La nieve que cae en el desierto - Capítulo 86
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86: Capítulo 85: Caída 86: Capítulo 85: Caída Raze se acomodó para iniciar el ascenso, pero apenas movió el pie, la suela resbaló contra la roca húmeda.
Un grito ahogado escapó de sus labios cuando perdió el equilibrio y su cuerpo se precipitó hacia atrás, quedando suspendido en el vacío.
Fāng reaccionó de inmediato: soltó la antorcha, que cayó trazando un arco de fuego hacia la oscuridad, y atrapó a Raze del brazo en el último instante.
La cuerda chirrió al tensarse, mientras Fāng quedó medio colgado, los músculos de su brazo temblando por la presión.
—¡Maldición!
—gruñó, apretando los dientes, mientras sentía cómo el peso lo arrastraba hacia abajo.
Raze lo miró con una calma extraña, como si ya hubiera aceptado el desenlace.
—Suéltame —ordenó con voz grave—.
Solo así podrás salvarte.
—¡Estás loco si piensas que voy a soltarte!
—escupió Fāng, con la mirada encendida.
—¡Si no me sueltas, ambos moriremos!
—¡Dije que no te soltaré!
Raze comprendió que no iba a hacerlo entrar en razón.
Con un movimiento brusco, giró el brazo y se zafó del agarre de Fāng.
Durante un instante quedó totalmente suspendido en el aire.
Pero Fāng, veloz como una hiena, volvió a lanzarse hacia él, atrapándolo de nuevo y rodeándolo con ambos brazos.
En un giro desesperado, colocó su cuerpo por debajo del de Raze, preparándose para recibir el impacto de lo que aguardara en las profundidades.
Transcurrieron apenas unos segundos antes de que el impacto los alcanzara.
El golpe seco reverberó en sus cuerpos, arrancándoles el aire de los pulmones.
Aturdido, Raze llevó con esfuerzo una mano al bolsillo de su pantalón.
Sus dedos rozaron un pequeño artefacto y, con un movimiento desesperado, lo extrajo y lo hizo añicos contra la roca.
Al instante, una luz intensa brotó de su interior, expandiéndose como oro líquido que se derramó por la penumbra.
Era una piedra lumínica, un fragmento especialmente preparado para absorber la energía solar durante el día y liberarla cuando fuera necesario.
El resplandor reveló lo que ocultaba la oscuridad: enormes estructuras en ruinas, vestigios de una civilización que se entremezclaban con formaciones cristalinas naturales.
Las erosiones habían fusionado mineral y arquitectura en un paisaje surrealista, donde la luz era absorbida y reflejada en miles de destellos iridiscentes.
Pero Raze apenas reparó en aquel espectáculo sobrecogedor.
Toda su atención estaba clavada en Fāng.
Su compañero yacía a su lado, con el rostro contraído por el dolor y los labios entreabiertos, pero sin mostrar reacción alguna.
Una punzada de pánico se apoderó de Raze al verlo.
—¡Por favor, Fāng!
—suplicaba Raze con la voz quebrada y los ojos al borde del llanto—.
¡Abre los ojos!
—Fāng…
por favor…
—repitió incontables veces, como un rezo desesperado.
Entonces, un leve gemido rompió el silencio.
Fāng entreabrió los ojos y, pese al dolor, esbozó una sonrisa ladeada.
—El gran Raze Darcy…
llorando.
Quién lo diría…
—murmuró con un tono burlón teñido de dolor.
Raze sintió un alivio arrollador, pero se mezcló inmediatamente con una furia ardiente que le quemaba las entrañas.
—¡¿Por qué hiciste eso?!
—lo increpó con furia—.
¡Te había ordenado que me soltaras!
Fāng intentó reír, pero el sonido se transformó en un quejido ahogado que le arrancó una mueca de dolor.
—¿Soltarte para dejarte morir?
—replicó, con esfuerzo—.
¿De verdad me crees capaz de algo así?
Raze se quedó inmóvil, mirándolo fijamente mientras su pecho subía y bajaba de forma irregular.
La rabia y la gratitud libraban una batalla feroz en su interior.
Las palabras se le atoraban en la garganta como piedras.
Todo su mundo se había reducido a Fāng: su respiración laboriosa, la palidez de su rostro, y el peso asfixiante de haber estado a punto de perderlo para siempre.
Al final, Raze logró mantener a raya la tormenta de emociones que lo devoraba.
Tragó saliva, respiró hondo y, con un tono más controlado, preguntó: —¿Crees que puedas moverte?
Fāng cerró los ojos un instante, como evaluando su propio cuerpo.
Luego, con voz ronca, respondió: —Sí…
en parte.
Parece que la altura de la caída no fue mucha, pero aún así me fracturé la escápula derecha…
y las costillas inferiores.
—Inspiró hondo, con un gesto de dolor—.
Pero no siento que haya dañado ningún órgano.
Raze soltó un suspiro entrecortado y se inclinó hacia Fāng.
—Está bien…
vamos a sentarte primero.
Con cuidado, lo ayudó a incorporarse, sosteniéndolo por la espalda para que no forzara el lado herido.
Fāng soltó un gruñido de dolor, pero logró mantenerse erguido contra la roca.
Sin perder tiempo, Raze arrancó parte de su capa con un movimiento brusco.
El sonido de la tela rasgándose resonó en el vacío como un eco.
Con esa improvisada tira de tela, comenzó a envolver el brazo derecho de Fāng, ajustándolo contra su pecho.
Ató un nudo firme, convirtiéndolo en un cabestrillo improvisado.
—Con esto al menos no forzarás el hombro —dijo, procurando que su voz sonara práctica, aunque en sus ojos aún latía la preocupación.
Fāng bajó la mirada hacia el improvisado soporte y arqueó una leve sonrisa cansada.
—Nunca pensé que acabarías siendo tan buen doctor…
Raze soltó un bufido y apartó la mirada.
—Calla y conserva tus fuerzas.
Fāng, todavía recostado contra la roca, alzó la voz con esfuerzo: —Raze, ¿acaso observaste dónde estamos?
Raze levantó la mirada, y sus ojos se abrieron como si contemplaran un sueño hecho realidad.Se puso de pie lentamente, avanzó hasta quedar en medio del lugar iluminado por la piedra solar y giró sobre sí mismo, inspeccionando cada rincón.
Los muros de piedra, cubiertos de cristalizaciones que devolvían destellos multicolores, revelaban arcos y columnas semienterrados por el tiempo.
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