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La nieve que cae en el desierto - Capítulo 99

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99: Capítulo 98: Comparación 99: Capítulo 98: Comparación El eco suave de sus pasos resonaba contra las paredes de mármol mientras avanzaban en silencio.

Hakeem, incapaz de contener su curiosidad, desvió la mirada hacia la muñeca de Phineas.

Fue entonces cuando notó que no llevaba puesto el brazalete que él mismo le había obsequiado.

«¿Acaso no le gustó?» se preguntó.

Una sensación de desconcierto se apoderó de él.

Estaba acostumbrado a que las mujeres de su círculo exhibieran con orgullo cada uno de sus regalos, como si fueran trofeos de su favor.

Sin embargo, Phineas parecía ser completamente diferente.

Ese detalle aparentemente insignificante le resultó un tanto decepcionante.

Phineas, al percibir su mirada insistente, giró el rostro hacia él.

—¿Sucede algo?

Hakeem vaciló un instante, luchando entre su orgullo y la necesidad de conocer la respuesta.

Finalmente, decidió dejar salir la duda que lo invadía.

—¿Por qué no estás usando mi regalo?

Ella se detuvo abruptamente.

Una sonrisa curvó sus labios.

Lentamente, llevó la mano a la parte baja de su camisón y lo levantó apenas, revelando que el brazalete había estado todo el tiempo en su tobillo izquierdo.

—Lo llevo conmigo —dijo simplemente, permitiendo que el sultán lo admirara—.Solo que de manera más…

discreta.

Hakeem sintió alivio, aunque también desconcierto.

—¿Por qué ahí?

—Los rumores viajan rápido en palacio —respondió ella, adelantándose un par de pasos antes de voltearse con determinación—.

Y no quiero que algo similar a lo que pasó con la Freya se repita por… malentendidos.

Las palabras lo golpearon con una fuerza inesperada.

Hakeem sintió un poco de culpa; había querido ser amable, pero no pensó que esa misma amabilidad pudiera volverse perjudicial para ella.

—No lo pensé de esa manera… lamento si el regalo te trajo problemas —dijo en voz baja—.

Tal vez si… Phineas lo interrumpió.

—No tienes por qué disculparte.

Y no te confundas… fui muy feliz al recibir tu regalo.

Sin agregar más, continuó caminando.

Hakeem sonrió y la alcanzó.

Caminaron lado a lado por los pasillos en un silencio compartido.

De vez en cuando, él lanzaba miradas furtivas hacia ella, observando la delicadeza de sus gestos y la serenidad que parecía envolverla como un velo.

Al cabo de unos minutos, llegaron al gran arco que marcaba la entrada del harén.

Dos guardias femeninas inclinaron la cabeza al paso del sultán, sus armaduras tintineando suavemente.

Phineas se detuvo y giró hacia él.

—Parece que aquí nos despedimos —dijo con suavidad.

Hakeem, sin embargo, no estaba dispuesto a despedirse tan pronto.

—Dije que te escoltaría hasta la puerta de tus aposentos —le recordó.

Ella negó rápidamente con la cabeza.

—De verdad, no es necesario.

Puedo ir sola.

El sultán la observó unos segundos más, luego dirigió la mirada hacia los guardias y comprendió la situación.

Circularían rumores si lo veían irse con ella.

Por eso al final, no insistió.

Phineas dio media vuelta, y mientras comenzaba a alejarse, se detuvo apenas un instante sin mirar atrás.

—Que disfrutes tu…

compromiso.

Su voz llevaba un matiz inusual.

Al no poder ver su rostro, la incertidumbre se intensificó.

Cuando la perdió de vista entre las sombras del pasillo, él permaneció inmóvil, preguntándose qué clase de expresión había cruzado por su semblante en aquel último instante.

Una de las guardias se aclaró discretamente la garganta.

—¿Mi sultán va a ingresar?

—preguntó con algo de nerviosismo en la voz.

Hakeem reaccionó como si despertara de un ensueño.

Asintió en silencio y con determinación atravesó el arco.

Al cabo de unos pasos, llegó a la puerta que conectaba con el vestíbulo principal del harén.

Las puertas de madera tallada se abrieron ante su presencia, revelando el interior iluminado parcialmente por lámparas de aceite y velas perfumadas.

En el centro del amplio espacio lo esperaba la concubina Layla, quien se incorporó con elegancia desde uno de los cojines donde había permanecido acostada.

—Bienvenido, mi sultán —dijo con una reverencia elegante —.

Me hizo esperar bastante.

Era hermosa.

Siempre lo había sido.

Pero mientras la contemplaba, algo se había desajustado en su percepción habitual.

Como si estuviera viendo una obra de arte que había admirado cientos de veces y de pronto se diera cuenta de que había perdido la capacidad de conmoverlo.

Fue entonces cuando una duda inquietante se instaló en su mente: ¿por qué había tenido una reacción tan diferente al ver a Phineas en el quiosco?

La imagen de Phineas se dibujó junto a la concubina, y el contraste fue inevitable y a la vez revelador.

Por primera vez en su vida, Hakeem se encontró comparando.

Nunca antes lo había hecho, pues para él todas las mujeres parecían iguales: hermosas, delicadas, pero siempre con la misma ambición de poder oculta tras una máscara de superficialidad.

Estar con las concubinas le era más obligación que placer, un deber cumplido sin entusiasmo.

Pero ahora, por primera vez, alguien se veía diferente a sus ojos.

«Esto es peligroso», pensó, mientras su rostro se acaloraba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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