de pacto hiciste con ella?
—exigió con impaciencia.
Lotte bajó la vista, y sus labios temblaron antes de pronunciar las palabras.
—Yo le pedí que, cuando muriese en mi mundo, trajera mi alma aquí.
Y a cambio…
yo…
Aksha dio un paso más —¿A cambio qué?
La joven lo miró con pesar y respondió con un hilo de voz: —A cambio de cumplir una misión para ella.
El dios sintió un vacío en el pecho.
—¿Qué misión?
—preguntó con dureza.
—No lo sé.
Ella me lo dirá cuando llegue el momento.
Cuando Aksha se dio cuenta, estaba a solo unos centímetros de ella, tan cerca que podía contar las pecas doradas que salpicaban sus mejillas.
Ambos se miraron a los ojos como si el tiempo que habían pasado separados jamás hubiera transcurrido, como si los siglos fueran apenas un suspiro.
—¿Por qué hiciste eso?
—susurró él.
Lotte lo miró con la misma calidez de antaño.
—Porque una vez te prometí que no te dejaría solo.
Y si bien en aquel entonces tuve que regresar a mi mundo porque le había prometido a alguien muy importante para mí que volvería, también hice un pacto con Samsara para cumplir mi promesa contigo.
Se agachó hasta quedar casi a su altura, y tomó sus manos entre las suyas con delicadeza.
—Te extrañé —dijo, y su sonrisa contenía todos los atardeceres que no habían compartido.
Entonces, como si el prado hubiera cobrado vida propia, comenzó a caer nieve, suave y silenciosa.
Era una ilusión, pero también el reflejo de algo más profundo: las lágrimas de Aksha, quien por primera vez en mucho tiempo dejaba de sentirse completamente solo.
Pero fiel a su frialdad, retiró sus manos con brusquedad.
—No debiste hacer ese pacto.
Se dio media vuelta, de espaldas a ella, para que no pudiera ver su rostro.
Sus puños se cerraron con una frustración que amenazaba con consumirlo.
—Mírate ahora…
la vida que llevas en este mundo, en el cuerpo de ese niño, ¿puede compararse con la que podrías haber tenido en tu mundo original?
¿Vale la pena este sacrificio?
Lotte avanzó despacio y lo abrazó por la espalda, su calor atravesando todas las barreras que él había levantado —No te sientas responsable por la vida que me tocó aquí.
La decisión fue únicamente mía, tomada con plena conciencia de las consecuencias.
Y aunque no es la vida que había imaginado, no todo es malo.
No sé si fue obra del destino o clemencia de Samsara, pero en este mundo me encontré con alguien que tiene la misma esencia de la persona que en mi mundo anterior verdaderamente amé.
Eso me reconforta.
Su voz se suavizó.
—Y, además…
tú estás aquí.
El abrazo se prolongó mientras la nieve seguía cayendo a su alrededor, cada copo una lágrima cristalizada del dios que había aprendido a amar y a perder, y que ahora se enfrentaba a la posibilidad de hacerlo una vez más.
El aire mismo parecía vibrar con emociones demasiado grandes para ser contenidas.
Aksha posó su mano sobre la de Lotte, sus dedos entrelazándose con los de ella, y tras un largo silencio en el que solo se escuchaba el suave susurro de la nieve al caer, dejó escapar una revelación que había guardado celosamente durante siglos.
—Aquella vez…
para devolverte a tu mundo, tuve que ir en contra de los deseos directos de ese sujeto.
Sabes a quién me refiero.
Lotte lo interrumpió con un leve asentimiento.
—Sí.
Aksha prosiguió, con la voz teñida de una amargura que había guardado durante demasiado tiempo: —Por aquella acción, él me castigó.
Me desterró en este desierto, me encadenó a estas arenas sin posibilidad de escapar.
Ni siquiera puedo viajar a otros mundos como antes.
Mi existencia se limita únicamente a este mar infinito de dunas, condenado a vagar por él hasta el fin de los tiempos.
Sintió entonces cómo Lotte comenzaba a temblar contra su espalda, sus lágrimas calientes mojando su túnica.
—Lo siento mucho —susurró, su voz quebrada por el dolor—.
Todo fue mi culpa.
Si no hubiera aparecido en tu vida, si no hubieras tenido que ayudarme… Aksha apretó su mano con firmeza.
—No te conté esto para que cargues con culpa que no te pertenece —dijo con severidad, aunque su voz llevaba un matiz de ternura—, sino para que entiendas que no puedo estar a tu lado como desearía.
Al menos, no por ahora.
Se apartó lo suficiente para mirarla a los ojos, su expresión reflejaba determinación.
—Planeo romper este castigo, desafiar las cadenas que me atan a este lugar…
aunque sé que me tomará mucho tiempo y que el precio podría ser más alto de lo que imagino.
Lotte se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, y luego le dedicó una sonrisa que irradiaba esperanza.
—Tú me esperaste por siglos sin saber si alguna vez regresaría…
y ahora es mi turno de esperarte a ti.
No importa cuánto tiempo te lleve, ni cuántas vidas tenga que vivir a partir de ahora en este mundo… yo voy a esperarte en cada una de ellas.
Es una promesa.
El dios quedó en silencio, conmovido por la firmeza en sus palabras.
Entonces se acercó a ella y, con delicadeza, sostuvo su rostro entre sus pequeñas manos.
Inclinándose hacia adelante, depositó un beso suave en su frente.
En ese instante, una marca luminosa se dibujó sobre la piel de Lotte, brillando suavemente.
—Te di mi bendición —dijo Aksha, su voz cargada de solemnidad—.
Mientras yo no pueda estar físicamente a tu lado para protegerte, una fuerza invisible lo hará en mi lugar.
Mis poderes te acompañarán, te darán fuerzas cuando te falten y te protegerán de los peligros que no puedas ver.
Retrocedió un paso, su mirada dorada fija en ella con una intensidad que parecía querer grabar este momento en su memoria para la eternidad.
—Espero volver a verte pronto, Lotte.
El alma de la joven comenzó a desvanecerse lentamente, deshilachandose como hilos de seda, hasta desaparecer del todo de aquel plano.
Regresaba a su cuerpo físico, dejándolo una vez más en soledad en el prado ilusorio.
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