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La nieve que cae en el desierto - Capítulo 88

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  4. Capítulo 88 - 88 Capítulo 87 La espera
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88: Capítulo 87: La espera 88: Capítulo 87: La espera La noche había caído sobre el acantilado, pero la luna llena bañaba el desierto con su luz plateada, delineando sombras suaves sobre las piedras.

La fogata crepitaba frente a ellos, arrojando destellos anaranjados que se mezclaban con el brillo pálido del ambiente.

Aron, sentado con la espalda apoyada en una roca, vigilaba en silencio la estaca que mantenía sujeta la soga mientras sostenía un trozo de carne asada entre las manos.

El olor fuerte del lagarto que había cazado impregnaba el aire, mezclándose con el humo de la leña seca.

A su lado, Lotte masticaba con calma, sus mejillas iluminadas por el resplandor del fuego.

De vez en cuando levantaba la vista hacia Aron, como buscando seguridad en él.

El caballero le pasó otro trozo de carne y, aunque no lo dijo en voz alta, no dejaba de preguntarse cómo un niño que parecía haber sufrido tanto podía aún sonreír con esa inocencia.

—Dime, ¿qué edad tienes?

—preguntó Aron de pronto.

Lotte lo miró fijamente, en silencio.

Aron se golpeó la frente con la palma de la mano.

—Es verdad…

no puedes hablar.

El niño en una jugada astuta tomó una rama del suelo y, con movimientos lentos, trazó un número sobre la arena iluminada por el resplandor de la fogata: 12.

Aron abrió los ojos de par en par.

«¿¡Doce años!?

Parece mucho menor…» pensó, conmocionado.

El rostro infantil, los brazos delgados como ramitas, la estatura pequeña…

todo cobraba sentido ahora.

«Viendo su físico, seguramente ha sufrido desnutrición durante gran parte de su vida.» Con un nudo creciente en la garganta, volvió a preguntar: —¿Y cuál es tu tierra natal?

El niño bajó la vista y, por un momento, vaciló.

Luego, con la misma rama, escribió en la arena con trazos más inciertos: «No sé dónde nací, pero por muchos años estuve en Gin’xiao.

Hasta que fue conquistado por Dorean, y allí unos soldados me llevaron con ellos a la fuerza.» La expresión de Aron se ensombreció gradualmente conforme leía.

Su mandíbula se tensó y sus puños se cerraron con una intensa rabia.

El código de honor de Dorean, aquel sagrado juramento que debía velar por la seguridad de los civiles sin importar si eran o no enemigos, había sido pisoteado y mancillado.

Lo que Lotte había vivido no era solo una injusticia: era una traición a todo lo que un caballero debía defender, una mancha indeleble en el honor de su reino.

El silencio se extendió entre ambos, roto únicamente por el crepitar hipnótico de las llamas.

Aron clavó la mirada en el fuego, observando cómo las chispas ascendían hacia el cielo estrellado.

Cuando finalmente habló, su voz emergió grave y cargada de una ira que le era difícil de disimular: —Dime…

¿Fue un soldado de Dorean quien te cortó la lengua?

El niño bajó la vista hacia sus manos, que temblaban ligeramente.

Respiró hondo, como si necesitara reunir valor para revivir aquel horror.

Luego, con movimientos torpes, escribió en la arena una sola palabra: «Sí.» La furia se encendió en Aron de inmediato.

Cerró el puño con tal fuerza que sus nudillos se tornaron blancos, y sus propias uñas se clavaron en la palma hasta romper la piel.

La sangre brotó en pequeños hilos carmesíes que gotearon sobre la arena.

—¿Recuerdas el nombre de ese soldado?

—preguntó, tratando de no maldecir.

Lotte mordió su labio inferior con fuerza, tanto que Aron temió que se hiciera daño.

Los ojos del niño se llenaron de un miedo tal que parecía que se iba a quebrar en cualquier segundo.

Finalmente, con la rama temblando entre sus dedos, inclinó la cabeza y escribió despacio: «Pierce Lewis.» Aron repitió ese nombre en su mente, una y otra vez, hasta grabarlo en su memoria.

«Pierce Lewis… ese maldito lo pagará caro.» El niño alzó la mirada, atento a la expresión endurecida del caballero.

Con movimientos cautelosos, volvió a escribir en la arena: «¿Por qué te importa saberlo?» Aron lo miró directamente a los ojos, y en su mirada Lotte pudo ver algo que lo tranquilizó y lo aterró a la vez: pura y férrea determinación.

—Porque algún día me encargaré de cobrárselo.

Cómo doreano, no puedo dejar pasar lo que te hicieron.

Lotte bajó la mirada y, con la rama, escribió en la arena: «Gracias, es la primera vez que alguien se preocupa tanto por mí…

pero no busco venganza.» —¿Por qué no?

—preguntó Aron, arqueando una ceja.

El niño volvió a escribir, trazando las palabras con cuidado: «Porque no quiero que salgas herido por mi culpa.» Aron soltó una risa breve y, alzando el brazo, flexionó sus músculos en un gesto de confianza.

—Con esta fuerza es imposible que salga herido.

Lotte también rió en silencio, y durante unos instantes ambos se miraron y sonrieron mutuamente, compartiendo un momento de calma bajo la luz de la luna y el calor del fuego.

Pero de repente, los sentidos de Aron se agudizaron.

Frunció el ceño y giró la cabeza hacia el horizonte oscuro.

Sus oídos, afinados por años de entrenamiento en el campo de batalla, captaron un sonido lejano pero inequívoco: el galope rítmico de caballos.

Al principio era apenas un murmullo en la distancia, pero se acercaba inexorablemente.

Se incorporó de un salto y clavó la mirada en el niño con expresión seria.

—Lotte, escóndete —ordenó con urgencia—.

Ve detrás de esa gran roca, junto al acantilado.

No salgas hasta que yo te dé la señal.

El rostro de Lotte se tiñó de preocupación, pero asintió sin vacilar.

Se dirigió rápidamente hacia el refugio que le habían indicado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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