La nieve que cae en el desierto - Capítulo 95
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95: Capítulo 94: Reglas 95: Capítulo 94: Reglas Raze se inclinó hacia adelante, con una media sonrisa que revelaba cierta satisfacción.
—Lo supe desde el primer momento que te vi.
Una de mis mayores habilidades es no olvidar rostros.
Incluso con el cambio de color en tu cabello, pude reconocer esos ojos azules y la forma de tu mentón.
Hizo una pausa deliberada, adoptando un tono más burlón.
—Y, para ser completamente sincero, no fue muy inteligente de tu parte usar el seudónimo “Aron”, que al revés se lee como “Nora.” El rostro del caballero se tiñó de un rojo intenso y, visiblemente avergonzado, se cubrió el rostro con una mano.
—No soy muy hábil para esas cosas…
—confesó con un suspiro de derrota.
—Lo noté —remató Raze con una sonrisa socarrona, aunque sin malicia real en su voz.
Aron bajó lentamente la mano de su rostro, todavía encendido por la vergüenza, y clavó la mirada en Raze.
—Supongo que es por la pregunta que quería hacerte desde un principio.
—¿Cuál sería esa pregunta?
—¿La razón por la que deseas ir a Azhara es a causa de la princesa de Dorean?
Los ojos de Aron se entrecerraron, precavidos.
—¿Y qué pasa si respondo que sí?
La sonrisa de Raze se desvaneció, transformándose en una línea seria.
—Entonces tu viaje será en vano.
La princesa no se encuentra allí.
La revelación cayó como un martillazo.
En un movimiento brusco, Aron se abalanzó y sujetó a Raze del cuello de la capa.
—¡Si tienes información sobre la princesa, dímela ahora mismo!
—exigió, furioso.
Pero antes de que pudiera apretar más, una fría presión rozó la piel de su cuello.
Una daga, lanzada con precisión, apenas le abrió una línea de sangre.
Aron parpadeó, desconcertado, y soltó a Raze de inmediato.
—Yo que tú me mantendría tranquilo, Sir Raydor —advirtió Raze con una calma perturbadora, mientras se acomodaba la capa con parsimonia—.
Fāng nunca falla un tiro.
Aron llevó instintivamente una mano al cuello, donde una línea de sangre se deslizaba lentamente.
Sus ojos se dirigieron a la tienda que estaba frente a él y allí los vio: los ojos de Fāng brillando en la oscuridad como un depredador.
El caballero apretó los puños.
—Está bien —Dijo.
Exhaló lentamente, forzándose a recuperar la compostura—.
Tienes mi atención.
¿Dónde está la princesa?
—Curiosamente, ella se encuentra en el lugar hacia donde nos dirigimos.
—¿Por qué se encuentra allí?
—No lo sé con exactitud.
Solo sé que está en el palacio bajo la protección del Sultán.
—¿Entonces se encuentra bien?
—Sí.
—Ya veo… Aron suspiró aliviado al escuchar esa afirmación, mientras que Raze se aclaró la garganta.
—La razón por la que inicié toda esta conversación contigo —dijo, inclinándose hacia el fuego para que las llamas iluminaran su rostro— es que, cuando informé al sultán de que llegaría al palacio contigo, me envió una lista de reglas que deberás seguir durante tu estancia.
Aron frunció el ceño, desconcertado.
—¿Qué tipo de reglas?
Raze desplegó el papel y comenzó a leer sin levantar la vista: —Regla número uno: una vez que ingreses al palacio, no deberás abandonarlo sin permiso del sultán.
Regla número dos: deberás mantener tu verdadera identidad en secreto.
Regla número tres: deberás evitar todo contacto con la princesa Phineas…
Al pronunciar ese último nombre, la calma de la noche se quebró.
Aron se irguió de un salto, con los ojos incendiados de ira.
—¿¡Quién se cree ese sujeto para impedirme ver a la princesa!?
Raze mantuvo su porte tranquilo y relajado, como quien está acostumbrado a lidiar con temperamentos explosivos.
—Él es quien gobierna el reino donde te hospedarás, y quien tiene ahora a la princesa bajo su protección —respondió con serenidad.
Aron apretó la mandíbula.
—¿Y qué pasa si me niego?
—preguntó en tono desafiante.
Una media sonrisa que no alcanzó a suavizar su expresión cruzó el rostro de Raze.
—La nota contemplaba esa posibilidad —dijo, deslizando el papel entre sus dedos—.
Dice que, si te niegas a cumplir las reglas, Fāng tendrá la obligación de matarte para que yo pueda ingresar a Ak’tenas.
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