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La nieve que cae en el desierto - Capítulo 90

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  4. Capítulo 90 - 90 Capítulo 89 Una felicidad que ya no se puede tocar
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90: Capítulo 89: Una felicidad que ya no se puede tocar 90: Capítulo 89: Una felicidad que ya no se puede tocar Aksha se preguntaba, con una punzada extraña en el pecho, por qué seguía los pasos de Lotte a través del desierto.

Ella ya llevaba su marca; podía sentir su presencia en cualquier rincón de aquel mundo si así lo deseaba.

¿Entonces por qué?

¿Qué era ese algo que lo retenía a su lado?

Esa noche, mientras el niño descansaba junto a Aron al calor de una fogata, Aksha también estaba allí.

Invisible a sus ojos, oculto en un plano distinto que lo hacía imperceptible, observaba la escena tan cerca… y, sin embargo, tan distante.

El crepitar de la leña, las risas apagadas, la calma frágil bajo el manto de estrellas… y, sobre todo, la sonrisa de Lotte.

Por un instante, el dios proyectó su propia imagen en Aron, como si quisiera ocupar su lugar junto al fuego.

Fue entonces cuando lo entendió: verla así lo hacía sentir como en aquellos tiempos, en aquel breve destello de felicidad que creyó perdido para siempre entre las cenizas de su caída.

«Patético…» se reprochó en silencio, hundido en su propio desprecio.

Sus sentidos se agudizaron de repente.

A lo lejos, cinco almas maliciosas se acercaban como sombras hambrientas.

Sus presencias eran brasas negras en la penumbra, cargadas de violencia y codicia.

No se alarmó; después de todo, él estaba allí.

Simplemente se quedó quieto, observando el desenlace de lo que estaba por ocurrir.

Pronto distinguió que uno de esos hombres se apartaba del grupo, bordeando el campamento en otra dirección.

Aksha comprendió de inmediato: aquel sujeto intentaba emboscar por detrás.

Y así fue.

El dios presenció cómo el hombre tomaba a Lotte como rehén, sujetándola con violencia mientras apoyaba una daga contra su delicado cuello.

Un destello de ira recorrió a Aksha ante esa imagen, pero no se movió.

El aura que irradiaba Aron era tan feroz y amenazante que confió en que el caballero resolvería la situación por sí mismo.

Después de todo, ¿no había jurado protegerla?

Siguió como espectador, hasta que escuchó aquellas palabras envenenadas: —Pero… eso no significa que no pueda rebajar su valor rompiéndolo un poco.

Y luego vio lo impensable: Aron, dejando caer su espada a modo de rendición.

Algo se quebró dentro de Aksha.

La furia se desbordó como un río cuya represa acabara de romperse, y en un instante, su voluntad convocó a las bestias del desierto.

Lobos y coyotes emergieron de la oscuridad, convocados por una fuerza a la que no podían negarse.

Se abalanzaron sobre los bandidos, desatando el caos en un abrir y cerrar de ojos.

Aksha permaneció inmóvil en su plano invisible mientras la jauría hacía su trabajo.

El hombre que sostenía a Lotte cayó bajo los colmillos, sus gritos mezclándose con el relincho de caballos desbocados y la confusión de sus compañeros.

Aron cubrió al niño contra su pecho, protegiéndolo de aquella visión, pero Aksha lo observaba todo con serenidad.

No era compasión lo que sentía, sino una satisfacción que rozaba lo siniestro: ver cómo la carne era desgarrada, cómo la arrogancia del bandido se disolvía en gritos de agonía.

Era un recordatorio brutal de que, incluso en su prisión, su voluntad seguía teniendo peso en ese mundo.

Los mortales podían haberlo olvidado, pero el desierto aún le obedecía.

Pero entonces, sin que él lo planeara, ocurrió algo más.

La emoción contenida, el rencor mezclado con la angustia de haber visto a Lotte en peligro, se derramó en forma de nieve.

Copos blancos comenzaron a descender sobre el desierto, cubriendo la arena ensangrentada con un manto puro.

Aksha entrecerró los ojos, comprendiendo que había sido él quien la había provocado.

No fue una decisión consciente, sino un desliz de su interior, una grieta en el control que tanto se esforzaba por mantener.

El desierto había respondido a su emoción como un espejo de su alma fragmentada.

—Patético… —susurró otra vez, con una mueca amarga, mientras recolectaba el alma del difunto y contemplaba cómo Aron, ajeno a la verdad, cubría a Lotte con un manto y lo hacía dormir bajo aquella nevada.

Y en esa imagen —Lotte durmiendo protegida por el caballero, bajo los copos de nieve — Aksha vio reflejada su propia realidad: una felicidad que ya no podía tocar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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