La nieve que cae en el desierto - Capítulo 89
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89: capítulo 88: No mires.
89: capítulo 88: No mires.
Aron desenvainó su espada con rapidez.
La hoja brilló con la luz de la luna, y la sostuvo firme a su costado mientras el viento agitaba su capa.
Esperó en silencio, mientras sus músculos se tensaban, hasta que finalmente vio acercarse cuatro caballos.
Sobre ellos cabalgaban hombres de aspecto hosco, y bastaba con ver sus miradas para saber que no venían buscando paz.
En cuestión de segundos, los caballos lo rodearon, cerrándole el paso.
Aron giró lentamente, sin bajar la guardia.
—¿Qué buscan aquí?
—preguntó con voz grave.
Su expresión sombría irradiaba un aura que infundía temor.
Uno de los jinetes, con una sonrisa macabra y ojos tan fríos como los de una serpiente, respondió: —Nada en especial.
Solo vimos el fuego y quisimos pasar a saludar.
Aron esbozó una risa seca, cargada de sarcasmo.
—Pues hola.
Ahí tienen su saludo.
Ahora, lárguense.
El sujeto soltó una carcajada estruendosa, tanto que incluso se limpió una lágrima de los ojos.
—Está bien, nos iremos…
pero no con las manos vacías.
Nos llevaremos a ese lindo pequeño.
El corazón de Aron se aceleró.
Volteó de inmediato, con el pulso latiéndole desenfrenadamente en el pecho.
Un quinto hombre, que había logrado acercarse sin ser detectado mientras él se concentraba en los jinetes, sujetaba a Lotte con un brazo, mientras que en su otra mano brillaba una daga apoyada contra el delicado cuello del niño.
«Maldición» masculló Aron para sí mismo «No me percaté de que había un sujeto más.
Me distraje con los que estaban a la vista.» Su mirada se volvió la de una bestia acorralada, cegada por el instinto de ataque.
Dio un paso firme hacia el hombre que sujetaba a Lotte y, con una voz rebosante de furia, preguntó: —¿Estás preparado para morir?
El sujeto tragó saliva.
El pulso le tembló apenas un instante, como si el instinto le gritara que ese caballero no estaba bromeando.
Pero antes de que Aron pudiera dar un paso más, el hombre de ojos de serpiente intervino con una sonrisa torcida: —No intentes nada estúpido.
—Su tono exudaba veneno—.
Sabes tan bien como yo que no voy a matar al pequeño, porque puedo sacar un buen dinero de él en los mercados de esclavos.
Aron apretó con más fuerza la empuñadura de su espada, la rabia le palpitaba en las sienes.
El hombre continuó hablando, a modo de provocación: —Pero…
eso no significa que no pueda rebajar su valor rompiéndolo un poco.
Con rapidez, la daga del quinto sujeto se deslizó del cuello de Lotte hasta colocarse peligrosamente cerca de su ojo.
El niño se estremeció, producto del terror.
—Dígame, joven —prosiguió el de la mirada de serpiente—.
¿Quiere ser responsable de que este lindo pequeño quede marcado para siempre?
Aron tragó saliva, con la furia ardiendo en sus venas.
La lógica batalló contra su instinto, pero sabía que cualquier movimiento precipitado podría costar caro.
Luego, en un movimiento lento y deliberado, aflojó la presión de su mano y dejó caer la espada al suelo.
El acero retumbó contra las piedras, un sonido seco que resonó en la tensión del aire nocturno.
—No voy a permitir que le hagas daño al niño.
El hombre de la daga arqueó una sonrisa satisfecha.
—Así me gusta…
—dijo con deleite—.
Ahora ponte de rodillas, con las manos detrás de la cabeza.
Aron obedeció lentamente, manteniendo la mirada fija en Lotte, tratando de transmitirle calma con sus ojos.
El niño temblaba, pero mantenía una extraña serenidad que sorprendió al caballero.
Pero antes de que el bandido pudiera saborear su aparente victoria, un aullido desgarró la calma nocturna.
De la penumbra emergió una jauría de lobos y coyotes, sus ojos dorados brillando bajo la luz de la luna.
Sus movimientos eran coordinados, casi como si hubieran estado esperando el momento perfecto para atacar.
El caos estalló en cuestión de segundos.
Dos de los animales se abalanzaron por la espalda del hombre que sujetaba a Lotte, derribándolo con brutalidad y forzándolo a soltar al pequeño.
Otros se arremetieron contra los caballos, mordiendo sus patas y flancos, haciéndolos relinchar y perder el control.
Los jinetes forcejeaban con las riendas, intentando dominar a sus monturas desbocadas mientras la confusión los envolvía.
Aron, con reflejos rápidos, se lanzó hacia su espada.
La tomó en un movimiento ágil y corrió hacia Lotte, dispuesto a sacarlo de aquel infierno.
Lo alzó entre sus brazos con firmeza y se atrincheró contra la gran roca donde estaban atados los camellos, que se agitaban nerviosos por el alboroto.
Con una mano mantenía la cabeza de Lotte pegada contra su pecho, protegiéndolo de la escena, mientras con la otra sostenía la espada en posición defensiva, preparado por si alguno de los bandidos decidía abalanzarse sobre ellos.
Pero, para su sorpresa y fortuna, no fue necesario.
Los hombres montados a caballo, incapaces de controlar a sus bestias y aterrados por la ferocidad creciente de la jauría, optaron por huir, perdiéndose en la oscuridad del desierto mientras gritaban maldiciones al viento.
En cambio, el que había sostenido a Lotte no tuvo tanta suerte.
Caído en la arena, agonizaba entre alaridos mientras los lobos y coyotes se ensañaban con él, sus colmillos desgarrando carne y hueso en una orgía de violencia salvaje.
Aron apretó los dientes, incapaz de apartar completamente la mirada del espectáculo, pero consciente de que debía proteger al niño de esa violencia.
Dejó su espada al alcance y, con ambas manos, cubrió los oídos de Lotte contra su pecho.
—No te preocupes —le repetía constantemente, tratando de mantener un tono gentil—.
Estas a mi lado.
Yo te protegeré.
Los aullidos y gruñidos continuaron por unos minutos que parecieron eternos, hasta que gradualmente se apagaron.
Los animales, satisfechos con su venganza, se perdieron en la oscuridad tan silenciosamente como habían aparecido, dejando tras de sí solo los restos de lo que una vez fue el bandido.
Aron esperó varios minutos más antes de aflojar su agarre sobre Lotte.
Cuando finalmente lo hizo, el niño alzó la mirada hacia él, con los ojos aún húmedos.
De pronto, un copo blanco cayó sobre la mejilla de Aron.
Luego otro, y otro más.
En cuestión de segundos, una nevada ligera comenzó a descender sobre el desierto iluminado por la luna.
Ambos se quedaron atónitos ante el fenómeno.
«Imposible…», pensó Aron «No hace el frío suficiente para que nieve.» Lotte, curioso, intentó darse la vuelta para observar, pero él lo sujetó con firmeza.
—No mires —le pidió con calma—.
Cierra los ojos y no los abras hasta que yo te lo diga.
El niño no dudó ni un instante.
Obedeció, apretando los párpados con fuerza.
Aron lo sentó con cuidado junto a la roca y se levantó.
Avanzó hasta lo que quedaba del cuerpo destrozado del hombre y, con una expresión fría, lo levantó como pudo.
El peso muerto le dificultaba cada paso mientras lo arrastraba hasta el borde del acantilado, donde finalmente lo arrojó al abismo.
El cuerpo desapareció en la oscuridad con un eco sordo que se perdió en la noche.
Respiró hondo.
Luego volvió a tomar su espada y comenzó a barrer meticulosamente la arena manchada de rojo, esparciendo tierra limpia sobre los charcos oscuros que se habían formado.
Cada movimiento tenía un único propósito: que Lotte no tuviera que cargar con más horrores en su memoria esa noche.
Cuando Aron terminó de cubrir los rastros, regresó junto al niño y se arrodilló frente a él.
—Ya puedes abrir los ojos —dijo en voz baja.
Lotte obedeció, parpadeando varias veces antes de volver a mirarlo.
El cielo estrellado se reflejaba en sus pupilas, pero también los copos de nieve que seguían cayendo, silenciosos y serenos, pintando de blanco la arena dorada del desierto.
El niño extendió la mano con curiosidad y atrapó un copo en su pequeña palma.
Lo observó derretirse lentamente, dejando apenas una gota cristalina, y luego alzó la vista hacia Aron con una mirada que reflejaba somnolencia.
El caballero regresó a su lado y se asentó nuevamente junto al fuego crepitante.
Fue entonces cuando Lotte, con la confianza inocente propia de su edad, se acomodó contra él y usó sus piernas como almohada.
Aron, sin rechazarlo, lo cubrió con un manto que los envolvía a ambos, protegiéndolos de aquella extraña nevada.
Mientras Lotte dormía, rendido ante el agotamiento de aquella situación traumática, él se mantuvo despierto.
En guardia con los sentidos alerta, porque aquel lugar era más peligroso de lo que se imaginaba.
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