La nieve que cae en el desierto - Capítulo 93
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93: capítulo 92: Manipulación 93: capítulo 92: Manipulación Aksha empezó a andar sin volverse, con paso sereno y decidido.
Raze y Fāng se quedaron inmóviles, intercambiando miradas cargadas de desconfianza; no era fácil confiar en un niño que había aparecido de la nada y que se expresaba con la gravedad de un adulto.
—¿Van a quedarse allí parados o van a seguirme hacia la salida?
—preguntó el dios sin detenerse, su voz resonaba levemente en los corredores pétreos.
—¿Cómo puedo saber que no nos conduces directo a una trampa?
—replicó Raze, la suspicacia tiñendo cada palabra.
—Tienes razón al dudar —concedió el niño, encogiéndose de hombros con indiferencia—.
Pero considerando el estado en el que se encuentran tanto tú como tu compañero, sus opciones son limitadas: vagar hasta morir de hambre, frío y cansancio…
o seguirme y salir de aquí con vida.
El silencio se extendió como una capa tensa entre ellos.
Fāng y Raze cruzaron otra mirada, esta vez más prolongada, hasta que, sin necesidad de palabras, asintieron casi imperceptiblemente y comenzaron a seguirlo.
Caminaron tras él, adentrándose en los intrincados corredores de las ruinas.
Las paredes aún conservaban grabados deslucidos por el tiempo, vestigios de la gran nación que alguna vez fue.
Grandes arcos quebrados se alzaban como costillas de algún gigante pétreo, columnas medio devoradas por cristales que capturaban y devolvían destellos de luz, pasajes que parecían no tener fin.
A medida que avanzaban, la sensación del tiempo se volvía confusa en aquel lugar.
En algún punto, para Raze y Fāng el trayecto pareció durar apenas unos segundos, un simple pestañeo.
Y, sin embargo, cuando el parpadeo terminó, se encontraron de pie a la salida de una cueva.
La luz cegadora del sol matutino los golpeó sin piedad, tibia y vibrante, dejando definitivamente atrás la oscuridad opresiva de Khurshid.
Raze entrecerró los ojos para adaptarse al brillo y respiró profundamente, como si por primera vez pudiera llenar completamente sus pulmones.
Fāng, aún dolorido y cojeando ligeramente, miró hacia atrás con desconcierto, pero donde debería haber estado el interior de la cueva, solo había un túnel corto y vacío.
Aksha se detuvo justo en el umbral de la entrada, con el resplandor dorado del amanecer bañando su pequeña silueta y creando un halo casi divino a su alrededor.
—Aquí nos separamos —anunció con una calma que contrastaba con su aparente edad—.
Ustedes continúen su camino.
Raze reaccionó rápidamente y lo detuvo, aferrando su brazo con urgencia.
—¡Espera un momento!
¿Quién eres realmente?
—demandó, buscando respuestas en aquella mirada que no parecía la de un niño ordinario.
—Solo soy alguien que viaja por el desierto —respondió Aksha, liberándose del agarre con una facilidad que parecía antinatural.
—No te creo ni una palabra —le aseguró Raze, con evidente curiosidad.
Aksha le dedicó una sonrisa ladeada, casi burlona.
—Haces muy bien en no hacerlo.
En ese preciso instante, levantó apenas la mano derecha.
Una onda invisible e imperceptible recorrió el aire, y de pronto, tanto Raze como Fāng quedaron completamente inmóviles, sus miradas se volvieron vidriosas y vacías, sus cuerpos ahora estaban sujetos a una voluntad completamente ajena.
—Caminen hacia donde están sus compañeros —les ordenó Aksha.
—Sí…
lo haremos —respondieron ambos al unísono, sus voces sonando como ecos huecos y carentes de vida.
Sin la menor vacilación, comenzaron a caminar mecánicamente en dirección a la vasta llanura, hacia el punto exacto donde aguardaban Aron y Lotte.
Aksha los observó alejarse.
Sin embargo, justo antes de que las figuras desaparecieran completamente en la distancia ondulante del desierto, alzó la voz una última vez: —Raze…
—llamó.
El aventurero se detuvo un instante, aún completamente sometido al control de su magia.
—Si decides regresar a estas ruinas…
asegúrate de no traer a Lotte contigo.
Después, solo el eco del viento del desierto cubrió sus palabras como un manto, y los dos jóvenes continuaron caminando hacia el horizonte, sin recordar siquiera la más mínima parte de cómo lograron salir de las profundidades de Khurshid.
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