La nieve que cae en el desierto - Capítulo 92
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92: Capítulo 91: Siganme 92: Capítulo 91: Siganme Aksha recuperó la compostura en cuestión de segundos, borrando de su semblante cualquier rastro del desconcierto que Lotte había provocado.
Enderezó la espalda y cerró los ojos, concentrándose.
Fue entonces cuando percibió dos presencias cercanas.
—Son ellos —murmuró.
Frente a él, emergiendo entre las penumbras de las ruinas, aparecieron dos jóvenes.
Uno avanzaba con paso firme, aunque el cansancio se hacía evidente en cada músculo de su cuerpo, mientras cargaba a su compañero herido sobre los hombros.
El segundo, con el rostro pálido y sostenido apenas por un hilo de fuerza, se apoyaba en él con desesperación silenciosa.
Aksha los observó pasar, su figura invisible a sus ojos al permanecer en otro plano.
Aun así, cada uno de sus movimientos le resultaba cristalino: la manera en que uno se tambaleaba, el esfuerzo titánico del otro por mantenerlos a ambos en pie.
No podrían salir de allí por el mismo camino que habían entrado; por ello, él tendría que mostrarles una salida alternativa.
Caminó tras ellos unos metros, hasta que decidió hacerse visible.
Su silueta se materializó de la nada, firme en medio del pasillo de ruinas.
—¿Qué hacen aquí?
—preguntó con voz cortante.
El sobresalto fue inmediato.
Fāng, por instinto, desenvainó una pequeña daga y se interpuso entre el extraño y Raze.
Pero ambos relajaron la guardia al darse cuenta de que ante ellos solo había un niño.
—Yo debería hacerte esa misma pregunta —replicó Raze, arqueando una ceja.
—Este lugar me pertenece —afirmó Aksha con calma gélida—.
Así que ustedes son los intrusos aquí.
—No parece apropiado que un niño viva en soledad en un lugar como este —dijo Raze, sin perder la desconfianza—.
Dime… ¿acaso estás atrapado aquí?
—No lo estoy —respondió Aksha, un destello peligroso cruzando por sus ojos—.
Ya te dije que este lugar me pertenece.
Un silencio denso se instaló entre ellos, interrumpido solo por el eco lejano de agua goteando en algún rincón oculto de las ruinas.
—¿Estás solo aquí… o hay otras personas?
—preguntó Raze, tanteando el terreno.
Aksha dejó escapar una media sonrisa que no llegó a sus ojos.
—Te sorprendería la magnitud de estas ruinas.
Se extienden más allá de lo que tu vista alcanza.
Y sí… en algunas partes de ellas aún hay habitantes.
Las palabras de Aksha cayeron como piedras en agua quieta.
Raze y Fāng intercambiaron una mirada cargada de tensión.
La revelación de que aquellas ruinas pudieran estar habitadas los inquietó.
Raze frunció el ceño, su desconfianza acentuándose, mientras Fāng, aún adolorido por sus heridas, mantenía la daga en alto con mano temblorosa.
—¿Habitadas?
—repitió Raze, la incredulidad tiñendo su voz—.
¿Qué clase de personas elegirían vivir en un lugar como este?
Aksha los estudió con calma, sus ojos —ahora de un verde esmeralda para ocultar su verdadera naturaleza— brillando con una chispa enigmática bajo la tenue luz que aún reflejaban los cristales del lugar.
—Habitantes con los que rara vez uno se encuentra en la superficie… —respondió, su tono cargado de misterio—.
Y que quizás no estarían complacidos de que ustedes los encontraran.
La tensión en el aire se volvió casi palpable, como una cuerda a punto de romperse.
Fāng ladeó la cabeza, observando con suspicacia al niño frente a ellos, mientras Raze dio un paso cauteloso hacia adelante, preguntándose si realmente era solo un niño quien pronunciaba aquellas palabras.
Aksha suspiró, como si la conversación lo aburriera.
—Como sea, en el estado en el que se encuentran no podrán explorar mucho.
Será mejor que se marchen de aquí cuanto antes.
Así que síganme.
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