La nieve que cae en el desierto - Capítulo 97
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97: Capítulo 96: visita nocturna 97: Capítulo 96: visita nocturna Hakeem estaba en su despacho, recostado en un amplio sillón de respaldo alto.
Vestía su túnica de descanso, ligera y suelta, que dejaba parte de su pecho descubierto.
La luz tenue de las lámparas de aceite bañaba el lugar con un resplandor cálido y oscilante, mientras el aroma del incienso quemandose impregnaba el aire.
El batir de alas rompió la calma.
Un halcón descendió con firmeza por la ventana abierta, posándose en el escritorio.
El sultán alzó una ceja y esbozó una sonrisa, como si hubiera estado esperando aquella visita.
Con tranquilidad, desató el pequeño rollo de pergamino que colgaba de la pata del ave y lo desplegó entre sus dedos.
Sus ojos recorrieron las palabras con rapidez, y poco a poco su sonrisa se ensanchó.
—Así que pronto estarán aquí… —murmuró en voz alta, dejando que la satisfacción se notara en cada sílaba.
Guardó silencio un instante, tamborileando con los dedos sobre el brazo del sillón, mientras en su mente comenzaban a entretejerse pensamientos y posibilidades.
«Será mejor que mañana se lo informe a Phineas», pensó finalmente.
Se levantó de su asiento y se dirigió hacia el balcón de la oficina.
El aire lo recibió con suavidad, sin viento fuerte ni frío.
El clima era extrañamente apacible, algo poco común en esa estación, aunque no lo suficiente como para alarmarlo.
Inspiró profundamente, dejando que el aire templado lo llenara, hasta que un movimiento en el jardín captó su atención.
Allí, en el quiosco del sultán, distinguió la figura de alguien que acababa de ingresar.
Entrecerró los ojos y, en un movimiento inconsciente, se quitó el parche que cubría su ojo dorado.
El resplandor ámbar de su pupila reveló un rango de visión sobrehumano: cada detalle del entorno se volvió nítido, cada sombra, cada gesto.
Fue entonces cuando la reconoció.
Aquella persona misteriosa no era otra que Phineas.
Hakeem volvió a cubrir su ojo, y sin pensarlo dos veces, apoyó una mano sobre el marco del balcón y saltó desde la altura del primer piso.
Cayó con un aterrizaje perfecto, ágil como un felino, y comenzó a avanzar en dirección a ella.
A medida que se acercaba, podía apreciarla con más detalle.
Phineas estaba reclinada cómodamente en una silla, con las piernas apoyadas sobre la mesa de mármol blanco.
Sostenía un libro abierto entre sus delicadas manos, y la luz dorada de una lámpara de aceite acariciaba su rostro sereno.
Vestía un camisón de seda color marfil y una bata ligera del mismo material, que se deslizaba con naturalidad sobre su piel, sugiriendo más de lo que revelaba.
Hakeem sintió que la garganta se le secaba.
Había visto a Phineas en muchas ocasiones—en los pasillos del palacio, en los jardines, en la pista de baile—, pero era la primera vez que la contemplaba en una escena tan íntima y desprotegida.
Esa visión despertaba en él una sensación peligrosa, algo fisiológico que intentó reprimir mientras sus pasos silenciosos lo llevaban directo hacia ella, como si fuera atraído por un magnetismo que no podía resistir.
Cuando estuvo a pocos metros de distancia, una brisa nocturna agitó las páginas del libro que ella sostenía.
Phineas alzó la mirada con naturalidad, como si hubiera percibido su presencia desde el momento en que había saltado del balcón.
Sus ojos, del color de una joya bajo la luz de la lámpara, se encontraron con los suyos sin rastro de sorpresa.
—Vaya visita nocturna —murmuró con una sonrisa, cerrando el libro lentamente—.
¿A qué se debe?
Él se detuvo a una distancia prudente, consciente de la línea invisible que había trazado y la cuál no queria cruzar.
—Estaba terminando con unos documentos importantes —respondió un tanto nervioso —.
Y desde mi balcón…
te vi aquí, leyendo sola.
Phineas dejó el libro sobre la mesa y se incorporó ligeramente en la silla, sin apartar la mirada de él.
El movimiento hizo que la bata se deslizara parcialmente de su hombro, revelando la curva delicada de su clavícula.
Ante esto, Hakeem desvió rápidamente la mirada hacia el jardín que se extendía más allá de donde estaban.
Ella al percatarse del hecho se sonrojó de inmediato; un rosa intenso tiñó sus mejillas mientras se apresuraba a subirse la bata, ocultando con torpeza la piel que había quedado expuesta.
Bajó la mirada y murmuró con voz temblorosa: —Lo… lo siento, no era consciente de mi vestimenta.
Hakeem no pudo evitar reírse por lo bajo, sorprendido por la reacción tan súbita.
En ese momento la comparó con un pequeño conejo asustado que había sido sorprendido en campo abierto, por esa forma en que se había tensado y la manera en que sus ojos se habían abierto.
La comparación le resultó tan tierna como graciosa.
Aunque rápidamente intentó tranquilizarla, adquiriendo un tono más suave: —No tienes porqué disculparte.
Es tarde por la noche, y es normal que vistas con esas prendas.
Sus palabras, simples y tranquilizadoras, lograron atenuar un poco la situación.
Aun así, Phineas no podía evitar jugar nerviosamente con el borde de la tela.
—S-sí… —titubeó, antes de alzar la vista hacia él con cierto atrevimiento en sus ojos—.
Si lo deseas… puedes sentarte.
El ofrecimiento la hizo tragar saliva de inmediato, como si al pronunciarlo se diera cuenta de lo íntimo que sonaba en el silencio de la noche.
Hakeem asintió con una leve sonrisa que no llegó del todo a ocultar su propia nerviosidad y tomó asiento frente a ella, cuidando de mantener una distancia respetuosa.
El silencio que siguió fue denso, cargado de palabras no dichas, apenas interrumpido por el sonido de los grillos y el susurro del viento entre las hojas.
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