La nieve que cae en el desierto - Capítulo 85
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85: Capítulo 84: Descenso 85: Capítulo 84: Descenso El viento soplaba con fuerza en lo alto del acantilado, levantando arena que se incrustaba en la piel como cristales diminutos.
Raze avanzó unos pasos más, deteniéndose justo en el borde.
Frente a él se erguía otro acantilado, tan abrupto como el que pisaban.
Entre ambos se extendía un abismo profundo y oscuro, imposible de medir a simple vista.
—Llegamos…
—murmuró, con un brillo en los ojos que contrastaba con la fatiga de los veinte días de viaje.
Aron, todavía montado en su camello con el pequeño Lotte en brazos, frunció el ceño.
—¿A qué te refieres?
Raze alzó la mano y señaló hacia las profundidades del abismo.
—Las ruinas que tanto he buscado están ahí.
Ocultas en las entrañas de este precipicio.
Todos han buscado a Khurshid sobre la superficie, pero nunca en las profundidades.
El silencio que siguió se vio interrumpido solo por el silbido del viento.
Fāng se adelantó, entrecerrando los ojos como si buscara un camino viable para descender.
Se agachó, tomó una piedra del suelo y la arrojó al vacío.
Todos aguardaron expectantes, atentos al menor indicio de un golpe contra la roca.
Pasaron segundos…
demasiados.
Nada.
Solo el eco hueco del viento recorriendo las paredes del abismo.
—Va a ser muy difícil descender —dijo finalmente Fāng, con el ceño fruncido—.
Casi un suicidio, diría.
Raze, lejos de mostrar preocupación, esbozó una sonrisa.
—Puesto que no me has dicho que sea imposible, entonces se puede hacer.
Aron descendió de su montura y alzó la voz.
—¿Acaso no oíste lo que dijo?
Bajar ahí sería prácticamente un suicidio.
—Lo oí perfectamente —respondió Raze con calma, sin borrar su sonrisa—.
Y para mí, eso es más que suficiente motivación.
Aron negó con la cabeza, incrédulo.
—Eres un tipo muy extraño, Raze.
Se volvió hacia Lotte, ofreciéndole la mano para ayudarle a descender del camello.
Los animales resoplaban nerviosamente, como si pudieran percibir el peligro que se cernía sobre el lugar.
—En cualquier caso —continuó, mientras sacudía el polvo de la vestimenta del niño—, no cuentes conmigo para descender a ese maldito abismo.
Raze se encogió de hombros con naturalidad.
—No se preocupe, joven Aron.
Alguien tiene que quedarse aquí arriba para custodiar los camellos.
La sonrisa tranquila del aventurero se desvaneció pronto en el silbido del viento que rugía desde el abismo.
Lotte, quizá contagiado por la curiosidad del grupo, se adelantó hacia el borde del acantilado.
Sus ojos se asomaron al vacío insondable que parecía devorarlo todo en penumbras.
Fāng reaccionó de inmediato: lo tomó por la cintura y lo alzó, apartándolo hacia atrás.
—Es demasiado peligroso acercarse tanto —advirtió, con la seriedad que lo caracterizaba.
Aron dio un paso hacia ellos.
—Lotte, ven aquí.
No te alejes de mi lado, ¿entendido?
El niño asintió en silencio y se apresuró a refugiarse junto a él, aferrándose a su brazo.
Solo entonces Fāng, satisfecho de que el pequeño estaba a salvo, se inclinó junto a su mochila.
Sus manos curtidas empezaron a revisar sogas, ganchos y lámparas: el equipo necesario para enfrentar un descenso que parecía más un salto a la muerte que una expedición.
Ya estaba acostumbrado a ese tipo de situaciones; después de todo, su jefe era alguien que no temía a la muerte.
Raze se acercó con aire expectante, inclinándose lo suficiente como para observar lo que preparaba.
—Bien, Fāng, dime —preguntó con un brillo calculador en los ojos—, ¿cuáles van a ser los pasos a seguir?
El aludido no tardó en responder, siempre práctico: —Fijaré la soga con una estaca y la lanzaremos al abismo.
Una vez asegurada, iremos descendiendo lentamente hasta alcanzar el final de la cuerda.
Hizo una breve pausa.
—Pero si la profundidad resulta ser mayor que la longitud de nuestra soga…
—miró de reojo a Raze— tendremos que desistir.
No habrá manera de seguir avanzando.
—Es suficiente para mí —dijo Raze con una sonrisa confiada.
Fāng soltó un suspiro cansado y volvió a centrarse en su trabajo.
El martillo golpeó contra la estaca metálica en un ritmo constante.
Comprobó dos veces la resistencia del nudo marinero, tirando de él con fuerza hasta que sus nudillos se tornaron blancos.
Solo entonces dejó caer la soga hacia las profundidades del abismo, observando cómo la cuerda trenzada se desenrollaba y desaparecía en las sombras, como si la oscuridad misma la hubiera devorado.
—Yo bajaré primero —anunció Fāng, ajustándose un pequeño bolso a la cintura—.
Así me aseguro de que el camino sea seguro para ti.
La brisa fría agitaba su cabello oscuro mientras esperaba la respuesta.
Raze asintió con aprobación, aunque sus palabras fueron distintas: —Me parece prudente, aunque no por mi seguridad —hizo una pausa, mirándolo directamente a los ojos—.
Simplemente tienes más agilidad y experiencia en esto.
Fāng no respondió; simplemente ajustó sus guantes de cuero, probó una vez más el agarre y se posicionó al borde del precipicio.
Sujetando la cuerda con firmeza, comenzó a deslizarse pared abajo con movimientos seguros.
Sus botas encontraron puntos de apoyo en la pared rocosa mientras descendía hacia la oscuridad.
Raze lo observó hasta que se convirtió en una sombra borrosa contra la piedra gris.
Solo entonces se giró hacia Aron, quien permanecía algo apartado junto a los camellos inquietos.
—Te encargo los animales y las provisiones —dijo con voz seria—.
También mantén vigilado el agarre de la soga.
—Lo haré —respondió Aron, con un deje de fastidio pero también de responsabilidad.
Raze esbozó una media sonrisa antes de acercarse al borde.
Un vértigo conocido se arremolinó en su estómago, pero no permitió que lo dominara.
Se inclinó, sintiendo cómo el viento que surgía del abismo le azotaba el rostro con un frío casi cortante.
Apretó la soga con ambas manos, comprobó la tensión, y apoyó con cuidado las suelas de sus botas contra la pared áspera del acantilado.
Probó el equilibrio una vez, respiró hondo y, sin más vacilaciones, inició el descenso.
Cada paso lo alejaba un poco más de la superficie.
Metro a metro, la luz del día se reducía a un resplandor distante, un sol menguante que quedaba atrás mientras la oscuridad lo engullía.
El eco del viento rugía en sus oídos, como si el abismo no tuviera fin.
Raze bajó la mirada y distinguió, más abajo, el resplandor tembloroso de una pequeña antorcha que Fāng acababa de encender.
—¿Puedes ver el final?
—preguntó, alzando la voz para hacerse oír entre el eco.
—Aún no —respondió Fāng, con tono seco—.
Y todavía queda más soga.
Ambos continuaron descendiendo, la cuerda crujiendo suavemente con cada movimiento, sus músculos tensos, y los dedos aferrados a cada hebra.
Pero tras varios metros más, el descenso se vio abruptamente interrumpido: la cuerda había llegado a su límite.
Fāng tanteó con los pies, intentando adivinar si había algún saliente más abajo, pero no encontró nada.
El vacío seguía allí, interminable.
Levantó la antorcha, iluminando apenas un tramo de pared que descendía más y más.
Luego volvió la vista hacia arriba.
—Será mejor regresar —indicó —.
El camino continúa, pero no tenemos más cuerda.
—Es una pena —comentó Raze con un deje de frustración—, pero no queda nada más por hacer.
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