La nieve que cae en el desierto - Capítulo 94
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94: Capítulo 93: Sir Nora Raydor 94: Capítulo 93: Sir Nora Raydor Desde el incidente en las ruinas de Khurshid, la mente de Raze seguía plagada de lagunas; le resultaba difícil reconstruir lo que había sucedido.
Recordaba todo lo relacionado con la caída y el reconocimiento posterior del lugar, pero los acontecimientos a partir de ese punto se habían distorsionado como arena arrastrada por el viento.
Él recordaba estar solo con Fāng, pero este último aseguraba recordar, de manera vaga, la presencia de una tercera persona.
Sin embargo, si en algo concordaban ambos era en que no sabían a ciencia cierta cómo habían logrado salir de allí.
Tras reencontrarse con Aron y Lotte, el grupo reanudó su marcha hacia el norte, dirigiéndose exactamente hacia Ak’tenas.
Los días se sucedían uno tras otro bajo el sol implacable del desierto, hasta que en algún punto de su trayecto se encontraron con una caravana de nómadas.
Aquella gente del desierto, marcada por la generosidad de quienes conocen la dureza de las arenas, no solo atendieron las lesiones de Fāng con su medicina milenaria, sino que les ofrecieron refugio en sus tiendas y la calidez de su hospitalidad.
Permanecieron solo dos noches entre aquellas almas generosas antes de continuar su viaje.
Conforme avanzaban hacia el norte, el paisaje comenzó a transformarse gradualmente: las dunas daban paso a formaciones rocosas más definidas, y el aire mismo parecía vibrar con una energía diferente, más tranquila y esperanzadora.
Fue al final del quinto día de marcha cuando finalmente la vieron: Ak’tenas.
La ciudad se alzaba en el horizonte como un espejismo solidificado, sus torres esbeltas y cúpulas doradas recortándose contra el cielo carmesí del atardecer.
Aunque aún distante, su presencia era inconfundible: majestuosa e imponente, como un faro de civilización emergiendo del océano de arena.
Al contemplarla, Raze sintió un alivio inmenso corriendo por sus venas.
Allí estaba su refugio, su hogar verdadero en un mundo incierto y hostil.
Un lugar donde no solo era bienvenido, sino donde también guardaba celosamente toda la información recolectada durante sus innumerables viajes a través de los páramos.
El solo pensamiento de que, al llegar, pasaría largas jornadas en la biblioteca real escribiendo los detalles de su última travesía—con sus descubrimientos, encuentros y peligros —lo llenaba de una emoción que apenas podía contener.
Desvió la mirada hacia Fāng, que cabalgaba a su lado.
El shunsu llevaba el brazo derecho pegado al cuerpo, sujeto por un cabestrillo improvisado de tela rugosa y madera que los nómadas le habían confeccionado.
Raze tiró de las riendas de su camello y lo hizo detenerse con un suave chasquido de lengua.
—¿Cómo va ese brazo?
—preguntó, sin poder ocultar la preocupación en su voz.
—Gracias al brebaje herbal que me dieron los chamanes, el dolor es casi imperceptible —respondió Fāng con esa sequedad característica suya, aunque Raze notó las líneas de tensión que aún surcaban su frente—.
Podré resistir hasta llegar a Ak’tenas.
Raze dejó escapar un suspiro de alivio y asintió, decidido.
—Aun así, acamparemos aquí.
No tiene sentido forzar la marcha cuando estamos tan cerca.
El grupo se dirigió hacia unas formaciones de piedra rojiza que se alzaban como centinelas, ofreciendo reparo natural contra el viento nocturno que ya comenzaba a levantarse.
Pronto, el improvisado campamento tomó forma.
Aron encendía una hoguera con pedernal y yesca, alimentándola con cuidado; Lotte recogía ramas secas de los arbustos espinosos que se aferraban tenazmente a la vida en aquel páramo; y Fāng, valiéndose de su única mano útil pero sin una queja, clavaba con paciencia las estacas de dos pequeñas tiendas de campaña.
Mientras tanto, Raze se había encaramado sobre la roca más alta de la formación.
Aprovechando los últimos rayos dorados del sol que se desvanecía en el horizonte, desplegó su catalejo de bronce—su instrumento más valioso —y lo apuntó hacia la distante silueta de Ak’tenas.
La ciudad se recortaba contra el cielo que transitaba del anaranjado al púrpura.
En su cabeza, comenzó a calcular la distancia que los separaba de sus muros protectores con la facilidad de un viajante moldeado por años de travesías.
«Mañana al atardecer» , dijo para sí mismo, «estaremos en el primer distrito» .
Entonces, sacó de uno de los bolsillos de sus pantalones un silbato fino de bronce y lo sopló.
El sonido era imperceptible para oídos humanos, pero se extendió a través del aire con precisión.
Al cabo de unos minutos, un halcón descendió de los cielos y se posó en su hombro, desplegando las alas con solemnidad.
Raze descendió de la roca y se dirigió hacia su mochila.
Aron, que lo observaba con extrañeza, frunció el ceño.
—¿De dónde salió ese pájaro?
¿Lo usaremos para la cena?
Raze soltó una carcajada genuina, sorprendido por la pregunta.
—Imposible.
Este no es un animal cualquiera; es un mensajero del sultán.
La confusión de Aron seguía reflejándose en su rostro, así que Raze se tomó un momento para explicarle mientras acariciaba suavemente las plumas del ave: —El sultán de Ak’tenas mantiene decenas de estas aves distribuidas a lo largo del desierto.
Gracias a ellas, la comunicación con los habitantes nómadas y los viajeros es más rápida y segura que con cualquier otro método.
Se acomodó en el suelo con las piernas cruzadas, abrió su cuaderno de cuero gastado y arrancó un pequeño trozo de papel.
Mientras escribía en él con tinta negra, añadió: —Le estoy avisando que mañana al atardecer llegaremos al reino, y que posiblemente un día después ya estemos en su palacio.
Aron parecía sorprendido.
—¿Así que eres muy cercano al sultán de aquel reino?
—No diría cercano —lo corrigió Raze, enrollando cuidadosamente el mensaje—.
Es más bien una relación profesional, basada en el respeto mutuo.
Él valora mis servicios, y yo respeto su autoridad en estas tierras.
El halcón permaneció inmóvil mientras Raze ataba el pequeño pergamino a una de sus patas con una delgada cuerda.
Una vez asegurado el mensaje, el ave alzó vuelo con un batir de alas poderoso, perdiéndose rápidamente en el horizonte del desierto.
Cuando la noche se asentó sobre el campamento, todos se reunieron alrededor de la fogata para cenar.
El silencio del desierto se llenaba con el crujido de las brasas y el murmullo ocasional del viento nocturno.
Lotte, agotado por la jornada, fue el primero en retirarse a su tienda, dejándose vencer por el sueño.
Tal como habían acordado anteriormente, Aron se encargaría del primer turno de vigilancia, así que permaneció despierto junto al fuego.
Aprovechándose de aquel acuerdo, Raze le insistió a Fāng que se fuera a descansar, pues le tocaría encargarse del segundo turno más tarde.
Este obedeció, pero no sin antes lanzar una mirada de desconfianza hacia ambos, para luego desaparecer en su tienda.
Cuando los dos jóvenes quedaron solos frente al fuego crepitante, Raze rompió el silencio que se había instalado entre ellos.
—¿Puedo preguntarle algo… Sir Nora Raydor, caballero de la Guardia Imperial de Dorean?
Aron alzó la vista bruscamente, adoptando una expresión de sorpresa al principio, aunque no intentó negar la acusación.
Su rostro se endureció gradualmente.
—¿Cómo lo supiste?
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