La nieve que cae en el desierto - Capítulo 98
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- Capítulo 98 - 98 Capítulo 97 Molestia
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98: Capítulo 97: Molestia 98: Capítulo 97: Molestia Phineas intentó recomponerse, acomodándose mejor la bata y entrelazando las manos sobre la mesa.
Pero incluso con ese gesto de aparente compostura, el leve temblor en sus dedos la delataba.
Sus miradas se encontraron por un instante antes de que ambos las desviaran por vergüenza.
Hakeem observó el libro apoyado en la mesa, hallando en él una excusa para romper aquel silencio.
—¿Qué lees?
Phineas acomodó un mechón suelto de su cabello y respondió: —Algo que encontré en la biblioteca.
Pensé que hablaría sobre la familia real de Dorean… pero terminó siendo sobre los lugares más remotos del imperio.
Hakeem arqueó una ceja.
—¿Te decepcionó?
—Al contrario —sonrió con melancolía —.
Lo continué porque, aunque fui princesa, hay muchos de esos sitios que jamás conocí.
Y leerlos, me hace sentir… Dejó la frase suspendida en el aire, pero él entendió.
«Más cerca de casa.» —Ya veo… —murmuró, observando cómo sus dedos acariciaban distraídamente la cubierta del libro—.
¿El autor describe bien esos lugares?
—Es extraordinario.
“Raze Darcy” — dijo, mostrándole brevemente el nombre en la portada—.
Describe tan vívidamente el imperio que me sorprende no haber encontrado ninguno de sus libros en nuestra biblioteca real.
Una sonrisa se dibujó en los labios de Hakeem.
—Es un escritor exclusivo de Ak’tenas.
Sus libros jamás han salido de aquí.
—¿De verdad?
—Phineas arqueó las cejas, sorprendida—.
Entonces…
¿Es un autor que aún vive?
El sultán dejó escapar una risa breve.
—Casualmente hoy recibí un mensaje suyo.
Y sí, aún sigue con vida.
La joven bajó la mirada, sintiendo un leve rubor en sus mejillas.
—Perdón…
supongo que mi pregunta sonó muy estúpida.
—En absoluto.
Tu pregunta fue muy lógica —la interrumpió —.
Mi risa no fue por eso.
Lo que ocurre es que Raze suele desaparecer durante largos períodos, sin dejar rastro alguno.
Tanto, que más de una vez lo dieron por muerto.
Pero siempre…
siempre encuentra la manera de volver.
—Debe ser alguien…
peculiar.
—Y tremendamente excéntrico —añadió Hakeem, con un brillo divertido en su ojo visible—.
Quizá por eso sus relatos son tan cautivadores.
Phineas dejó escapar una pequeña risita, ligera como un suspiro.
—Ahora tengo curiosidad por conocerlo.
Hakeem le devolvió una sonrisa amplia y segura.
—Eso puede arreglarse.
Ella lo miró, desconcertada.
—¿Cómo que puede arreglarse?
—Por una curiosa coincidencia, Raze regresará aquí pasado mañana —explicó Hakeem, apoyándose en el respaldo del asiento frente a ella—.
Mi idea era presentártelo…
Después de todo, ¿recuerdas que te dije que pediría a un experto en dinastías imperiales que se pusiera en contacto contigo para obtener información sobre la dinastía Enoch Valentine?
Los ojos de Phineas se abrieron con asombro.
—¿Quieres decir que él…?
—Exacto —asintió —.
Ese obstinado viajero no solo es un escritor excéntrico, sino también uno de los mayores conocedores de linajes y reinos antiguos que he tenido el privilegio de conocer.
Créeme, será de gran utilidad para tu investigación.
La princesa bajó la mirada hacia el libro que descansaba abierto sobre la mesa, acariciando pensativamente el borde de una de las páginas amarillentas con la yema de los dedos.
—Entonces…
pasado mañana lo conoceré —murmuró, con una pizca de emoción en la voz.
De pronto, una brisa fría se levantó, erizando la piel de Phineas y obligándola a encogerse un poco dentro de su bata.
Hakeem, siempre atento a sus reacciones, le habló con naturalidad: —Será mejor que regreses a tus aposentos.
Yo con gusto te escoltarte.
Ella abrió los labios para rechazar la oferta, mientras un leve rubor le teñía las mejillas.
—No es necesario…
puedo volver por mi cuenta —respondió con voz baja.
—Insisto —explicó él, antes de agregar con cierta indiferencia—: Además, me queda de paso.
Esta noche…
tengo un compromiso en el harén.
Ante esas palabras, Phineas bajó la mirada de inmediato, como si acabara de escuchar algo profundamente desagradable.
Una expresión compleja ensombreció su rostro delicado: sus labios se comprimieron hasta formar una línea tensa, mientras su semblante oscilaba entre la incomodidad y el disgusto.
Hakeem la observó con curiosidad, preguntándose en silencio: «¿Acaso dije algo que la molestó?» El aire entre ambos volvió a sentirse incómodo como al principio.
Hasta que finalmente, ella movió sus pequeños labios.
—Está bien —dijo finalmente, con una voz neutral—.
Vámonos.
Se levantó de su asiento y pasó por delante de Hakeem sin mirarlo.
Este se apresuró rápidamente para caminar a la par.
Así, ambos comenzaron a recorrer uno al lado del otro los extensos pasillos del palacio.
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