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La nieve que cae en el desierto - Capítulo 96

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  4. Capítulo 96 - 96 Capítulo 95 La semilla de la duda
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96: Capítulo 95: La semilla de la duda 96: Capítulo 95: La semilla de la duda Las palabras quedaron suspendidas sobre las brasas.

Aron sintió que todo a su alrededor se ralentizaba.

Su mano, por instinto, buscó la empuñadura de la espada, pero no la apretó.

La sangre le latía en las sienes, más por comprender la magnitud de la trampa que por miedo.

Desde la entrada de la tienda, Fāng asomó apenas la cabeza.

Sus ojos, aunque entrecerrados por el reposo, delataban un estado de alerta absoluto.

El campamento entero quedó envuelto en tensión, hasta que Raze volvió a tomar la palabra.

—Sir Raydor, le daré un consejo únicamente porque en este breve tiempo compartido logró caerme bien: siga las reglas que le impuso el Sultán, al menos hasta que pueda hablar con él en persona y conocer sus verdaderos motivos.

—Miró al caballero con mucha seriedad—.

Por mi experiencia tratando con él, le puedo asegurar que no es la clase de gobernante con el que no se pueda dialogar… estoy seguro de que escuchará sus quejas y le dará una respuesta.

Aron lo miró fijamente durante un instante.

Luego se levantó de golpe y comenzó a caminar de un lado a otro con pasos pesados, como si la tensión lo estuviera devorando por dentro.

Finalmente se detuvo y se agachó, apoyando una mano sobre su frente.

—Muy bien —murmuró con frustración—.

Seguiré tu consejo.

Pero dile a tu guardaespaldas que deje de desprender esa aura asesina que me incomoda.

Raze rió por lo bajo.

—Ya lo oíste, Fāng.

La entrada de la tienda se cerró de inmediato.

Aron regresó a sentarse frente al fuego junto a Raze, el crepitar de las llamas seguía llenando el breve silencio de la noche.

—Creo que va a haber un problema con la regla número dos —dijo finalmente.

—¿A qué te refieres?

—preguntó Raze, arqueando una ceja.

—Si tú descubriste mi identidad…

¿no crees que la princesa también lo hará si en algún punto se encuentra conmigo?

—Contemplé esa posibilidad —respondió con calma mientras se levantaba y caminaba hacia sus pertenencias—.

Por eso iba a entregarte esto.

Rebuscó en su bolso y regresó con dos objetos que colocó cuidadosamente frente al caballero.

Uno era un pequeño frasco que contenía un brebaje espeso de color indefinible, y el otro, un antifaz plateado con ojos de espejo que reflejaban el cielo estrellado.

—¿Qué son estas cosas?

—preguntó Aron mientras las inspeccionaba con curiosidad.

Tomó primero el antifaz y se lo colocó sobre el rostro.

Se sorprendió al comprobar que, pese a que los ojos parecían espejos desde fuera, él podía ver perfectamente a través de ellos.

—Es extraño… desde dentro se ve como un vidrio común —murmuró, acomodándose la máscara.

Raze asintió, complacido por la reacción del joven.

—Se trata de un vidrio especial.

Por fuera, cualquiera verá únicamente un reflejo; por dentro, para ti será como mirar a través de una ventana.

Si usas eso durante tu estancia en el palacio, la princesa no se percatará del color de tus ojos.

Aron se retiró el antifaz y lo dejó sobre sus rodillas con cuidado, luego alzó el frasco con gesto desconfiado.

—¿Y qué hay con esto?

—inquirió, examinando el líquido viscoso que se agitaba lentamente en el interior.

—Es un brebaje alquimico para modular la voz —explicó Raze con naturalidad—.

Su efecto dura exactamente cuarenta y ocho horas.

Tendrás que tomarlo para evitar que la princesa reconozca tu tono natural.

Aron hizo girar el frasco entre sus dedos, observando cómo el contenido se adhería a las paredes del vidrio.

Ante ésto, no pudo evitar hacer un gesto de desagrado.

—¿Es seguro beberlo?

—Completamente.

Fang lo bebe a menudo.

Solo experimentarás una ligera inflamación en tu garganta y un cambio en tu timbre vocal, nada más.

—¿Crees que estas medidas funcionaran?

—Absolutamente —respondió seguro—.

Pero también tendrás que poner de tú parte.

Porque mientras más evites encontrarte con la princesa, menos posibilidades hay de que te descubran.

Aron frunció el ceño y apretó el frasco.

—Comprendo cómo te sientes, Sir Raydor —dijo Raze, moviendo las brasas del fuego—.

Has servido por años a la princesa, y el tener que tratarla como a una extraña debe de ser difícil para ti, pero entiende la situación en la que estás ahora y las herramientas con las que cuentas.

—Tienes razón…

tendré que tragarme mi orgullo, al menos hasta que pueda hablar cara a cara con el sultán.

—Es lo más sabio que puedes hacer —afirmó Raze mientras se levantaba y se disponía a entrar a la tienda.

Pero antes de que pudiera dar un paso más, la voz de Aron lo detuvo: —Espera.

Raze se giró.

—¿Qué ocurre?

—Hay algo que no deja de resonar en mi cabeza…

—¿Qué es?

—Antes mencionaste que una de tus mayores habilidades era la de recordar rostros.

—Así es —asintió Raze sin dudar.

Aron lo sostuvo con la mirada, clavándole sus ojos azules con firmeza.

—Entonces dime…

¿tú me conocías antes de Dhal?

Raze, sin apartar la mirada, respondió con naturalidad: —Sí.

Los labios de Aron se entreabrieron con asombro.

—¿De dónde?

Raze esbozó una sonrisa enigmática.

—Del mismo lugar de donde yo provengo: Dorean.

Sin añadir una sola palabra más, se dio media vuelta y entró en la tienda donde Fāng descansaba, dejando tras de sí una semilla de duda, la cual sabía que en algún momento iba a germinar.

Se acomodó a un costado de su compañero y cerró los ojos.

«Ansío ver cómo se desarrollarán las cosas a partir de este momento», deseó muy dentro suyo mientras esbozaba una sonrisa.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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